Las ineptas consideraciones vertidas recientemente por el presidente mejicano, pretendiendo que España pida disculpas por la Conquista, dan pie para comentar muy brevemente la miseria de ese “indigenismo” que gana fuerza en Sudamérica.

Muchos han argumentado por qué el discurso revanchista contra España es de una indigencia mental absoluta, por eso aquí me limitaré a una consideración culinaria. Como es sabido los aztecas practicaban el canibalismo, aprovechando de esta manera la carne que producían sus frecuentes sacrificios humanos, a los cuales tenían tanta afición que organizaban expediciones militares para capturar víctimas. Los pueblos sometidos a ellos eran parecidos, pero esencialmente los aztecas participaban en el banquete como comensales y los otros como parte del menú.

Tan poco queridos eran los aztecas que Hernán Cortés y sus hombres, tras las primeras victorias militares, encontraron aliados entre los pueblos indios que les prestaron una ayuda decisiva. Los indigenistas, entonces, la primera pregunta que tendrían que hacerse es si sus antepasados eran comensales o parte del menú. Sospecho que los segundos preferían ser súbditos de España a ser cazados, sacrificados y comidos.

Naturalmente el indigenista podría decir que se siente identificado con los aztecas, o con las clases superiores de los otros pueblos que también gozaban de esa dieta rica en proteínas. ¿Su exigencia de disculpas tendría un sentido?

Aquí entramos en el meollo de la cuestión. ¿En nombre de qué valores, en virtud de qué motivaciones España debería pedir disculpas? Una de dos: o en nombre de argumentos por así decir humanitarios; o en nombre del relativismo cultural y una reivindicación de los imperios neolíticos precolombinos.

Si es lo primero, notemos que cualquier argumento de tipo humanitario pertenece a un mundo heredero del orden español, no del azteca con sus dioses sedientos de sangre. Desde una visión humanitaria, bajo cualquier punto de vista el Nuevo Orden que surgió de la conquista española era infinitamente superior al antiguo.

Pongámonos en la otra posición: reivindicar la visión del mundo azteca. ¿Por qué no? Uno no tiene porqué aceptar pasivamente su pasado y tradición, puede en parte elegirlos. Aceptemos esto. Pero si el señor indigenista se siente heredero de los aztecas, entonces que no nos venga a dar monsergas sobre disculpas y crímenes, sobre matanzas y el valor de la vida humana; porque todo ello pertenece a un mundo que no es el suyo. El dios de la cruz simplemente resultó ser más fuerte que sus ídolos sedientos de sangre; por tanto tenía todo el derecho a derribar los ídolos y poner la cruz. De hecho, exactamente así es como fue visto por las poblaciones indígenas.

Por tanto, el indigenismo no hay realmente por dónde cogerlo; por no hablar de los impresentables que en nuestro país dan coba a tales rebuznos y no pierden ocasión para echar fango sobre España.

A la gente se le puede enseñar a vestir de forma civilizada, pero los taparrabos mentales pueden sobrevivir durante siglos. De hecho se pueden vestir taparrabos mentales aun habiendo ido a la escuela. O enseñado en la universidad.