El artículo 20 de la Constitución indica que se reconoce y garantiza el derecho a la libertad de cátedra, que, según la Sentencia del Tribunal Constitucional 217/1992, de 1 de diciembre, es “una proyección de la libertad ideológica y del derecho a difundir libremente los pensamientos, ideas y opiniones de los docentes en el ejercicio de su función”, que consiste “en la posibilidad de expresar las ideas o convicciones que cada profesor asume como propias en relación a la materia objeto de su enseñanza, presentando de este modo un contenido, no exclusivamente pero sí predominantemente negativo”. La misma resolución señala que “Es perfectamente deslindable la labor de enseñar y la función de examinar, sin que ésta sea consecuencia necesaria de aquélla”, siendo cierto que “nada justifica que el derecho a la libertad de cátedra alcance o se extienda también a esa función examinadora”, ya que esa libertad “no puede identificarse con el derecho de su titular a autorregular íntegramente y por sí mismo la función docente en todos sus aspectos, al margen y con total independencia de los criterios organizativos de la dirección del centro universitario”.

 

En el ámbito de las ciencias, la libertad de cátedra tiene una incidencia llamativa, pero, al ser numerosos los conceptos que se encuentran sujetos a las conclusiones extraídas de trabajos de investigación de naturaleza empírica, las opiniones de los profesores y catedráticos se terminan encadenando a elementos objetivos bastante alejados de consideraciones vinculadas con concepciones teóricas. Sin embargo, en el ámbito de las ciencias sociales, del Derecho, de la Economía y de la Historia, las opiniones personales desconectadas de fenómenos empíricos acaban sirviendo para instituir dictaduras de cátedra en las aulas, en las que muchos profesores, aprovechando la superioridad moral y la dependencia académica de sus alumnos, imponen sus criterios intelectuales, aunque resulte muy fácil comprobar que los mismos carecen de fuertes pilares teóricos y empíricos.

 

El valor de un profesor en el ámbito de las letras y de las cuestiones sociales y políticas se puede comprobar fácilmente atendiendo al respeto que muestre y por la tolerancia que acredite frente a las ideas contrarias a las suyas. Aquellos docentes que sean mediocres siempre serán proclives a imponer una concepción sobre la que ellos mismos no tienen absoluta certeza.