No voy a hacer chistes, mangas o capirotes. Ya se han hecho, se están haciendo y se harán mientras María Rey, a la que Dios nos guarde muchos años, siga gravitando con la levedad que la caracteriza en cualquier TV que la acoja o la asile. Para explicar razonablemente su torpeza (una más en su larga carrera sin poso y sin huellas) sobre el alzamiento de los madrileños el 2 de mayo de 1808 contra las tropas franquistas, solo caben dos posibilidades: o está rodeada de cabroncetes que están disfrutando, como lo que son, con el ridículo cósmico que ha hecho; o bien todos los que la rodean son tan analfabetos como ella. Posibilidad, ésta última, nada desdeñable pues en mí gremio profesional es en el que hay más necios por metro cuadrado. Es más, en el periodismo español de hoy en día es donde habita la peor clase de tonto, el que está convencido de que no lo es porque la cámara, el micrófono o el ordenador derraman sobre él una suerte de pentecostés pagano que, sin bien no le ilumina, sí, al menos, cubre de verosimilitud todas las estupideces que eructa cuando habla y que garabatea cuando redacta sobrecargando de trabajo, por supuesto, al imbécil que le hace de ángel de la guarda en el ordenador: el corrector automático. Por si este blindaje no fuera suficiente (que lo es) basta con acogerse al comodín de los políticamente correcto para que cualquier esputo del ignorante sea, al menos, tolerable. Tan tolerable y disculpable como los de los políticos.

 

Que a María Rey la agitas y caen bellotas es un dogma y, a la vez, una ley tan inexorable en periodismo como lo son las de la Gravedad a la Física. Además es un axioma, no necesita demostración, su empirismo radica en haberla padecido durante larguísimos años en la pantalla del televisor. Pero no es sólo ella la culpable. Hay veces, demasiadas, en que un amor marital mal entendido nos impide decirle a nuestro cónyuge que, por el bien de la familia, dedique sus afanes a otros menesteres. Tan culpable como ella es quien la ha contratado atendiendo, sin duda, porque el que no es agradecido no es bien nacido, a viejas deudas de gratitud contraídas antaño con el que hogaño recoge discretamente en su casa las bellotas que María Rey derrama cada vez que abre la boca.

 

Aunque Telemadrid sea una TV sin televidentes, tal y como Azaña fue un escritor sin lectores hasta que Aznar le resucitó, y todos sus “profesionales” tengan siempre la sensación de estar interpretando, en cualesquiera de sus programas, la función de fin de curso del colegio, ¿ no hubo ni uno solo, un buen samaritano, que le hiciese un quite a María Rey para que no quedase, por los siglos de los siglos, amén, como Cagancho en Almagro? No, no lo hubo. Un servidor tiene muchas horas de TV y de Radio encima. Un lapsus lo tiene cualquiera. La pata la metemos todos, por supuesto. Pero siempre, y más si estás presentando al alimón, hay alguien que te echa un capote, te corrige con una broma o con una puñalada en directo, que de todo hay, y te saca del apuro. Y si el buen samaritano no está en el plató, seguro que está en el control de realización y te avisa por el pinganillo para que seas tú mismo el que enmiende el error. Y no pasa nada.

 

No hubo nadie que edulcorara la bellota de María Rey avisándola de que Franco no era un Mariscal de Napoleón destinado en Madrid el 2 de mayo de 1808 o, simplemente, un traidor como Fernando VII al servicio del emperador de los gabachos. No hubo nadie que le susurrase una amable o venenosa corrección. No, no lo hubo. Lo dicho, o está rodeada de cobroncetes o de analfabetos como ella. Conociendo el paño, estoy convencido de que está rodeada de las dos especies en una; ósea, de cabroncetes analfabetos. Ánimo, María, que con tu currículum seguro que Telemadrid, después de haber dado la campanada del 2 de mayo, te ofrece dar las campanadas de Nochevieja… a las doce del mediodía. Y tú, tan feliz, envuelta en tules y comiéndote doce bellotas.