Decía en 2006 el Manifiesto de Euston que “manifestamos enfáticamente el deber de los genuinos demócratas de respetar la verdad histórica…la honradez política y la franqueza son para nosotros una obligación fundamental”. A día de hoy, en una época en la que la historia y la verdad histórica es frecuentemente utilizada y manipulada para obtener réditos políticos, es más necesario que nunca pararse dos segundos a reflexionar en voz alta qué verdad histórica queremos, tenemos y estamos construyendo.

Por su parte, afirmaba en su día el historiador Julio Valdeón que “el ser humano no puede prescindir de la historia si no quiere ver borrada su propia personalidad ya que tanto el hombre como los pueblos se preguntan por sus raíces o escudriñar su pasado para mejor entender el presente”,  y en efecto podemos afirmar sin riesgo a equivocarnos la necesidad de la historia como búsqueda y explicación del pasado, una historia que sirva para comprender, una historia que reconstruya el pasado y en resumen una historia que sirva para buscar nuestra identidad y personalidad como colectivo. Esa es, la búsqueda de la identidad, uno de los grandes fines de la historia, una de las herramientas más útiles que tenemos para conocernos, entendernos y aceptarnos.

Por otro lado, debe ser también la historia algo práctico, un servicio para ayudar a las personas, a nivel individual a entenderse a sí misma, a buscar su identidad como personas, dentro de la identidad colectiva como sociedad; una memoria de las memorias individuales que reconstruyen, desde el pasado cercano al presente la memoria colectiva de la nacional y no una memoria individualizada, estancada, partidaria, sesgada o de bando.

Por desgracia, sin embargo, no es ésta la memoria y la verdad histórica que nos estamos dando en nuestro país. Las leyes educativas que se aprueban cada vez que sube un nuevo gobierno al poder de la nación, los libros de texto, los programas de memoria y verdad histórica que se aprueban en los diferentes parlamentos autonómicos y en el nacional, están lejos de esa “honradez y franqueza” a la que hacían referencia los firmantes de Euston hace 13 años.

Con frecuencia, nos encontramos con investigadores, escritores y periodistas que hacen una historia al servicio de su ideología y de su verdad histórica, que difiere de la verdad histórica en general. Es difícil, en nuestros días designar qué es la verdad y qué es la mentira histórica, y que deberíamos entender por verdad y subjetividad. El historiador catalán Pelai Pagés afirmaba que “aceptar la imposibilidad de la objetividad no implica que sea imposible la rigurosidad”, esto es, no renunciar nunca a la rigurosidad del trabajo histórico aun cuando sea inevitable una mínima subjetividad.

Por otro lado, los historiadores e investigadores, que a diferencia de periodistas y divulgadores deberían tener una perspectiva profesional, no se alejan en ocasiones de esa “historia militante y activista” a uno y otro lado, contribuyendo a un estado de confusión en la que el público general se pregunta si es posible una historia ecuánime.

¿Es imposible aspirar en nuestros días a la verdad, neutralidad y objetividad histórica? ¿Debemos aceptar con resignación, como afirmaba Pagés, que una mínima y básica subjetividad histórica es inevitable? ¿Cuál debe ser el papel de los historiadores en esta época de la postverdad? Sin duda preguntas difíciles de contestar y que mueven ríos de tinta en la historiografía, pero también en la intelectualidad contemporánea.

En definitiva, necesitamos la historia como un proceso socialmente necesario e individualmente necesario, que nos ayude a buscar nuestra identidad como personas y colectivos sociales y como nación, y que sirva y ayude a la sociedad en general para comprender quienes son, y de dónde venimos. La búsqueda de la identidad es una necesidad humana, psicológicamente identificada e históricamente comprobada, y el historiador y la historia, sin manipulaciones, sin manuales preconcebidos o ejes ideológicos fijados, debe jugar un papel central en la sociedad para guiar a los individuos en el camino de poder encontrarse  si mismos.

Solo cuando entendamos la historia de forma desmitificada y racionalizada podremos encontrarnos a nosotros mismos como personas y como sociedad, aceptarnos y convivir entre nosotros. En definitiva, en una época en la que se confunde el papel de la historia y de la verdad histórica, es más necesario que nunca no perder la perspectiva y el rumbo, y entender que una verdadera memoria histórica que pretenda unir a los españoles debe basarse en todo momento en la rigurosidad, en el respeto y en el consenso.