Cristina Cifuentes era un paradigma de político del PP: mujer y  ”muy liberada”, abortista, homosexista, por supuesto antifranquista, intelectualmente vacía y, lo que es peor, inculta, con un toque de infantilismo señoritil, arrogante con un matiz de chulería,  atenta a “las tendencias” para trepar sumándose a ellas, indiferente a los procesos de disgregación de España o de promoción de los etarras,  agente de la satelización cultural y política del país, habilidosa en el lenguaje “politiqués”… 

 

Señalo lo de mujer, no porque los políticos varones del PP no sean iguales o peores, sino porque eso le añade un plus promocional: vivimos en tiempos de lo que he llamado “tiorrillas”.  Cualquiera de esos políticos podría estar perfectamente en el partido de Zapatero o de Sánchez, o en el de Rivera. Son intercambiables. Cierto que en el PP hay otros menos impresentables, pero están en segundo o tercer plano, siempre fueron muy timoratos y no se atreven a “presentarse”.

 

   Y corruptos, por supuesto. Moralmente corruptos. En el caso de Cifuentes, está lo del máster, que por otra parte no es un caso aislado, sino una muestra de la influencia corruptora de los actuales políticos sobre una universidad muy degradada, como sobre todo lo que tocan, cajas de ahorros y demás.  Ahora le piden tres años de cárcel. Está bien. Entonces, ¿qué se debe pedir por un doctorado falso? Por lo menos el doble. Pero los corruptos del PP y del PSOE han llegado a un acuerdo bajo la mesa para no sacar esos trapos sucios. A Cifuentes le tocó ser la primera, sin vuelta atrás  y, con toda su chulería y habilidades, convertirse en el chivo expiatorio de otros como ella.