Disculparán ustedes que hasta el momento no haya comentado nada sobre el tema separatista catalán. No lo he hecho porque no hay nada nuevo que decir, nada nuevo que rebatir, nada nuevo que razonar. El catalanismo es obtuso, aldeano, cazurro, taimado y egocéntrico, y quienes han permitido llegar a este punto son, lisa y llanamente, traidores.

El secesionismo rampante era cuestión de tiempo desde 1976, y todos y cada uno de los gobiernos españoles desde aquél primero del tahúr Suárez, han puesto una escalón nuevo en la escalera del absurdo separatista. Suárez se agarró a los separatismos para gobernar; Felipe González se acurrunchó con ellos después de su primera legislatura; Aznar se encamó con ellos en la primera; Rodríguez les prometió lo que quisieran -carta blanca para el desmadre absoluto-, y Rajoy fue incapaz de mostrar el mínimo de dignidad que correspondía en una situación así a un presidente del Gobierno que contaba con mayoría absoluta en su primera legislatura, y hubo de chapucear con el inevitable "155" en la segunda. Y este actual Sánchez, incapaz no sólo de definirse, sino de entender lo que tiene encima, sigue en su tancredismo al respecto.

El adoctrinamiento en el separatismo no es cosa de hoy, ni de los últimos ocho o diez años. Viene -lo repito- desde 1976; y tras mas de cuarenta años de mentiras, falsedades, felonías y traiciones, era inevitable llegar a este punto. Un punto del que difícilmente habrá retorno.

Las insinuaciones sobre la aplicación de la legalidad vigente y la consiguiente suspensión de la autonomía catalana, después de una aplicación efímera y ridícula del artículo 155 y de unas sentencias ínfimas para el más grave de los delitos, llegan fuera de momento; y ni aún así se expresan claramente, con la suficiente fuerza y nitidez como para ser creíbles y ligeramente disuasorias.

Llegan fuera de momento, porque se ha pasado con mansedumbre ejemplar por las horcas caudinas de la expulsión del español de las aulas; por la quema de banderas españolas y por la negativa de las administraciones públicas de la región catalana a colocarlas en el lugar que les corresponde; porque se ha pasado con bovina parsimonia por la presencia de banderas separatistas -las famosas estrelladas, qué así les resulte premonitorio y se estrellen contra el muro que les espera en la secesión-; por las algaradas anarcocatalanistas y okupas que hacían funciones de una ETA progre y simpática para los pujoles y los mases y los puigdemones. Porque si para Arzallus eran los chicos de la gasolina los salvajes de la guerrilla urbana, para Pujol, Maragall, Mas, Puigdemont, los anarquistas, disfrazados de antisistema y okupas, han sido la carne de altercado con la que asustar a los españolistas. Y para el increíble Torra, no son sino sus queridos cómplices a los que con una mano manda "apretad" mientras con la otra pide moderación a sus mosus.

De ahí que -como alguna vez he dicho, y por ese motivo no había escrito acerca del tema, porque sólo puedo repetirme- el futuro de la Catalunlla independiente que anhelan los idiotas sea una guerra civil que los señoritos de la burguesía no verán hasta que les lleve por delante.

Y ahora, en su cerrazón absoluta, los señoritos de la burguesía; los descendientes de los que pusieron los cimientos del separatismo catalanista, cifrando sus aspiraciones en que Madrit accediera a poner aranceles a los productos textiles británicos, preservando sus ganancias aún en contra del interés general de España, y les diera todas las facilidades para exacerbar su capitalismo salvaje; ahora, los señoritos cazurros del aldeanismo se rasgan las vestiduras asustados por la guerrilla urbana que asola su Catalunlla. (Comento, como siempre, que son cosas muy distintas Cataluña y Catalunlla, como es diferente el catalán del català, y no se parece en nada el vasco y el basko).

A los independentistas de progresía y cultureta no les importó nunca que se quemaran banderas de España, ni fotos del rey; no les importó que sus simpáticos chicos quemaran sucursales bancarias, destrozaran mobiliario urbano, cortaran carreteras y ferrocarriles de vez en cuando, bajo la atenta pasividad de los mosus, que ponían el contrapunto folclórico a las manifas separatistas. No les importó que se persiguiera a los que hablaban en español, a los que ponían los rótulos de sus establecimientos en el idioma de cuatrocientos millones de personas. A los que querían que sus hijos pudieran entenderse con el mundo, y no sólo con su ombligo aldeano.

A los separatistas catalanes todo aquello les parecía una comparsa útil para mantener a raya a los odiados españolistas. Pero ahora, cuando han descubierto que esos simpáticos manifestantes constituyen lo que otros siempre hemos visto como guerrilla urbana totalmente equiparable a la kale borroka; cuando esos incontrolados que creían controlables para sus fines se muestran como lo que siempre han sido, y no se conforman con tirarle piedras o cohetes a la policía, sino que queman -literalmente- su ciudad; que prenden fuego debajo de sus balcones, que les hacen huir aterrorizados de sus propias casas de señoritos de aldea y barretina, la cosa cambia.

Ahora, los separatistas folclóricos se dan cuenta de que su sueño de una republiquita idílica, de masía y sardana, se quema junto con los bancos y contenedores de sus calles, el asfalto de sus carreteras, los accesos a su aeropuerto y a sus trenes, y que hasta sus propias casas de burgueses independentistas corren peligro.

Ahora, es cuando los separatistas que han alimentado a la bestia se dan cuenta de que la bestia no es manejable; que no es un perro bonachón, que gruñe pero no muerde, sino la reencarnación de la misma bestia que hace un siglo sembraba bombas y tiros por las calles.

Y a los que siempre hemos visto que en la guerrilla urbana del separatismo catalán estaba presente el anarquismo -disfrazado hoy en día de antisistema, okupas, anticapitalistas y antiloquesea-, y que darle alas era como jugar a la ruleta rusa -pero no con revólver, sino con pistola-, todo esto nos da la razón. Tampoco era necesario ser muy listo para verlo; bastaba con conocer la historia, con no haber olvidado el anarquismo decimonónico ni la guerra civil pequeñita -dentro de la grande española- que protagonizaron en Barcelona comunistas y anarquistas.

Sin embargo, a los separatistas catalanes parece que les está cogiendo por sorpresa. Se les ha escogorciado la revolución pacífica, con flores y cantos idílicos, y ven lo que se les viene encima. No sólo en algaradas dignas de territorios en guerra, sino en términos de cancelación de reservas en hoteles, y de ruina económica producida por la huída del turismo que aún no ha conseguido aventar la señora Colau y por la pérdida de confianza de las empresas que todavía no han abandonado Cataluña.

Dicen los tertulianos habituales que los independentistas no violentos están asustados; que están asombrados, que no se esperaban esto. Puedo creerlo, siempre a condición de admitir que el separatismo ya es, de por si, una patente cretinez. Pero una cretinez que los independentistas de salón, los burgueses de aldeana cazurrez, han sembrado, alimentado, cuidado y protegido.

 

Y a todo ello, el Gobierno –no ya en funciones, sino disfuncional- de Sánchez poniendo paños calientes, mirando al tendido y escurriendo el bulto. Sin definirse en tomar medidas acordes con la emergencia que era evidente para cualquiera que no viva en su mundo de megalomanía absurda. Y que, además, no es nueva en la Historia de España:

“Pero piense el Gobierno que si España se le va de entre las manos, no podrá escudarse tras de una excusable negligencia. Cuando la negligencia llega a ciertos límites y compromete ciertas cosas sagradas, ya se llama traición.”

José Antonio Primo de Rivera.

(F.E., núm. 15, 19 de julio de 1934)