Extremadura tuvo a Hernán Cortés y a Francisco Pizarro, entre otros. Hoy sólo tiene a Juan Antonio Morales y a Antonio Pozo. Si pocos fueron en la conquista del imperio Azteca y en la del imperio Inca, lo son aún menos para la reconquista de la decencia en la Junta de Extremadura. Sólo dos, Juan Antonio Morales y Antonio Pozo, más la escasa infantería que completa la tripulación de VOX que les acompaña. Gracias al ejemplo que estos dos hombres han dado con su conducta, con su valor y su generosidad, hoy podemos asegurar que no ha muerto el titulo de la célebre novela de Rafael García Serrano “Cuando los dioses nacían en Extremadura”.

Los dioses siguen naciendo en Extremadura. He ahí a Juan Antonio Morales y a Antonio Pozo, a los que tanto el PP como VOX les enviaron desde Madrid, la capital de la corrupción, la Babilonia de la política española, a un Pánfilo Narváez que les metiese en cintura, los domesticase y los llevara de vuelta al redil de la corrección política, que es el eufemismo con el que hoy se disfraza la traición permanente y conveniente. El pobre Pánfilo tuvo que regresar a Madrid con la cara que su nombre indica y con el rabito entre las piernas, porque ni Juan Antonio Morales ni Antonio Pozo se rindieron, ni ante las amenazas ni ante los cantos de sirena que Pánfilo Narváez les traía desde Babilonia para domesticarlos con la elocuente disciplina del partido, primero en el PP, después en VOX. Juan Antonio Morales y Antonio Pozo saben que por encima de la disciplina está el honor. Lo saben y, además, lo ejercen.

Antonio Pozo, alcalde de Guadiana del Caudillo, luchó, como su paisano el teniente Ruiz el 2 de mayo de 1808, para que los tontitos del PP, abducidos por la Ley de Memoria Histórica, no le cambiaran el nombre a su pueblo. Durante años se enfrentó él solo a los enanos que le rodeaban engrandecidos, eso sí, por el poder, el dinero y la mayoría de los Medios de Comunicación. Luchó como un león y venció como lo que es, un señor. Juan Antonio Morales era el número dos del PP en Extremadura. Era el virrey del PP extremeño, hasta que una mañana y viendo lo que había, por mejor decir lo que no había en el PP, como Hernán Cortés, quemó las naves y se fue a la conquista de dehesas políticas en las que no hozaran marranos urbanos con mocasines italianos, corbatas de Hermes y maletines de Loewe.

VOX les fue a buscar. Los dos entraron en VOX como lo que son, extremeños libres, españoles decentes. Y cuando a VOX le incomodó la libertad y la decencia de Juan Antonio Morales y de Antonio Pozo, también les envió desde Madrid a su Pánfilo Narváez que, como su hermanito del PP, tuvo que regresar a Babilonia con la carita que su nombre indica y con el rabito entre las piernas. Hoy los dioses siguen naciendo en Extremadura. Yo lamento no ser extremeño y no haber podido votar a Hernán Cortés y a Francisco Pizarro, o sea a Antonio Pozo y a Juan Antonio Morales. Desgraciadamente vivo en Babilonia y aquí no hay más que pánfilos, de nombre y de cara.