Define el DRAE el formulismo como "la tendencia a preferir la apariencia de las cosas a su esencia". Tal parece que es uno de los males que hoy nos azota, de forma permanente, al afrontar los problemas reales de la vida. Una tendencia que, unida a la aplicación del relativismo, contradice un estilo de ser contrario a la integridad moral y al sentimiento del honor.

 

El espectáculo habitual al que nos tienen acostumbrados nuestros políticos a la hora de jurar o prometer sus cargos alcanza ya aspectos de sainete cuando no, en argot popular, de puro cachondeo. Y así lo siento, pues en el fondo, la realidad, es que da igual el formulismo empleado por unos u otros. Qué más da si luego nadie va a cumplir lo que ha jurado o prometido.

 

Otrosí cabría decir del cumplimiento de cuanto se anuncia en campañas electorales para captar votos inocentes; una sola observación de los posibles pactos poselectorales en curso en estos momentos nos da idea de lo que entienden los partidos y sus dirigentes por compromiso con los valores: ninguno.

 

No sé si Vd., lector, ha viajado por el sur de Italia. Si no lo ha hecho se lo aconsejo, pues créame que vale la pena. La belleza de sus paisajes y el encanto de sus gentes merecen el esfuerzo. Son muchas las cosas admirables que uno observa allí, si bien ya le anticipo que, acostumbrado uno a la rigidez que en determinadas costumbres impera por estos lares, seguro que se lleva alguna sorpresa. Así, no espere Vd., al circular por sus carreteras o vías públicas, el cumplimiento exacto de las normas de tráfico o circulación. Allí son las mismas que aquí, pero la verdad es que cada uno se las toma a su libre albedrío. Los semáforos en rojo o los pasos cebra existen, claro; otra cosa es la interpretación que el italiano sureño hace de esas normas. Al menos como las entendemos aquí. Es así que viajando en un taxi por la bellísima ciudad de Nápoles y con el corazón compungido al ver que el conductor no respetaba ni una sola de las señales de tráfico, le pregunté por qué no respetaba nadie los semáforos en rojo. Su respuesta me dejó ciertamente confuso: "signore, testimoniale, testimoniale". Y así es. La cuestión es que, a pesar de esto, el índice de siniestralidad en carretera no es superior al de España, lo que quiere decir que, habituados a esa forma de convivencia, el italiano vive feliz sin amargarse con normas y más normas como las que padecemos aquí.

 

A mí esta actitud de la buena gente italiana me recuerda mucho a la situación presente en España cuando vemos el caso que algunos hacen a compromisos adquiridos formalmente.

 

Me explico: tomemos como referencia cuanto está sucediendo en Cataluña donde todas las actividades de las autoridades electas son todas contrarias a la Constitución que se supone han jurado guardar, jurando o prometiendo. Y lo mismo diría de aquellos que sí tienen la responsabilidad de hacer guardar la misma pero que a la hora de sus conveniencias personales o de partido pronto se olvidan.

 

He aquí la cuestión y que me lleva a recordar a mi amigo el taxista napolitano, toda vez que, tanto unos como, otros asumen esos juramentos o promesas tal que si fueran actos "testimoniale" y no como actos de profunda convicción; o sea, como formulismos legales tal como reza el título de este artículo.

 

No sé, pero tengo la impresión que tal vez fuera mejor suprimir estos formulismos cuando se asumen cargos oficiales. Para qué jurarlos si luego no se van a cumplir. Es que no tiene sentido. Se asume el cargo y listo. No pasa nada y así se evita a todos aquellos españolitos, imbuidos todavía del espíritu calderoniano del " Alcalde de Zalamea", llevarse disgusto tras disgusto. Seguro que todos viviríamos más felices.

Lo que estamos viendo es ciertamente esperpéntico a la par que complejo de comprender, o tal vez no tanto.

 

Veamos, la dejación de los responsables para hacer guardar la constitución es apelada por algunos como cobardía, mientras que otros la tildan de prudencia política. Yo creo que ni una cosa ni la otra, sino simplemente la aplicación práctica del "relativismo" al que me he referido al comienzo de este artículo; es decir, actuación conforme al interés partidista de cada uno de los contendientes y punto. La mayoría de los actores de todo este sainete, que vemos todos los días, carece de convicciones firmes sobre lo que establecen determinados artículos de la propia Constitución -especialmente los de Título Preliminar- y es por eso que cobra más fuerza mi teoría de la no necesidad de someter al personal a cansinos actos de juramentos o promesas. Para qué, si nadie los cumple. Y no los cumplen porque, sencillamente, no creen en ellos. Así de simple.

 

Tal vez, y quizás no sin razón, en el fondo de toda esta cuestión soberanista flote aquello tan renombrado y que tanto le gustaba al Sr. Rajoy de "es la economía, estúpido", versión moderna de la de nuestro clásico Quevedo "poderoso caballero es don dinero", y es entonces cuando con más razón apelo a la supresión de los formulismos legales, objeto de este artículo, pues en una sociedad sin principios morales aún tienen menos sentido.

 

Nadie se extrañe consecuentemente de que en este escenario surjan con fuerza movimientos sociales capitaneados por gente joven que han sabido conectar con el sentimiento popular de una gran mayoría de una sociedad maltratada. A poco que sus dirigentes se alejen de postulados trasnochados, utópicos e irrealizables y se aproximen a los reales, su éxito será irrefutable; entre otros, la de constatar que, a pesar de las apariencias, el pueblo español es profundamente patriota y que hoy se siente humillado por todo cuanto ve a su alrededor e incluyo aquí a millones de catalanes abandonados a su suerte sin que nadie los defienda.

 

La verdad, no sé hasta qué punto me creo lo que escribo, pero es que cuando uno se ha educado en el culto al honor y crecido entre hombres dispuestos a dar su vida por ideales superiores, el espectáculo que se nos presenta a diario le hace a uno meditar seriamente sobre si no sería mejor que, al igual que en Nápoles, todo fuera "testimoniale" y todos tan felices. Cuando se tiene ya cierta edad y se ha visto todo y oído tanto desatino, parece inútil tratar de explicar lo que es obvio y emana del sentido común.

 

¡Porca miseria! que diría un clásico