Tras aquella moción de censura urdida para arrebatarle el Poder a quien lo había emponzoñado (aún más) de corrupción y de cobardía, y ofrecérselo al secular ladrón, el PSOE, acabamos de culminar el disparate de Pedro Sánchez con la nueva convocatoria de elecciones y nos disponemos a solazarnos en el esperpento de la próxima deposición de las urnas.

Esa es la cartografía de la democracia española, la permanente transición del disparate al esperpento por un sendero jalonado de urnas, de las que sólo salen tipos cuyos historiales laborales caben todos en una servilleta de cantina, sus expedientes académicos en el plumier de un parvulario y sus conductas personales en una ficha policial que no les hacen por ser vos quién sois. Ladrones sentenciados, ladrones imputados y sus cómplices, oficialmente limpios pero moralmente emporcados, agazapados y acunados por las siglas del partido y por la presunción de inocencia, que consiste siempre en la negación de la evidencia.

He ahí el menú, burdo y zafio, que se nos vuelve a ofrecer para que festejemos la libertad y la democracia en las urnas de noviembre. Los mismos partidos que han escenificado el disparate nos piden el voto para representar el esperpento, con los mismos argumentos y sobre el mismo escenario. He ahí el tinglado de la vieja farsa con sus payasos y bufones haciéndonos la corte, adulándonos, piropeándonos y prometiéndonos la Arcadia Feliz a cambio de nuestros votos. Acudid como los borregos de Panurgo a las urnas a regalarles lo único que realmente quieren de nosotros, lo único que necesitan de nosotros: el voto, que es la legitimidad que necesitan para que el Sistema les firme la patente de corso adjunta al acta de diputado y consustancial a la nómina institucional