Vuelve la derecha política, incluida la aparentemente más prometedora, por sus viejos andurriales de la “brava” cobardía de casino decimonónico y el estéril galleo republicano de la CEDA. Ese es su irrenunciable paradigma: Gil Robles, aquella bolita de sebo en cuyas orejas se inspiró Walt Disney para dibujar a Dumbo, que aseguraba preferir “la eficacia a la gallardía” olvidando que no hay nada tan eficaz como la gallardía; esa virtud que muy pocos hombres poseen y que por su escasez y por su propia naturaleza tiene más magnetismo y capacidad de convocatoria que la supuesta eficacia emasculada de la derechita del consenso conveniente, del olvido prudente y de la traición permanente.

 

Por eso los flautistas de la derechita aparentemente más prometedora, le han tocado silencio con sordina y muy bajito al hombre más gallardo del Viejo Reino de León: Jaime Alonso. Ya que han sustituido a Fernando Paz en Albacete por un tal Rafa Lomana, que sustituyan en León a Jaime Alonso por Paco Porras o por cualquier otro estrambote televisivo del gusto de sus gaiteros periodísticos.

 

Jaime Alonso ha sido siempre el puerto de abrigo y el refugio montañés de los náufragos de la España que zozobra más allá de las urnas, de los españoles que sin brújula política, a los que se les arrebató la cartografía nacional, buscaban los mapas de la Patria, los verbos que la conjugaban, las palabras que la conjuraban y los adjetivos que la cantaban en el pentagrama de su Historia olvidada. Jaime Alonso ha sido siempre la voz que los condujo en la oscuridad de la melancolía, en la niebla de la resignación y en el bochorno de la vergüenza. Y en la duda untuosa que nos hace caer en la traición “conveniente” y que nos convierte en Judas de nosotros mismos, ahí estaba siempre Jaime Alonso para sacarnos, con su mano y con su voz, del lodazal sin fondo, de esas arenas movedizas de la corrección política de los flautistas de la izquierda y de la derecha que nos mecen y nos adormecen con sus melopeas democráticas, y con sus alabanzas a los poderes taumatúrgicos de las urnas por encima de los valores de la Patria. Ahí estaban, ahí están y ahí estarán siempre Jaime Alonso y su eficaz gallardía… que tanto miedo le da a la derechita política, incluso a la, aparentemente, más prometedora.

 

Jaime Alonso nos ha enseñado a generaciones enteras de españoles el evangelio de la entrega a España: “si morir es menester se muere con un buen nombre, que más vale dejar de ser que dejar de ser un hombre”. Por eso hoy, Jaime Alonso merece más que nadie, más que ninguno de nosotros, el oro de las palabras de Ángel María Pascual:

“A ti, fiel camarada, que padeces

el cerco del olvido atormentado

a ti que gimes sin oír al lado

aquella voz segura de otras veces

Te envío mi dolor.

Si desfalleces/

el ocaso de todos, y cansado

ves tu afán como un verso malogrado

bebamos juntos en las mismas heces.

En tu propio solar quedaste fuera

del orbe de tus sueños hacen criba

Pero allí donde estés, cree y espera

El cielo es limpio y en sus bordes liba

claros vinos el alba, primavera.

Pon tus ojos arriba, siempre arriba”.