Barbacid, Mariano, macho, no tomes más el pelo al personal. La experimentación científica con animales, ese infierno, se vincula y justifica tan a menudo con las investigaciones de enfermedades como el cáncer o el alzhéimer. El páncreas de ratones retocados genéticamente, indicas. Siempre apelando a grandes causas. Los chicos de los nobles ideales. Cada vez más tumores, esa es la única realidad constatable a diario. Seguridad Social, las reverenciadas SS, el fascismo biosanitario solo crea enfermos crónicos. Poco cura. Nada. El bárbaro progreso civilizatorio como tosco y burdo pretexto. En su nombre, extremo sufrimiento, agonía, muerte, violación. Se juega con el atávico e insondable miedo del ser humano, paradigmática pilastra del control social. También enredáis con la enfermiza esperanza humana de mejorar parte de sus menoscabos existenciales. Se ambiciona descubrir remiendos para (presuntas) enfermedades humanas experimentando con animales. Los resultados, sabéis de sobra, son remotamente extrapolables. Al testar con bichos, alcanzáis desenlaces falsos. Encubrís importantes fallos que los resultados de estas prácticas poseen a la hora de adaptarlas a la especie humana, viniendo a triturar, a la postre, la existencia a miles de personas.  No aportáis nada a la comprensión razonable de un padecimiento cuando masacráis animales. Pruebas Draize LD50, por ejemplo. Se pretende conocer la fisiología humana a través de la sistemática tortura de animales, fisiológicamente tan diferentes. Ferocidad, inmolación, exterminio. Además, tarde o temprano, tendréis que experimentar con animales humanos. Lo peor de vuestra hedionda retahíla: hipocresía. Aunque la utilización de animales de laboratorio se justifica por la indagación de retoques a enfermedades mortales, la realidad es que buena parte de estas prácticas están destinadas al desarrollo de pesticidas, cosméticos, armamento o limpiadores. Un formidable negocio. Decisivo. Repulsivo. Pasta, pasta, pasta. Vergüenza, vergüenza, vergüenza.

Horrores

Vamos a recordar, grosso modo, una pequeña porción del catálogo de los horrores. Vivisección. Cortar vivo, seccionar lo vivo, he ahí el quid. Administrar sustancias altamente nocivas. Descargas eléctricas muy traumáticas. Intervenciones quirúrgicas sin anestesia. Quemaduras brutales. Gaseamientos. Largas privaciones de comida y bebida. Torturas físicas y psíquicas. Inoculaciones de virus. Alteraciones del material genético. Producción de todo tipo de heridas. Sustancias irritantes intravenosas. Cada año, millones de animales son sometidos a experimentación en el mundo entero con los fines más variados. En España, y según informe gubernamental, en 2017 se emplearon animales en 793.000 ocasiones. El 65% del total eran ratones. Los peces se utilizaron 86.000 veces. Las aves de corral, 82.100. Las ratas, 56.000. Los conejos, 26.000. Los cerdos, 8.700. Y los perros y los gatos, 1.476 y 531 respectivamente. Y el silenciado y desasosegante y tétrico asunto de los primates superiores. Se sabe sobradamente que existen significativas opciones válidas, y mucho más eficaces, a la investigación científica médica con experimentación animal, a saber, células madre, simulaciones informáticas, programas interactivos, uso de células sanguíneas humanas o placentas. De momento, asunto nuclear, poco dilatado. En el espacio y el tiempo.

 

Negocios

Detrás de la experimentación animal se hallan los grandes consorcios farmacéuticos, militares, agroquímicos, aeronáuticos, alimenticios, cosméticos o tabaqueros que estrujan a quien haga falta para mantener sus fastuosas ganancias, al mismo tiempo que convierten la sevicia contra los animales en otro negocio muy rentable por sí solo. Son miles las empresas que han creado sus imperios económicos sobre los cadáveres de animales e incluso de personas.Y, desde luego, las sórdidas universidades pululando por allí. La coartada intelectual académica aplaudiendo con entusiasmo y frenesí la vivisección. Los animales no humanos se transforman en piezas, encargos, productos, modelos, materiales de estudio. Meras herramientas de laboratorio. Los estudiantes de biología, farmacia, fisiología, medicina, odontología, veterinaria, en su gran mayoría, ectoplasmas dizque humanos sin el mínimo sentido de lástima, compasión o empatía. Desensibilizados. Sin piedad. Sin perdón. El inicuo maltrato a los animales, pedazo esencial del proceso educativo. Un sistema académico pergeñado para enseñar deletéreas dosis de obediencia y sumisión al cruel Leviatán capitalista.

 

Más hipócritas

Amor por los animales u odio hacia las personas. Detrás de cierta chusma animalista se embosca lo segundo exhibiendo lo primero. Determinado tipo de psicópatas proyectan en los animales el amor que, sin embargo, son inhábiles de sentir hacia sus congéneres humanos. Uno puede ser un acrisolado psicótico y un asesino de masas y, sin embargo, venerar a los animales. Por ejemplo, Adolfito, el genocida. Mala gente. Él y tantos. Los etarras antitaurinos: otra sima. Nueva fracción de fariseos, el envés de Barbacid y cía. No se trata de derechos de los animales. En absoluto. Se trata de deberes de los hombres hacia esas "pobres almas mudas" (Miguel Hernández) que nos escoltan en este afligido penar que es la vida. Escribía atinadamente el titán Königsberg, Immanuel Kant, que podemos y debemos juzgar el corazón de una persona por la forma en que trata a los animales. Y el corazón de una sociedad, agrego. Traducción: somos, irremisiblemente, un mundo sin corazón. En fin.