Con gran disgusto para algunos que me leen, desde hace años vengo haciendo exactamente lo contrario que el 99% de los periodistas españoles, esto es, quitar importancia a los partidos políticos. Procurar que, al menos esos cientos o esos miles de españoles que nos siguen, crean más en Dios y en su conciencia que en esa panda de trileros que se gastan el dinero de nuestros impuestos y luego trafican con nuestros votos a escondidas. Pero les reconozco que no es una tarea fácil, porque es tal la potencia de intoxicación de los grandes media nacionales que el nuestro no pasa de ser un lamento, a veces doliente y otras desgarrado, de ver cómo nos roban el Credo, el pan y la Justicia sin que el noble pueblo español dé ni siquiera un puñetazo en la mesa.
 
Hace exactamente un siglo, España se encomendaba al Sagrado Corazón de Jesús en el Cerro de los Ángeles de Madrid, y aquello fue un evento multitudinario que nos hizo sentir un sano orgullo colectivo. Cien años después, el mayor motivo de orgullo parece ser el espectáculo chabacano, inmoral y satánico del colectivo sodomita, con el paraguas institucional de todos los partidos políticos sin apenas excepciones. Entonces, fue el rey Alfonso XIII quien presidió aquel acto por el que España se consagraba al Sagrado Corazón; hoy, Felipe VI no va a estar en el Cerro de los Ángeles, porque con toda seguridad su agenda pública incluirá citas mucho más en la línea de la agenda de George Soros.
 
Lo que va de adorar al Sagrado Corazón de Jesús a adorar a unas carrozas llenas de aceite, es lo que va de ser una nación decente, íntegra y con un horizonte claro, a ser el juguete de la masonería, el epicentro del movimiento homosexualista en Europa y en el mundo. Las grandes cadenas de hoteles se frotan las manos porque el próximo fin de semana, Madrid batirá un nuevo récord de parejitas del mismo sexo alojadas en la ciudad. El dinero que envía Satanás por valija le sirve luego a los políticos para sacar barriga y presumir de lo progres y lo modernos que somos. No como antes.
 
Cuando ustedes pongan la televisión que pagamos entre todos, y vean a un terrorista dando lecciones de moral a los demás, dense cuenta de lo que nos ha ocurrido en el último siglo. Cuando vean cómo un partido como VOX le pone una querella a todo un ex presidente de Gobierno, como Rodríguez Zapatero, por colaborar con ETA, dense cuenta de lo que nos hemos dejado por el camino. En que antes adorábamos al Creador y Redentor, y hoy adoramos al becerro de oro de la amoralidad y la inmundicia. Antes los españoles nos arrodillábamos ante Dios, y hoy tenemos decenas de miles de diosecillos malvados, todos hijos de Satán, en forma de botella de alcohol, de teléfono móvil o de carroza en la Castellana.
 
A veces me permito estas reflexiones cristianas porque son muchos, cada vez más, los ciudadanos que se preguntan qué nos está pasando como sociedad. Y a veces llaman a la radio y plantean esas preguntas, incluso con angustia. ¿Cómo podemos estar gobernados por traidores?, ¿cómo pueden los terroristas y asesinos darnos lecciones a las personas honradas?, ¿cómo es posible que ser íntegro, trabajador y tener una familia normal, esté peor visto que ser un drogadicto, un vago subvencionado por el Estado o un empleado de Lucifer en las noches de blanco satén del Orgullo Gay? Nadie parece dar con la respuesta, y en este caso es preciso decir que la respuesta no está en el aire, precisamente.
 
Ningún pueblo ha acometido nunca su reconstrucción en plena decadencia, sino que es necesario recoger las cenizas de la civilización para poder entender que se ha tocado fondo. Hoy España es un vertedero de inmoralidad en un contexto general de idéntica degeneración, con muy pocas excepciones. Chapoteamos en el relativismo como los gorrinos en la charca, sin pensar en San Martín ni en lo que será de las próximas generaciones que hoy se están criando con las aberraciones que les damos de merendar. Para muchos, es un orgullo ser demócrata con lo que los progres de izquierdas y derechas dicen que es la democracia. Nosotros sólo sentimos orgullo de poder adorar cada día y todos los días al Sagrado Corazón de Jesús de cuya consagración estamos celebrando los cien primeros años.