El hecho de que casi nadie quiera ver la importancia de la tumba de Franco revela por sí solo una sociedad política en descomposición, que puede arrastrar a la misma España. Se parece a otros hechos concomitantes como la complicidad con los separatismos y con la ETA, la indiferencia hacia la invasión por Gibraltar, la colonización cultural por el inglés, disolución progresiva de la soberanía española en la UE y la OTAN, la propia corrupción de políticos y partidos o la utilización del sexo como chantaje, que se miran como parte del folclore sin que apenas reste votos a los partidos; o, peor aún, la desvirtuación de las leyes, de la Constitución, y la imposición de normas liberticidas como las de memoria histórica o las de género. Estos hechos, sostenidos año tras año ante nuestros ojos, apenas han suscitado reacción, ni siquiera denuncia. Y revelan la ausencia de un pensamiento y cultura democrática, junto con una deliberada ignorancia de la historia.

 

El pueblo, por inmensa mayoría, decidió que la democracia debía hacerse a partir del franquismo y contra una vuelta a algo parecido a la república o el Frente Popular. Es decir, aceptando que el régimen anterior estaba agotado, decidió una democracia franquista,  reconociendo los inmensos logros anteriores. Pero los políticos decidieron que debía hacerse contra el franquismo. Unos frontalmente, los separatistas e izquierdistas;  y otros, los de derecha y democristianos a partir de Suárez,  indirectamente, procurando “olvidar el pasado”, como si este fuera vergonzoso o como si ellos mismos no provinieran de él.  Con ello inauguraban la conversión de la democracia en una política de la farsa permanente, empezando por la falsificación de sus propias biografías. El antifranquismo llevaba implícita la denigración y socavamiento de España, de su unidad e independencia,  de la idea de una comunidad cultural hispánica,  la anulación de la enorme obra realizada por Franco sobre la derrota de un Frente Popular cuya composición ya indicaba claramente su carácter y objetivos.

 

La cuestión se presenta así: el respeto a Franco y su legado debe ser constitutivo esencial de la democracia. Si se consiente el ultraje a sus restos ya no habrá freno a los desmanes que pueda cometer la tradicional “estupidez y canallería” de los frentes populares, estando como estamos ante el tercero de ellos.  Parece estar habiendo una reacción. Pero para que sea efectiva, para que dé lugar a una regeneración, a la vuelta a la democracia franquista votada en el referéndum de 1976, será preciso que algún partido lo tome como bandera. Es cierto que la falsificación de la historia durante cuarenta años ha surtido sus efectos nefastos, pero también lo es que sus corruptos autores están cada vez más al descubierto y que los argumentos son bien claros y potentes, si se explican adecuadamente a una población en gran parte y de momento embrutecida por unos políticos canallescos. Ese argumentario lo he expuesto en Los mitos del franquismo, para quien quiera servirse de él.