Tratar de explicarle a un político qué es la lealtad es como intentar descifrarle a un masái o a un pigmeo los arcanos del Teorema de Pitágoras. Paradójicamente los masáis y los pigmeos sí saben mejor que cualquier político, especialmente español, qué es la lealtad porque en su primitivismo esencial conocen perfectamente la diferencia entre cómo se hacen las cosas y por qué se hacen. Por eso, un servidor de todos ustedes, que en sus lealtades es tan primitivo como un masái civilizado por el Teorema de Pitágoras, no vota jamás.

 

Todos los políticos, todos, de Santiago Abascal a Puigdemont, todos, confunden la lealtad con la sumisión. Cuando no son nadie, en el sentido político de la expresión, piden y “ofrecen” lealtad espartana; cuando los gurús demoscópicos y la tómbola de las urnas ponen en sus manos un poco de poder, la “oferta” de lealtad muda en exigencia de sumisión absoluta. Por eso los políticos, todos, cuando son investidos con los arreos del poder dejan de tener una guardia pretoriana de leales para rodearse de una corte de aduladores, profesionales del halago y artesanos del “sí, señorita Escarlata”. Y cuando los complejos, esas fuerzas oscuras que nos gobiernan, se hipertrofian ante las fauces del poder, todos los políticos, todos, arrojan al vertedero sus promesas germinales concebidas al calor de las viejas lealtades olvidadas. Y detrás de las promesas caen los hombres que dieron fe de ellas, los pretorianos de la Vieja Guardia que las defendieron contra todo y contra todos. Como Jaime Alonso y Fernando Paz, por ejemplo.

 

Mi último artículo en EL CORREO DE MADRID, “La banderita sodomita de VOX”, ha provocado más ruido que una mascletá y más furia que una manifestación de feministas histéricas (perdón por el pleonasmo). Como no soy un hijo de la Gran Bretaña carezco de la hueca y estúpida soberbia de Disraeli cuando decía “no explicar jamás, no disculparse nunca”. No me voy a disculpar, reafirmo ante quien haga falta hasta la última coma de lo que dije y de cómo lo dije, pero sí voy a explicarme. Y lo haré de la mano del hermano de Manuel Machado: “Al cabo nada os debo, me debéis cuanto escribo. A mi trabajo acudo, con mi dinero pago el traje que me cubre, el pan que me alimenta y el lecho en donde yago…” Esa es toda la explicación que les debo a los pigmeos fanatizados que no han entendido nada, no porque no quieran; es que los pobres no pueden, están incapacitados por su fanática ignorancia. Les sacas de la melopea del partido y del hunga-hunga tribal y están más perdidos que una novicia en un burdel.

 

No sé si a Santiago Abascal le queda algún pretoriano de la Vieja Guardia de VOX, o si todo lo que le rodea es una corte de aduladores persas. Pero a todos ellos sí les convendría saber que la lealtad es lo que mantiene firmes los pasos de un hombre, y que el que conoce la Historia de España, como Fernando Paz, sabe perfectamente la diferencia que marca la distinción entre la Hidalguía y la burguesía liberal. Por eso, la lógica de la lealtad no se puede aprender, entender ni comprender jamás con la lógica liberal. Jamás. Nunca. Es un imposible metafísico.