Ahora que nuestros más destacados prohombres —y promujeres— se han devanado los sesos en una noctívaga reunión para tratar de pergeñar una solución al problema de la inmigración masiva que asuela Europa (y, de paso, devolver al redil del globalismo al gobierno díscolo de Italia), nos aguarda la sempiterna e interminable colectánea de apelaciones a la solidaridad que los fámulos del Sistema, tan serviles siempre con sus amos, acostumbran a cacarear en sus tertulias y pasquines. Así nos recordarán, apesadumbrados o como en los albores del llanto, que el Mare nostrum es ahora un piélago infernal donde los cadáveres de los más pobres son mecidos por las aguas como balandros a la deriva; que los cuerpos empodrecidos de esos pobres se hacinan en las profundidades del mar, y que desde allí, desde el lecho ensangrentado de ese Mare nostrum que se ha tornado expositor de catafalcos nos gritan, como estantiguas encadenadas, que su desgracia es culpa nuestra, y que sobre nuestras conciencias amustiadas pesará, con su peso saturnal y empavorecedor, el recuerdo de esas vidas miserables sobre las que no pusimos nuestros ojos.

Pero no se escame ni enfurruñe usted, estimado lector, pues todo esto no forma parte más que del avieso designio de la plutocracia, cuyo único deseo es el de dejar ahítas sus ya repletas arcas, en las que el dinero, temulento por el sufrimiento ajeno, gime de placer. ¡Pero a esas arcas agigantadas nunca les sobreviene el dolor de estómago ni el desmayo de la glotonería! Así que la Plutocracia continúa enviándonos a sus lacayos y corifeos para que en tertulias y pasquines, apesadumbrados o como en los albores del llanto, esbocen un visaje de repeluzno y sigan afligiéndonos con la imagen de ese báratro en que se ha convertido el Mediterráneo. Sin embargo, para que se cumpla ese designio que con maleficencia preternatural se han sacado de la sesera es preciso, no obstante, que los que ya sufrimos los resultados de sus inicuas asechanzas adoptemos, gustosos y entusiastas, un papel bardaje y predispuesto a la retambufa; y el mejor modo de que esta sociedad adormecida y ensimismada abrace el yugo con entusiasmo es, sin duda, apelando a esa fatua solidaridad que hemos hecho norma moral.

Así hicieron, por ejemplo, esos corifeos y lacayos, con aquel pequeño Aylan, el niño kurdo cuyo cadáver diminuto fue largamente expuesto a la mirada huera de las cámaras mientras la resaca de una playa turca le mordisqueaba la cabeza. Y así han hecho, también, con esa tragedia en Qarabuli que tan aspaventeramente han publicado los medios de comunicación, en la que más de 100 personas, entre ellos tres pequeños, perecieron en traslado a Europa. También en este caso se nos mostraron los cadáveres diminutos como rotos o desmadejados, reblandecidos por las mareas cruentas del Mediterráneo, que los habían arrastrado como algas pochas. Y así, desmadejados o como sin hueso, esos cadáveres diminutos nos retorcieron las conciencias, nos dejaron el alma hecha un gurruño y nos conmovieron hasta el tuétano de los más finos huesecillos, incitándonos a ser partícipes del acogimiento inmoderado de cuantos pobres desgraciados pudiesen arribar a nuestras costas. Desde ese instante, horripilados por ese espectáculo que contradice toda lógica y equipara la dignidad humana con las boñigas y las zurrapas, comenzamos a imaginarnos un mar odioso que, como un dios pagano ávido de sacrificios, se cobra su tributo de casquería infantil; y en nuestras fértiles meninges comienza a dibujarse un lecho marino en el que cuerpos diminutos son mordisqueados por toda suerte de bichejos a los que nada importa la pueril naturaleza de la pitanza que se meten en la tripa. Sin embargo, ¿estamos, en verdad, percatándonos del verdadero problema o, por el contrario, somos únicamente resortes que el Dinero ha de percutir para lograr sus objetivos? ¿En verdad nos importa el bienestar de esas gentes? ¿No estaremos tan solo acallando nuestras conciencias, que desde los más recónditos vericuetos de nuestra alma lloran por lo que está sucediendo en África?

Para responder a estas preguntas —o siquiera intentarlo—, bien podríamos echar mano del Magisterio de la Iglesia Católica, que establece una suerte de marco en el que se han de mover los movimientos migratorios, de forma que en el proceso no se menoscabe la dignidad del migrante ni unas naciones subyuguen a otras. Pero la Plutocracia, que tiene mucho de preternatural y esto de la Iglesia le provoca erisipela, termina siempre por romper los barrotillos del marco y hacer lo que le da la gana, pues en ese relativismo rampante es donde encuentra los surcos más adecuados para su cosecha. Y así, por ejemplo, lejos de preservar la soberanía de los países más empobrecidos, que a la postre habrán de nutrir al primer mundo de esclavos y azacanes, la glotona plutocracia acostumbra a manejar los hilos de un gobierno títere y venal, al que le forran los bolsillos con el oro de sus arcas para que sea éste quien pastoree a las gentes de su pueblo y las mantenga calladitas —y se mantenga calladito él, de paso, mientras la plutocracia saquea los recursos naturales del país sin dejar en éste remuneración alguna—. Lejos, también, de ofrecer un puesto de trabajo digno en los países de destino, el Dinero arroja estas pobres gentes a la laceria más ominosa al largarles, como a modo de aquellas gallofas que se arrojaban a los peregrinos, unos salarios raquíticos que los sume en el oprobio y el rencor, que los vuelve inasimilables y les siembra en los adentros el germen del aborrecimiento, que desde entonces los recorrerá como un venero subterráneo. E igualmente lejos de las intenciones de la Plutocracia, sin duda, el asegurarse que los países de acogida sean capaces de asimilar esos enormes acarreos africanos. Pues, largando esas gallofas a los inmigrantes, el Dinero sabe que también los trabajadores del Primer mundo habrán de aceptarlas antes o después, de modo que el jornal terminará por convertirse en esas propinas que se lanzan con desgaire, pues ya no hay en ellas caridad alguna. Y finalmente, de resultas de todo ello, las arcas de la Plutocracia lucirán reventonas y más regordetas que nunca, mientras los trabajadores de uno y otro lado se arrastrarán sarmentosos y esmirriados, tan diminutos como esos cadáveres que los más embebecidos de solidaridad han mostrado en las pantallas de televisión.