Simpáticos tiempos de greguería, irónicos e inentendibles. Prioridades propias de tiempos ancestrales, ilógicas y desmedidas en la razón. Un momento en el que es más importante conseguir un escaño que la vida de un español. Unos instantes en los que los perseguidos terroristas que cuentan sus gloriosas actuaciones por víctimas, campean a sus anchas por los parlamentos españoles. Un carnaval, una fiesta pagana, unas risas, un desastre, en definitiva un gran desastre.
 
Los españoles pagamos las bacanales en las que participan los asesinos de nuestros hermanos. Defensores de agrias, duras y confesas dictaduras, pactan, enmiendan y aprueban las leyes por las que nos van a medir en el futuro. En definitiva, un gran desastre.
 
Abrir un periódico es llorar de pena, buscar en la nostalgia la paz de un futuro que siendo reciente ha quedado en el olvido. Ni izquierda, ni derecha, ni colores, ni tan siquiera sabores. Un gran desastre sin solución. Mi país vive anclado en una edad que no llega ni a la media, un país de rasgos neolíticos en donde todo vale. Un país gobernado por un ansia de poder desmesurado, propio de personas sin corazón y sin principios. Un reino desigual y tendido a la miseria.
 
¡Esto se acabó! El pueblo español ha perdido la capacidad de reaccionar. Vivir acuerdos que acaban con mi país y entrar al café para encontrarme metido en charlas futboleras, abruman mi mente.
 
No soy de derechas ni de izquierdas. El centro se me ha quedado torcido, pero cada día odio más todo lo que representa el apoyo a dictaduras bolivarianas y asesinos. Iglesias, Echenique, Carmena, Errejón, independentistas, etarras y fundamentalistas, todos son iguales, todos son lo mismo. ¿Se puede cambiar el color parlamentario en un país descolorido? ¿Se acabó la libertad?