Hace algo más de un año comencé mi colaboración con el artículo “La manada, la jauría y la lógica del clan” en ocasión de la primera sentencia sobre este caso, menos dura pero ya suficientemente injusta. Ahora sigo suscribiendo todas y cada una de las palabras escritas en aquella ocasión, con mayor razón porque el tribunal supremo con minúsculas ha agravado la pena. La manada la conocemos todos, la jauría de las feministas se arroja sobre la presa poseída por invencible rabia sectaria, para la lógica del clan no existe la justicia impersonal y objetiva sino únicamente la lógica de género: la mujer siempre tiene razón.

 

Esta sentencia, que condena a quince años a unos hombres por algo que de ninguna manera fue violación, es el producto de una sociedad fanatizada por la propaganda feminista, por una agobiante presión mediática, política y social; esto ha sido reconocido sin el menor pudor toda la morralla progre de este país, cuando en su repugnante satisfacción afirman que no se habría llegado a esta sentencia sin las manifestaciones y la movilización; traducido al lenguaje llano, significa que la campaña de lavado de cerebro y propaganda ha logrado su propósito de torcer la justicia. Efectivamente, como decía en mi anterior artículo “Las malas maestras, la profe de lengua y el matriarcado sobre un mundo de esclavos” las más desequilibradas y sanguinarias odiadoras de hombres del feminismo histórico nunca se han marchado, están vivas en espíritu, aquí y ahora, y vemos su largo brazo también en sentencias como ésta.

 

Aunque ya lo afirmé en el otro artículo sobre la manada, no escribo esto para defender a unas personas concretas. El episodio que dio origen a todo este caso es una historia de ordinaria degeneración y de primitivismo bestial. Degenerados ellos y degenerada ella también; impresentables ellos y puedo estar de acuerdo, pero impresentables no quiere decir violadores. La justicia debe valorar si hay delito, no degradarse hasta convertirse en una justicia encoñada con perspectiva de género.

 

Por si teníamos alguna duda, queda claro que cuando hay de por medio sectas, lobbies, intereses ideológicos o económicos, no existe la justicia sino únicamente las relaciones de poder. Esto ha sido siempre así: cuando están de por medio el poder y los intereses la justicia no es la norma sino la excepción, una corriente limpia en un océano de iniquidad, un brote de rosas en medio de la mierda; siempre por obra de personas valientes y rectas que se atreven a desafiar la lógica del clan, la mediocre opinión general y las hordas de fanáticos rabiosos con cerebros minúsculos secuestrados por la propaganda. Como ese juez de la primera sentencia que discrepó y motivó su opinión de manera precisa, circunstanciada; sacando a cambio de ello el linchamiento mediático y probablemente consecuencias negativas en su carrera.

Son oportunas aquí algunas referencias literarias. Acerca de la mediocridad de la opinión general la inolvidable obra de Ibsen “El enemigo del pueblo” donde la opinión democrática de una comunidad está de parte de la injusticia y la mentira. Acerca de sentencias escritas desde el principio, habrá que recordar “Matar a un ruiseñor” de la escritora Harper Lee, clásico de la literatura norteamericana y alegato contra el racismo del profundo sur. Es una obra muy conocida y querida para los progres (los de antes, los de más edad o los que a pesar de la educación progre, no son analfabetos funcionales). En esta novela un hombre negro era condenado por violar a una chica blanca, a pesar de que la acusación no se sostenía de ninguna manera y toda la evidencia estaba en contra. Pero era la Alabama de los años 50 y la sentencia estaba escrita desde el principio: desde que el negro tuvo la mala fortuna de encontrarse en una situación comprometida y la chica blanca lo denunció. Recomiendo a todos leer el libro, que vale la pena a pesar de ser un clásico del progresismo.

 

Es oportuno que los que ha leído el libro reflexionen un poco sobre esto: la Alabama de los años 50 es la España del 2020, el matar un ruiseñor es la sentencia de la manada (salvando las distancias, quizá en vez de un ruiseñor es un pajarraco pero matarlo sigue estando mal) y las sentencias están escritas desde el principio, si el acusado es varón español y blanco. Porque si la manada es de otro origen, extra-europeo, no hay campaña mediática ni manifestaciones basura ni jueces disconformes puestos en la picota.

 

Ha quedado claro como el agua: así como el negro de Alabama en 1950 lo tenía todo perdido desde el principio, el varón de España en 2020 también tiene las de perder si lo denuncia una mujer. Lo que cuenta es la palabra de ella y la presión mediática de la jauría feminista, que cada vez es más consciente de su poder: cuanta más espuma eche por la boca, más se encogerán las pelotas de los jueces hasta alcanzar el tamaño de guisantes.

 

¿Cómo hemos llegado a esto? Pregunta estúpida porque hace mucho que hemos llegado a esto. El tratamiento inicuo del varón es moneda corriente desde hace muchos años; pero el español medio o no ve las cosas o se niega a verlas o le dan igual hasta que no le afectan a él personalmente. Ni es cosa de hoy ni tiene que ver sólo con este caso, el tratamiento sistemáticamente inicuo hacia el varón y el privilegio para la mujer. ¿Por qué la gente no lo ve, por qué no hay una reacción?

 

Yo mi respuesta la tengo: porque el español medio es gilipollas. Lamento no dar un análisis más articulado y adecuadamente razonado, pero es que a veces la verdad está contenida en una sola frase. De hecho una vez entendemos que el español medio es gilipollas, muchos otros fenómenos aberrantes y absurdos en nuestro país se vuelven súbitamente comprensibles, dejan de ser inexplicables.

 

Cuando aquí hablo de gilipollas me refiero a los hombres. Ellas no lo son en absoluto; lo serán en otras cosas pero desde luego no en esto. Ellas entienden perfectamente lo que está pasando, saben que esta sentencia es una piedra angular en el nuevo régimen que se está construyendo; un régimen de terrorismo feminista, un estalinismo de la vagina donde los hombres viven en el miedo porque están indefensos ante la ley y se les puede chantajear en cualquier momento.

 

En efecto, hagamos una proyección del futuro que nos espera sin hacer ya referencias a este caso particular (todo parecido con personas reales es pura coincidencia): si un hombre, impresentable o no, degenerado o no, tiene relaciones consentidas con una mujer con la mala fortuna de que la zorra decida después denunciarlo por violación, tiene todas las de perder. Y esto aunque haya constancia de que ella se haya comportado como un putón verbenero y una perra en celo. No podrá confiar en la justicia porque, sin importar cuál es la realidad, lo más probable es que se tope con jueces mediocres, cobardes y pusilánimes (o directamente en mala fe) que sentencien con perspectiva de género.

 

Este es el futuro que están construyendo para nosotros. Pero terminaré con una nota de optimismo dirigiéndome al español medio al que, me temo, no he tratado muy bien antes.

Español medio, no todo está perdido. La condición de gilipollas no es genética, es adquirida y se puede salir de ella. Si un solo gilipollas deja de serlo leyendo este artículo daré por bien empleado el esfuerzo empleado en escribirlo.