El pasado día 25 de septiembre, la agencia de noticias católica Zenit informaba de la presentación, en la Librería Editorial Vaticana, de un libro curioso: “La irrupción de los movimientos populares. ‘Rerum novarum’ de nuestro tiempo”. El libro contiene una presentación del mismísimo Papa Francisco.

Durante el acto, moderado por Alessandro Gisotti, vicedirector editorial del Dicasterio para la Comunicación, intervinieron el cardenal Marc Oullet, prefecto de la Congregación para los obispos y presidente de la Pontificia Comisión para América Latina (PCAL); el cardenal Peter K. A. Turkson, prefecto del Departamento para el Desarrollo Humano Integral; el profesor Guzmán M. Carriquiry Lecour, secretario de la PCAL; y el profesor Gianni La Bella.

Este libro es una publicación de la de la Librería Editorial Vaticana preparada por la PCAL que reúne los textos los encuentros mundiales de los movimientos populares que tuvieron lugar en Roma en 2014, en Santa Cruz de la Sierra (Bolivia) en 2015 y en Roma en 2016. Se pretende con ello reflexionar sobre el trabajo de miles de asociaciones “que luchan por un estilo de desarrollo justo e inclusivo”, según la agencia zenit. Junto a la presentación del Papa, el libro contiene un prefacio de Guzmán M. Carriquiri Lecour y Gianni La Bella y una introducción del cardenal Peter K.A. Turkson.

Este libro deja claramente traslucir la apuesta de la Iglesia actual por “lo social”, un impulso que procede de las más altas instancias vaticanas. Según reza la introducción de Francisco, los Movimientos Populares “representan una gran alternativa social, un grito profundo, un signo de contradicción, una esperanza de que ‘todo puede cambiar’”. Además, el Santo Padre añade que las personas que habitan en las periferias, territoriales y existenciales, constituyen “una semilla, un renuevo que como el grano de mostaza dará mucho fruto” y “la palanca de una gran transformación social”.

No son, por tanto, receptores pasivos de una conmiseración y de multitud de ayudas, sino protagonistas activos del futuro de la humanidad, una “rebelión pacífica”, que es la expresión más genuina de Cristo y de la que el Papa Francisco es fervientemente partidario. Una de las cosas que el Santo Padre más admira en estos “movimientos” es el carácter transnacional y transcultural del “modelo poliédrico” que describió en la Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium, basado en la “cultura del encuentro. No es de extrañar, por tanto, la resistencia a perpetuar la actual situación del mundo, un hecho que les convierte en “centinelas” de un mundo nuevo, dice el Pontífice.

No es difícil precisar que en toda esta propuesta aparece -¡cómo no!- una notable fuente de confusión, toda vez que parece que los cambios en el mundo proceden principalmente de la praxis social cuando, históricamente, la Iglesia ha apostado por renovar la esfera más íntima de la persona en Cristo, como fuente de un orden social verdaderamente justo. La respuesta, al parecer, se encuentra en miles de asociaciones de dudosa procedencia salvo en el denominador común de ponerse de parte de “los que sufren”, sin preguntarse por qué sufren y, sobre todo, que solución se les aporta.

Que una especie de filantropía cosmopolita y sentimentaloide sea la solución de los problemas del mundo se sitúa más en la línea del mesianismo capitalista o de izquierdas, antes que de la elevación metafísica de la persona que siempre ha buscado la fe cristiana. No es de extrañar que el enemigo de este nuevo catolicismo, en sintonía con la ideología dominante, sean todos aquellos que definen lo nacional como la principal resistencia al proceso globalizador, del que ni el texto prologado por Francisco ni los miles de “movimientos” que él tanto defiende, se alejan demasiado.

Y es que lo verdaderos movimientos populares de nuestra época son todos aquellos que defienden las identidades y combaten a los que pretenden disolver los pueblos forjados por la Providencia en la Historia, en un enjambre multiétnico introducido a golpe de falsa piedad. Por eso el Vaticano  se suma a las mismas críticas que proceden tanto de los neoliberales como de los “progresistas”, hacia quien defiende lo étnico y lo nacional.

Para muchos, está en marcha una intentona subrepticia para alterar las bases de la religión de siempre.