La medida de la grandeza de Franco está en el odio vitriólico de los que, pertrechados de cobardía y lejanía, quieren profanar su tumba porque creen que haciéndolo vengaran la derrota que sus abuelos políticos no fueron capaces de evitar ni con las armas de la guerra ni con las herramientas de la paz, y porque están convencidos de que la Historia coronará de laureles su “hazaña”, transformando su vileza en gesta. Exactamente eso les pasó a los asesinos de César, creyeron que el pueblo les aclamaría, y el pueblo los despreció, escupió sobre sus nombres y se alistó en las legiones que les dieron caza.

Hay hombres cuyos nombres están inmunizados contra la mentira y la tergiversación de la Historia, a pesar de la propaganda tóxica aventada por la impotencia, envuelta en democrático consenso, de sus herederos, de sus sucesores y de los hijos y nietos de todos ellos. Hay hombres cuyos nombres no necesitan de bardos ni de poetas, de panegiristas ni de druidas del halago porque sus obras, sólo sus obras, son el cimiento de sus leyendas personales y políticas, sociales y militares: Alejandro y César, Cortés y Pizarro, Napoleón y Churruca, Bismark y Garibaldi no necesitan ni pentagramas ni sinfonías para evocar grandeza con la sola pronunciación de la palabra que les bautiza y les nombra.

Con Franco sucede lo mismo. Es leyenda, que es ese territorio de la Historia en el que solo acampan unos pocos por la gracia de sus obras y por el odio y la envidia de los que no pudieron ser como ellos viviendo a su sombra, a su lado o enfrente.

Franco no solo supo romper las cadenas de la “hegeliana” exaltación de la democracia que, de la mano del Frente Popular, conducía a España a la ingesta masiva de cicuta, al suicidio colectivo como Pueblo, como Nación y como Estado, además la reconquistó para sí misma y la reconstruyó para la Historia de un futuro que él escribió con el trabajo del pueblo que le siguió. Por eso es leyenda. Y las leyendas no se destruyen jamás, ni siquiera cuando se las entenebrece y se las pinta de negro.

Para que un miserable como Fray Bartolomé de las Casas existiera tuvo que nacer Hernán Cortés, de la misma manera que para que unos impotentes como Pablo Iglesias, Pedro Sánchez y Pablo Casado existan, primero tuvo que existir Franco para derrotar a sus abuelitos, indultarlos y ponerlos a trabajar para que engendraran a sus hijos y nacieran sus nietos que hoy quieren profanar la tumba del Valle de los Caídos porque odian tanto la grandeza del Generalísimo como aquel frailecillo, onanista y sodomita, Bartolomé de las Casas, odiaba la gloria de Hernán Cortés.