La preposición modifica la narrativa. El hondo abismo preposicional entre con y en. Desde hace más de tres siglos, parte de los habitantes de esa porción patria se dedican a fragilizar nuestra unidad nacional. 11 de septiembre de 1714, muchos años más tarde la Diada. Esta fecha puso fin al sitio de Barcelona, en una de las pugnas conclusivas de la Guerra de Sucesión. 5 de marzo de 1873, un grupo de políticos, dirigidos por José García Viñas y Paul Brousse y apuntalados por unos 16.000 voluntarios, pregonaron en el ayuntamiento de Barcelona el "Estado catalán federado con la República española". Una semi-independencia. El golpe de Estado de 1934, en plena Segunda República. Companys proclama el Estado catalán de la República federal española. Otro muesca más de la paranoia tribal. El general Batet, diestro. El pasado 10 de octubre de 2017, la República de los 8 segundos. Pero todo comenzó en 1641. El que más certeramente describió la situación, un año antes, fue el Conde Duque de Olivares al lamentarse que "sin razón ni ocasión los catalanes se han sublevado en una rebelión tan absoluta como la de Flandes”. Hasta hoy.

 

 

Olivares, héroe inédito

 

Fue diestro y preciso Gregorio Marañón al titular su ensayo biográfico sobre el Conde Duque de Olivares. La pasión de mandar. Una genial lucubración sobre la necesidad humana, por desgracia abrumadoramente mayoritaria, de mandar y ser mandado. Rescatemos un sucinto fragmento de la tersa y agraciada prosa del galeno madrileño. Aseveraba el doctor que “cuando el hombre rebosante de la pasión de mandar encuentra el ambiente social favorable, esa pasión florece a sus anchas, corre por su cauce libre y entonces aparece el caudillo, el dictador, el conductor de muchedumbres. Es éste, pues, en todos los casos no el fruto puro de su jerarquía humana, sino el producto de una conjunción afortunada de ésta con el factor misterioso de la circunstancia propicia. De aquí la profunda verdad de la frase hecha de que en cada rebotica de pueblo, o en cada taller de trabajadores oscuros, puede estar escondido el héroe inédito, pero cuya trayectoria de ambición tiene que tocar, por azar sobrenatural, para hacerse fecunda, con la órbita de una gran conmoción humana: revolución, guerra, relajación de la estructura social o cualquiera otro de los grandes acontecimientos que turban hasta su raíz el curso de la Historia”. Lúcida fracción de vida y verdad. El nudo poder, eso sí con mayor sordina que el sórdido Richelieau. He ahí el hombre, ecce homo: Gaspar de Guzmán y Pimentel Ribera y Velasco de Tovar, Conde-Duque de Olivares, Grande de España. Olivares, valido de Felipe IV, figura culminante de las élites nacionales del XVII, descollando en todos los sentidos, por ejemplo, sobre el Duque de Lerma, el Duque de Alba, el Gran Capitán, o Juan de Austria, por poner, a vuela pluma, cuatro coetáneos botones de muestra.

 

A la manera de Carlos I con su hijo Felipe, también el Conde Duque ofrece sus recetas o instrucciones (secretas) de buen gobierno. En este leve trazo de su Gran Memorial, Olivares lo tiene razonablemente claro. El rey debe ser rey de España, no de Aragón, Portugal, Castilla o Nápoles. Unificar, he ahí el meollo. Contribuir desde el regio mando a concluir con la disgregación. Se proponen desde estas líneas tres vigorosas sendas para unificar el reino.

 

 

Una España sin privilegios ni privilegiados

 

Se trata, en definitiva, de unificar el Estado. Aunarlo, reformándolo profundamente. Homogeneizar la península, dinamitar el sistema polisinodial, tendente al caos, henchido de desbarajustes y pletórico de sistemáticos descalzaperros tribales. Propósito axial: un solar patrio más homogéneo y bizarro y compacto, remedando a las monarquías absolutas que comenzaban a brotar en otros lares europeos. Además de la integración nacional, la unión social. Todas las regiones deben contribuir económicamente al bien común. Los erarios serán estatales. La hiperinflación debe inmovilizarse, vedando la emisión intensiva de vellón. Los gastos, en ese instante, un despiporre. La dependencia de los banqueros, Spinola preferentemente, absoluta. La deuda pública, exorbitante. Cuatro bancarrotas, síntesis dura. Y, militarmente, el giro era inexcusable: Unión de Armas. Hasta ese momento sólo se podían alistar tropas en  Castilla para participar en rutinas guerreras fuera de su territorio. Esta disposición se consiente malamente en Aragón y en Valencia, pero no en Cataluña.

 

Sin privilegios de ningún tipo, diana del Conde Duque, algo tan actual hogaño en nuestra patria, conciertos económicos y cupos mediante. Sustituir Consejos por Juntas. Moralizar algo la vida pública. Acabar, también, con los grandes focos de corrupción. Higienizar los establos de Augías, cual nuevo Hércules en su quinta tarea. Así se desempeñó Olivares.

 

Declinando como patria hasta hoy

El primer trayecto que avizora Olivares posee dos objetivos: incorporar a cargos - “oficios y dignidades” - del gobierno de Castilla y promover, mientras, los matrimonios mixtos entre naturales de diferentes reinos. Admite Olivares la dificultad de semejante ahínco. El segundo trazado de la unificación exige el uso de la fuerza del Estado y ciertas habilidades negociadoras. Vamos, en román paladino, palo y zanahoria. Una de cal, otra de arena. El tercer camino propuesto elude la disposición pacífica y lo fía todo al uso de la violencia estatal. Maquiavélico, el fin justificará cualquier medio. Reconociendo la dudosa moralidad del quehacer, será cuestión de provocar con la presencia de las milicias reales un levantamiento alborotado que “ocasione algún tumulto popular grave” y terminar pulverizándolo. Poco después se impondrán las metamorfosis políticas necesarias empleando para tal menester el derecho de conquista.

Entre tanto, la Guerra de los Treinta años lo trastoca todo. Mixturadas políticas, interior y exterior, el propósito de Olivares de conservar el Imperio resultó un fiasco. La descomposición paulatina. La fiera prosa olivaresca, montaña de colosal angustia, como la afligida luz, procuró penetrar en patrióticos espíritus envueltos en sudarios, mentes azoradas y celajes que eclipsan el corazón. Vano tesón. Los muros de la patria común, harto enajenada, en su “carrera de la edad cansados”. Su cúmulo de agonías desaguaba en crepúsculos sin término. El menguar nacional fue ya irreversible. Político, social y económico. La Paz de Westfalia y la Paz de París, los dos rejonazos definitivos. España, desde ese momento, de potencia mundial a gregario de lujo. Y, poco a poco, cada vez menos.