Los que venimos preocupándonos por el acelerado auge del Islam en la Europa occidental, consentido y en ocasiones auspiciado por una generación de políticos visionarios e irresponsables, sabíamos que si los gobiernos involucrados seguían poniéndose de perfil tarde o temprano el globo estallaría. Hasta ahora, las poblaciones nativas han estado sorprendentemente pasivas. Han tragado mucho mientras sus líderes llenaban sus países de supuestos “refugiados” de Oriente Medio y del Magreb, y en el caso de España, de subsaharianos de distinto pelaje, la abrumadora mayoría de los cuales llegaron sin la menor intención de integrarse en los países de acogida, ni de contribuir positivamente al desarrollo de esas sociedades. Más bien mostraron desde su llegada su inclinación al abuso y a sobrevivir por medio de prácticas destructivas, determinados a conquistar y dirigir esos países a largo plazo. Nadie preguntó a los europeos si deseaban ver sus países radicalmente transformados de esa manera, sobre todo teniendo en cuenta que dicha transformación se intensificó poderosamente durante el último año. El globo tenía que explotar, tarde o temprano.  

La cuestión central era conocer y prevenir los sucesos que precederían a dicha explosión. Para unos sobrevendría una “balcanización” de Europa. No en vano ya existen zonas urbanas en las grandes ciudades en las que los “infieles” se juegan el cuello, las mujeres se juegan las nalgas, y la Policía y los bomberos son apedreados si se atreven a entrar en ellas. Los nativos de países otrora conservadores observan cómo parte de su soberanía ha sido sacrificada para consentir la implantación de la “sharia”, aceptada como mal menor por los políticos “buenistas” a cambio de una relativa calma urbana. Las élites - políticos, banqueros, industrialistas - nunca se han visto afectados por la invasión que promovieron, pero las clases desprotegidas - la aniquilada clase media y media-alta y la clase obrera acomodada - ven cómo la invasión islámica encarece el costo de la vida, deteriora los servicios públicos - especialmente la sanidad - y los ahoga con los crecientes impuestos y recortes necesarios para el pago de subsidios, rentas de inserción, vivienda, sanidad, escuelas y becas exclusivas para inmigrantes ilegales y cómo la presencia de una inmigración descontrolada convierte en zonas peligrosas algunos barrios donde se criaron, forzándoles a abandonarlos. 

La reacción se ha hecho esperar pero al final empìeza a producirse. En el 2016 los británicos votaban a favor del Brexit, mientras EEUU elegía presidente a Donald Trump. Se esperaban triunfos populistas en Francia, Suecia y Holanda, y los hubo pero no fueron espectaculares. Avanzaron, eso sí, los partidos que favorecen un férreo control de la inmigración, y un año después las urnas volvieron a hablar en Austria e Italia en favor de dicho control, mientras varios países de la Europa oriental, encabezados por Hungría y Polonia, hacían piña con otros de la zona negándose a aceptar más inmigrantes. Pero los avances de los partidos anti-inmigración han sido más bien discretos. La verdadera reacción popular no ha venido, pues, de las urnas - siempre mediatizadas por los políticos - sino del propio pueblo: Este año vimos cómo los británicos se manifestaban masivamente contra el arresto de Tommy Robinson, el líder de la protesta anti-islámica en Gran Bretaña, y ahora vemos cómo los franceses de los “chalecos amarillos” - que proceden tanto de la burguesía como de la izquierda obrera - arman la marimorena en París y otras urbes con actos de violencia y vandalismo que sobrepasan todo vaticinio.        

En un principio los medios oficiales y oficiosos franceses intentaron justificar los violentos disturbios diciendo que la gente estaba molesta por un proyectado aumento de los impuestos sobre carburantes, achacado por Macron a motivos medio-ambientales. La TV francesa se llenó de tertulianos intentando explicar la dureza de los actos vandálicos - que, dicho sea de paso, los corresponsales extranjeros no acababan de entender. Se dijo por activa, por pasiva y por medio-pensionista que la vida se había encarecido en tal grado que la gente ya no podía asumir mayores impuestos. Macron, que ya se veía en la calle, aceptó y eliminó el odiado impuesto y concedió determinados bonos. Y - sorpresa - los actos vandálicos continuaron como si nada. Los corresponsales de prensa no consiguieron extraer de los manifestantes ninguna explicación coherente de su permanente malestar. Puede que no hayan sabido expresarse - pero también puede que no hayan querido expresarse, por temor a ser tildados de xenófobos, islamófobos o simplemente racistas, que es la que hoy día le cae a todo fulano que se atreva a criticar la inmigración. El filósofo francés Alain Finkielkraut se atrevió a atribuir los disturbios a la inseguridad económica y cultural de los nativos franceses de clase media y baja - gente que ha trabajado muy duro y ve ahora cómo pierde sus casas por el aumento de alquileres, que ve cómo sus negocios se hunden por los exagerados impuestos, que sienten que han perdido la batalla contra los inmigrantes islámicos y que creen que sus políticos les han abandonado en favor de una inmigración ilegal que les roba los recursos en una época marcada por el “buenismo”, por el “garantismo social” y por el “globalismo” multicultural de los políticos de izquierda. 

Como sabemos, los disturbios se han extendido a Bélgica y Holanda, donde los periodistas tienen las mismas dificultades que en Francia para que los manifestantes confiesen sus verdaderos motivos para salir a las calles. Hablan de alquileres y deshaucios y, sobre todo, de la desaparición de su antaño “bienestar social” - el orgullo de Holanda. “El Gobierno no nos protege. Sólo protege sus propios intereses” es la cantinela una y otra vez repetida en las calles. Lo que aún no se atreven a decir - algunos lo hacen en voz baja - es que esos “intereses” consisten en priorizar las ayudas, subsidios y prebendas para inmigrantes por delante de los derechos de los ciudadanos que han currado toda una vida y se sienten ahora abandonados por una clase política “buenista” y “globalista” que sólo actúa apegada a la “corrección política” inventada e impuesta por la izquierda internacional.

Cabe preguntarse si esta ola de protestas se extenderá a otros países europeos. No creemos que los escandinavos - suecos y daneses, principalmente - dejen de ser lo cívicos que son; su protesta será en las urnas. Los alemanes, cuyas urnas están cada día más calientes, tampoco es probable que se tiren a las calles masivamente; si lo hacen será en acciones puntuales, en pequeñas aldeas y bajo el estricto control de la Policía. En Austria e Italia las urnas ya han hablado y con su discreto giro a la derecha han calmado muchos presentimientos. Pero el caso de España nos preocupa. Cuando en lo que va de año ya hemos “rescatado” más de 50.000 “refugiados” (el doble que Italia, que cuenta con Libia para frenar las pateras - cosa que Marruecos no hace - y ha prohibido la escala de buques con “refugiados”, reduciendo el tráfico anual de 119.000 a tan sólo 23.000 inmigrantes), va nuestro endiosado Presidente del Gobierno y firma en Marrakesh el Pacto Global sobre Migración que abrirá las puertas a 100.000 o 200.000 o Dios sabe cuántos inmigrantes ilegales, legalizados por el Pacto, para los que habrá que habilitar fondos que cubran las ayudas, subsidios, rentas, sanidad y prebendas que el propio Pacto les garantiza, y eso sólo se podrá hacer vía nuevos impuestos. Tan sólo en Melilla, el Gobierno de Pedro Sánchez acaba de gastarse más de 100.000 Euros en chilabas para los inmigrantes ilegales allí detenidos. Pero lo peor está por venir. El empobrecimiento de nuestras clases media, media-alta y baja (salvo la que chupa de la teta política central y autonómica), provocará una conmoción de recortes, deterioro de los servicios, tensiones gremiales y protestas tales que no puede descartarse el estallido de una verdadera revuelta violenta como la de Francia. Eso es, si antes no se consigue una celebración de elecciones que envíe al Grupo Mixto a esa tropa de plagiarios, ignorantes, mentirosos y falsarios que con tanta desvergüenza e ineptitud se empeña en seguir gobernándonos. Sacar a Pedro Sánchez de Moncloa lo antes posible y derogar sus elucubraciones - muchas de las cuales no se convertirán en Ley porque el muchacho no sabe cómo hacerlo - se ha convertido en una Cuestión de Estado. Pobre España, en manos de semejante irresponsable...