Ha asomado la cabeza Mariano Rajoy para despejar, si aún quedaba alguna, las dudas de su pasota comportamiento durante los siete años que fue Presidente del Gobierno. Aunque no pienso darle árnica, me quedo con una frase que, a modo de titular, destaca El Español, tomado del Diario de Avisos de Tenerife, que es el medio que lo ha entrevistado. Dice Rajoy: “En política hay que hacerse el loco muchas veces”. Me resulta especialmente significativa y aclaratoria la frase y creo que define la que ha sido “su” política, su modus operandi, el primero de sus puntos de conducta. Para un castizo, la frase tendría su equivalente en el comportamiento acobardado, manseando en tablas, mirando para otro lado.

 

Rajoy no es mi obsesión. Cuando era líder de la oposición, le dediqué un artículo que titulé No toda la culpa es de ZP, porque, a la ineficacia de Rodríguez Zapatero (que Dios mantenga alejado de nosotros por los siglos de los siglos), se unía la de Mariano Rajoy Brey que, en lugar de acosar a un zombi, se dedicó a eso, a hacerse el loco, como el que espera a que la hipotética nube refresque el ambiente con un aguacero que no se vislumbra en el horizonte. Recriminaba yo, principalmente, la falta de un proyecto de nación frente a la desidia de Rajoy y sus populares, y el insulto de los socialistas en la figura del mediador del desastre de Venezuela. Hacerse el loco muchas veces es una actitud que define a Mariano Rajoy, su gestión, su pasotismo. Pero hacerse el loco no es lo que hizo cuando, acosado por la moción de censura del intolerante doctor Sánchez, prefirió reunir a sus incondicionales y en un sálvese quien pueda decidió entregar la fortaleza y ponerse a cubierto, huyendo por la puerta de atrás, la de las cloacas.

 

La deriva de la nación española comienza a ser una situación permanente, que justifica la falta de objetivos. Y, adormecida por los efectos placebos del sistema, como si ello garantizara el éxito, la sociedad española vegeta entre el consumo, dentro de los márgenes que permite la precariedad salarial, y el ir tirando. No hay un proyecto social, ni económico (dependemos de Bruselas), ni político, que nos identifique y nos prolongue hacia el mañana. Aquí no impera otro principio que el de quítate tu que me pongo yo y, en fracciones de cuatro años, prorrogables, se instala la mediocridad carente de la mínima autoestima. Una mediocridad insalvable que recurre, sin el menor pudor, a la vejación, al insulto, al linchamiento popular de un sector de la sociedad como mejor arma de salvaguardar su poltrona. Se promueve, al mismo tiempo, la fobia y donde antes se elegía al capital, como centro de la ira colectiva, ahora se estigmatiza al varón, porque en el credo del neo comunismo, hay que tener siempre un enemigo al que dirigirse. Ahí están los hechos.

 

Contrasta esta realidad perceptible por una gran parte de los españoles, que sufren día a día la incertidumbre, con el optimismo de Rajoy sobre la excelencia de la vida en España, de nuestras infraestructuras, de nuestras posibilidades, y ese contraste deja al ex presidente en evidencia cuando, unos párrafos más abajo, reconoce que no sabe cómo será el mercado de trabajo en el que entraran, por ejemplo, sus hijos, de 20 y 14 años respectivamente. Me pregunto, entonces, porque no parece que lo hiciera el periodista, cómo valora Rajoy la vacilación de los jóvenes de la generación de sus hijos, y de otras varias generaciones más, ante el futuro que ofrece el mercado laboral para quien no ha tenido un padre que ha sido presidente del Gobierno, y no es Registrador de la Propiedad, ni notario, ni abogado del Estado, ni ejecutivo de altura…

 

Rajoy no es mi obsesión. Y lo digo por segunda vez aunque no dejo de reconocer que le he dedicado unos cuantos artículos en los que he tratado de criticar su manera de hacer las cosas, que él mismo reconoce con la frase de “hacerse el loco” (entrecomillado, por favor). Recuerdo cómo en una ocasión una viñeta publicada en un periódico de alcance nacional representaba al entonces presidente del Gobierno de España, en una tumbona de playa, fumándose un gran puro -Rajoy solía hacerlo- recibiendo novedades de su segunda en el mando, Soraya Sáez de Santamaría. La imagen generalizada de aquel presidente del Gobierno era la de un vago, un pasota, que se pasaba el día tumbado leyendo el Marca, (otra de las aficiones de Rajoy). Pensé que no era bueno que la idea que los españoles tenían del Presidente fuera la de un vago, y escribí diciendo que bien desde Moncloa, bien desde Génova, alguien debía salir al paso y corregir. Nadie lo hizo. No me quejo, quede claro, de mi mínima capacidad de influencia porque a mí me da lo mismo, pero me parece sinceramente lamentable que nadie hiciera algo por salvar la reputación de Mariano Rajoy, la reputación de su jefe de filas.

 

La última "lindeza" de Rajoy que quiero destacar de la entrevista realizada por Diario de Avisos no tiene parangón. Dice el ex político que "a la investidura, uno puede ir con un programa que, pactos mediante, no tiene que ser con el que ganó las elecciones". ¡Acabáramos! Es más que probable que para quienes entendemos la política en estado puro, como es mi caso y creo que el de la mayoría de los españoles, tan aventajada manera de pensar no encontrara apoyo suficiente para la continuidad y el mago de Pontevedra decidiera, con una finta espectacular, ceder sin pelea la Presidencia del Gobierno de España a quien le acusó de corrupto. Por cierto, tras la marcha de Rajoy, no recuerdo que continuara la campaña de acoso sobre la Gürtel del doctor Pedro Sánchez.