El 31 de marzo del 39, los últimos enclaves republicanos se rindieron a las tropas nacionales. El sueño de una república capaz de modernizar la sociedad española se desvaneció entre cánticos falangistas, vivas al Caudillo y oficios religiosos.

El 1 de abril, Radio Nacional de España emitió el último parte de guerra: “En el día de hoy, cautivo y desarmado el Ejército rojo, han alcanzado las tropas nacionales sus últimos objetivos. La guerra ha terminado”.

El Papa Pío XII envió un telegrama de felicitación al Caudillo: “Levantando nuestro corazón el Señor, agradecemos sinceramente con V. E. deseada victoria católica España, hacemos votos por este queridísimo país, alcanzada la paz, emprenda con nuevo vigor sus antiguas cristianas tradiciones que grande le hicieron. Con estos sentimientos efusivamente enviamos a V. E. y a todo el noble pueblo español nuestra apostólica bendición. Píus XII”.

El Ministro de Negocios Extranjeros de Alemania hizo lo propio felicitando a Franco por la victoria contra los “opresores bolcheviques de España”.

Las altas jerarquías católicas mostraron su agradecimiento hacia Franco y su Cruzada, y su nuevo régimen se plasmó en él Te Deum y Misa presididos en Madrid, el 20 de mayo del 39, por el Cardenal Primado, Isidro Gomá.

Madrid se engalanó con banderas nacionales, mantones de sábanas colgadas de cada ventana y las calles llenas de gentes gritando hasta enloquecer.

Al terminar la Misa, Franco entregó su espada al Cristo de Lepanto, que presidía la ceremonia, uniendo realmente la política española tradicional y la religión hispana de la intolerancia de Felipe II.

El Primado Isidro Gomá, en su homilía, alabó a Franco.

 (Antes de esas fechas definitivamente victoriosas, los comunistas trataban de resistir y se enfrentaron al coronel Casado, republicano que se rindió y al que le vieron como un traidor. Por esto, iniciaron otra guerra civil entre ellos. La columna de Casado llegó hasta los Nuevos Ministerios y destruyó 30 carros de combate de los comunistas, que fueron derrotados el 12 de marzo).

Casado, en su ingenuidad, pensaba negociar con Franco una paz honrosa. Ni que decir tiene que Franco quería dejar bien claro quién había sido el vencedor y quién el vencido, por lo que impuso una capitulación sin condiciones. Fue la última puñalada a la República.

La victoria de la España, en aquella contienda cívico-militar (la “Undécima Cruzada”, denominada por Pío XII), consolidó la imagen de Franco como un cruzado medieval, defensor de la fe y restaurador de la grandeza nacional española, en cuya puesta en escena su relación con la Iglesia constituía un elemento de providencial importancia.

El 18 de mayo del 39, el Caudillo hizo su entrada triunfal en Madrid, cuyas artería principales estaban engalanadas con los colores rojo y gualda de la bandera nacional y en menor medida con los símbolos de Falange y los tradicionalistas.

La principal avenida de Madrid fue rebautizada con el nombre de avenida del Generalísimo Franco.

Esa entrada en Madrid siguió el ritual observado cuando Alfonso VI, acompañado por el Cid, tomó Toledo en la Edad Media. Asimismo, se encendieron hogueras en las montañas más altas de cada provincia.

Al día siguiente, unos 200.000 hombres participaron en un Desfile de la Victoria que se celebró en el paseo de la Castellana con la Plana Mayor, y los aviones de la Legión Cóndor sobrevolando Madrid.

El General Varela impuso al Caudillo la condecoración más importante al valor, la Laureada de San Fernando.

España, la única nación que ha derrotado al comunismo. La divina Providencia ha estado con España y con el catolicismo universal. España dio una lección de patriotismo y de fe católica al mundo. Nos toca conservar y defender ese temple irrenunciable.