“Otra victoria como ésta… y estoy perdido”. Tal fue la frase esgrimida por un monarca de la Antigüedad tras derrotar en la batalla de Ásculo a los romanos en el año 279 a.C. Pues lo cierto es que, aunque había infligido 7.000 bajas al oponente, su ejército —mucho menos numeroso— sufrió la pérdida de 4.000 soldados, entre ellos algunos de sus mejores oficiales, viéndose así enormemente debilitado para futuras empresas bélicas. Aquel personaje que dirigía el reino de Epiro respondía al nombre de Pirro; y su inane triunfo daría de sí una expresión para la posteridad: victoria pírrica.

El pasado 28 de abril se celebraron en España las elecciones generales más inciertas de los últimos cuarenta años. Finalmente, los españoles decidieron en las urnas otorgar su confianza de forma mayoritaria al PSOE de Pedro Sánchez. Nada que reprochar al respecto, pues nuestro Código Penal no sanciona con castigo alguno al suicida, sea éste un individuo o todo un pueblo.

Correlativamente, el éxito socialista trajo de la mano un descalabro monumental del Partido Popular, que cosechó los peores resultados de su historia —si exceptuamos los de 1977 y 1979, en los que concurrió sucesivamente bajo las siglas de Alianza Popular y Coalición Democrática—: sólo obtuvo 66 diputados, tras dejarse por el camino 71 de los 137 logrados en junio de 2016… por no hurgar en la herida y remontarnos a los 186 alcanzados en noviembre de 2011.

No obstante, el hecho de haber resultado el vencedor de entre los perdedores parece que le estimuló para investirse de una autoridad moral impostada desde la que dirigirse al resto de formaciones que pugnaban por trozos más suculentos de la misma tarta. Y así, con suma inmediatez y perspicacia, Pablo Casado salió a la palestra para explicar el motivo de su espectacular fracaso: la culpa fue de los 2.700.000 votantes que optaron por unirse al proyecto de VOX, ese partido al que el viernes 26 le tendía la mano para entrar en un hipotético gobierno del PP y al que el martes 30 tildaba de extrema derecha. De modo que todo su análisis de lo ocurrido el domingo 28 se resume en una constatación empírica: en lugar de inclinarse sumisamente por la lógica aplastante del voto útil —entiéndase, al Partido Popular—, casi tres millones de personas se volvieron locas en cuestión de 72 horas y decidieron cambiar la gomina y los Lottusse por el rapado de cabeza y unas Dr. Martens.

Convertir la consecuencia en la causa nunca fue una buena manera de encarar la solución de los problemas. Porque, por mucho que se empeñen en Génova en buscarle tres pies al gato, la realidad es bien tozuda. En esas 72 horas que transcurrieron desde el viernes al domingo no se produjo ningún abrupto suceso que hiciera mutar su parecer a casi tres millones de hombres y mujeres. No: esos casi tres millones de hombres y mujeres llevaban ya recocidos la friolera de 1.156.320 horas, que son el equivalente a los 11 años que median entre la claudicación del PP de Mariano Rajoy en 2008 ante las políticas cainitaliberticidas de la izquierda y los comicios de 2019.

Porque esos casi tres millones de españoles no entendían la deriva tomada por Rajoy desde su famoso viaje a México nada más perder sus segundas elecciones en 2008; y aun así, le votaron en 2011 con las narices tapadas para echar al siniestro ZP de la Moncloa. Esos casi tres millones de españoles tampoco comprendían que Rajoy —a pesar de la holgada mayoría absoluta que democráticamente respaldaba a su Gobierno— no hubiera tenido la valentía de derogar una Ley de Memoria Histórica que reinterpreta abyectamente nuestro pasado, ni concebían que hubiera sido capaz de mantener toda esa doctrina de género que expende totalitarias soflamas mientras nos vacía los bolsillos, ni podían digerir que hubiera pasado de interpelar día sí y día también a Rubalcaba por el caso Faisána poner en la calle a Bolinaga; y aun así, le votaron en 2015 y 2016 con una pinza en las pituitarias para evitar que llegara a la Moncloa ese monstruo podemita creado por el propio Rajoy y su inseparable Soraya con el propósito de perpetuarse en el poder a costa del medroso voto que creían centrista y cautivo. Y, al fin, esos casi tres millones de españoles no se explicaban que toda la política puesta en práctica por el Ejecutivo que habían elegido se redujera a la fría gestión de los números macroeconómicos, sin lidiar el más mínimo combate ideológico contra los desafíos de una izquierda cada vez más radicalizada; hasta que llegó 2019, respiraron aire limpio y se pasaron a otro partido en el que han depositado todas esas esperanzas que llevaban desvanecidas durante más de una década por la dejadez de aquéllos que les traicionaron, luego les ignoraron, después les culparon y ahora les exigen que vuelvan a su redil.

El PP ha tratado al votante de VOX como si fuera el hijo pródigo de la parábola bíblica, predicando el matiz de que, en lugar de malgastar su dinero, ese votante de VOX ha tirado su voto a la basura. Sin embargo, no se ha comportado con él mostrándole nueva y misericordiosamente las puertas de su casa como hiciera el ejemplar padre del Evangelio de san Lucas, sino que se ha limitado a regañarle por su temeraria conducta y a enseñarle el camino recto del que nunca antes debió haberse descarriado y nunca después habrá de separarse. Porque, en el fondo, en las cábalas populares no existe más certidumbre que considerar que esos casi tres millones de españoles que votaron a VOX están ya convencidos de que se equivocaron de cabo a rabo y que, dentro de una semana, retornarán al hogar de donde salieron. Para ello, el PP se escuda en un doble argumento: el voto útil y la amenaza de que viene la izquierda.

Hablarle de voto útil a quien ha comprobado de primera mano la retahíla de tropelías descritas dos párrafos más arriba es como mentar la cuchara de palo en casa del herrero. Por poner un ejemplo, el PP podría empezar por explicarle a un murciano votante de VOX qué utilidad tiene decantarse ahora por el partido que acaba de firmar junto a PSOE, Podemos y Ciudadanos una reforma del Estatuto de Autonomía que ensalza las virtudes de la memoria histórica, que blinda los disparates de las leyes de género o que relega el Trasvase Tajo-Segura a la mera categoría de comparsa subsidiaria de las costosísimas y contaminantes desaladoras. Rebatamos su tesis: ¿dónde está el voto útil?

Que el PP está sumido en una depresión desde el 28 de abril es algo tan patente como entendible. Pero sería bueno que no extendiera su estado de ánimo ni machacara con sus monsergas al electorado que merodea su entorno, pues no todo el mundo navega con el viento en contra: hay vida más allá del PP, y partidos como VOX han logrado unos excelentes resultados. Siguiendo con el ejemplo de la Región de Murcia, si extrapolamos los resultados de las elecciones generales a las autonómicas, el triunvirato PP-Ciudadanos-VOX lograría una mayoría absolutérrima en la Asamblea, con 29 de los 45 diputados en liza (esto es, el 64,44 % del total: 11 PP, 9 C´s y 9 VOX). Pese a la pérdida por parte del PP de la mitad de sus representantes y el avance del PSOE, esos 29 escaños supondrían 3 más que los obtenidos por la unión de populares y Ciudadanos en 2015. Refutemos su amenaza: ¿dónde está el peligro de que venga la izquierda?

Visto lo visto, al votante de centroderecha sólo cabe pedirle que el próximo 26 de mayo no se quede en su casa, y que cada cual deposite en la urna la papeleta que le dé la gana… incluyendo en ese libre albedrío la posibilidad de repetir el errorde apostar por VOX. Porque el problema, tal y como nos lo están planteando, no es que el voto a VOX signifique ofrecerle en bandeja los gobiernos municipales y autonómicos a las izquierdas —ya se comprobó en Andalucía ser al revés—. El problema es otro; y no es elproblema, sino suproblema: que el PP se está yendo a pique, y ese pánico a la oscuridad de un futuro incierto quiere generalizarlo desmoralizando al conjunto de quienes le dieron la espalda hace apenas un mes. Pero que nadie se preocupe: esa estrategia tiene los mismos visos de prosperar que la carrera militar de aquel soldado que decidió renunciar al rancho para fastidiar a su capitán.

Así las cosas, sería bueno que el Partido Popular analizara de manera más profunda las causas de su desplome. Y en ese examen sosegado y concienzudo que le toca realizar, debería tener presente que VOX no es un ladrón ocasional que le ha sisado a traición centenares de miles de votos. El enemigo no ha de buscarlo a su derecha. Primero, habría de rastrear en su propia casa; y hallados y eliminados los puñados de sorayos, marotos, arriolos y demás judas internos que por allí pululan, después le corresponderá salir a batirse el cobre contra la izquierda. En ese empeño, siempre contará con la colaboración de VOX.

De lo contrario, de continuar con su táctica del avestruz, al PP puede que le quede el consuelo de ir ganando batallas que le coloquen hoy al frente del espectro del centroderecha; pero, en un mañana no muy lejano, terminará topándose con la cruel realidad de que la sangría de apoyos que paulatinamente está sufriendo le hará ser un partido irrelevante. Como le ocurriera al rey Pirro de Epiro, esos triunfos parciales sólo deben hacerle ver que está en la senda de la derrota definitiva. En sus manos tiene revertir la situación, medir bien sus fuerzas… y no equivocarse de enemigo. Desde luego, para los votantes de VOX son más importantes los principios y los valores que las victorias pírricas.