Un 18 de enero  pero en el año 1915, nacía en Gijón Santiago Carrillo Solares, quien ya ha pasado a la historia negra del crimen en España con diferentes calificativos: desde “El Marqués de Paracuellos” hasta la “Hiena Roja”. 

Como bien saben mis amigos, todos los años desde que cumplió los 90 el 18 de enero del 2005, le dediqué  con motivo del luctuoso suceso (no el de su muerte, que aún le quedaban casi ocho años de vida, sino el de su llegada al mundo) una glosa impregnada de humor negro.

Y me tomaba tal trabajo porque Con motivo de su 90 cumpleaños sus correligionarios le ofrecieron una “cena sorpresa” de la que no trascendió si hubo globos atados en la puerta del local y tarta de cumpleaños con 90 velitas. Lo que sí trascendió fue que estuvo presente Sabino Fernández Campo que, al no poder ser considerado ni “correligionario” ni amigo, hizo suponer que ostentaba la representación de otra encumbrada persona, al que sus asesores de imagen le habían aconsejado no  asistir. ¿O es que temía ser abucheado por buena parte de los asistentes?

Carrillo confraternizando con su caro amigo y protector

En aquel evento, al parecer D. Santiago, aún a pesar de ser ya nonagenario y fumador empedernido, había sido capaz de apagar sin mayores problemas tan elevado número de velas… como antaño apagara vidas.

A los postres, Zapatero, el Presidente del Gobierno -y que por ello teóricamente era, o debería serlo, de todos los españoles- llamó por teléfono para felicitar al homenajeado y anunciarle su regalo: En ese preciso instante se estaba retirando de los Nuevos Ministerios la estatua ecuestre de Franco. No consta, aunque es de suponer, que ante el anuncio de tan preciado regalo los asistentes prorrumpieron en un cerrado aplauso… ¿Aplaudiría también Sabino Fernández Campo en virtud de su alta representación? ¿Hubo alguna otra alta llamada de felicitación (no por el regalo anunciado, es de esperar) sino por el cumpleaños?

Es evidente que Zapatero no podía ser ya el presidente de-todos-los-españoles, (desde luego no el mío) ni el de muchos otros cuyos deudos habían sido asesinados por orden de su amigo Carrillo, el muy amado discípulo de Lenin y esbirro de Stalin.

Con esto quiero resaltar que siempre se dijo: “los amigos de mis amigos son mis amigos”. A contrario sensu….  pues eso. Que a buen entendedor pocas palabras bastan.

En mi efeméride anual llamaba la atención sobre la incongruencia que suponía la gran longevidad del homenajeado dado su carácter de fumador empedernido. Y lo achacaba a que había hecho un pacto con el diablo: Por cada cristiano que había despachado al otro mundo, Satanás le había concedido un día más de vida. Y añadía, mi deseo, de que cuando expiraran acuerdo y parte, el prestamista lo acogiera en su morada.

Pues bien, en este recién concluido año 2012, concretamente el 18 de septiembre, llegó tal momento.

Don Santiago dormía plácidamente la siesta, como si nada le conturbara la conciencia. Porque nunca la tuvo. La comida había sido copiosa, que los nueve mil euros largos de asignación mensual para sus gastos[1], concedidos por el Gobierno de España (amén de escolta, secretaria y otras bagatelas) le daban para buenas viandas y mejor vino. Tras los postres se había tomado sus copichuelas de Carlos III (ya hacía tiempo que se había reconciliado con reyes y monarcas) y luego, como era habitual, había aspirado profundamente, con deleite, los inseparables cigarros del camarada Fidel Castro.

Aunque sea digresión -y porque algún español que ya ha dejado de percibir hasta el paro, se pueda sorprender al enterarse de que D. Santiago tenía tan suculenta pensión, sin haber cotizando nunca durante su tan larga como incógnita vida laboral- decir que los emolumentos los percibía por su “contribución a la democracia y a la transición”. Es decir, eran las treinta monedas por haber vendido a sus correligionarios (y también por haber pactado el desmantelamiento de la España Una Grande y Libre que legara Franco) a cambio de no cuestionar  la Corona, su desleal heredera.

Pero volvamos a la siesta de D. Santiago, rotunda y plácida: de “pijama y orinal” como las hiciera célebres D. Camilo José Cela. Hacía calor -era septiembre- y la digestión era pesada -fuera por aburguesado marisco, o por proletaria fabada asturiana- pero el caso es que tras unas primeras y agradables imágenes oníricas en que se veía sobre una lujosa alfombra, públicamente abrazado ¡desde aquellas alturas! por su caro amigo, de pronto el decorado cambió de forma súbita: Ya no estaba sobre una alfombra, ahora se encontraba con los pies sobre un barro helado.

El genocidio de Paracuellos del Jarama

Ante él una fila de hombres, algunos adolescentes, casi niños, atados fuertemente de dos en dos con bramante por las muñecas, hasta hacerles brotar sangre, y puestos delante de unas zanjas.

¿Despachamos ya a estos fascistas camarada?

-Oyó decir a unos tipos patibularios que le rodeaban-

¡Cuando queráis!

Y en ese momento, aquellas caras desencajadas que reflejaban el terror por la muerte inminente, comenzaron a gritar ¡Viva Cristo Rey! ¡Viva España! Algunos también empezaron a rezar en voz alta… Padre nuestro que estás en los cielos… Otros simplemente temblaban o lloraban en silencio. Algún padre e hijo quisieron fundirse en un último abrazo. Santiago Carrillo se encabronó gritando.  ¡Empezar el fuego leche!

Pero aquel espectáculo de los mártires en la arena tenía en suspenso a los leones -a los chacales- que había quedado petrificados con las armas a medio encarar.

¡Qué cojones pasa! ¡Fuego leche!…. Y Santiago Carrillo disparó su astra del nueve largo sobre la cabeza del pobre hombre que tenía delante…. ¡Y que estaba rezando el muy cabrón!…  ¡Será fascista!

La detonación y la caída del cuerpo hizo reaccionar a aquellos milicianos de la Consejería de Orden Público, que iniciaron de inmediato un fuego graneado mientras las víctimas se derrumbaban en el suelo, envueltas en los lamentos y gritos de dolor de quienes no habían muerto con las descargas.

Entonces D. Santiago (que en aquellas fechas era sólo “camarada santiago” pues hasta el “don” y la mayúscula del nombre eran algo burgués y fascista) reparó en que aquel sujeto al que había disparado primero, había arrastrado al suelo en su caída al compañero de infortunio, a quien iba atado, y que indemne permanecía en el suelo paralizado por el terror y con los ojos cerrados. Y fue a dispararle otro tiro en la cabeza, pero en ese momento una mano en garra se posó sobre su hombro al tiempo que le decía al oído: A ese ya no…. se ha terminado tu tiempo, se te acabaron los once mil días más de vida que pactamos.

Santiago Carrillo quedó paralizado, comprendió de pronto que había llegado el momento en que, gastado el crédito de vida concedido, que avaló con la sangre de los mártires, debía pagar a su acreedor. Pero D. Santiago, que había sido capaz de pactar -y engañar- a los amigos, y a los enemigos, no se arredró: Y encarándose con aquel sujeto de rostro amojamado y verdoso que olía a azufre, le dijo muy sereno: Dame un minuto.

¿Un minuto dices? ¡Ni lo sueñes Carrillo!…. Ahora te acuerdas de aquello que te enseñaron de niño: “Un minuto de contrición, da un alma a  la salvación! ¡Pues no hay minuto que valga!… recuerda además que eso estaba expresamente excluido del acuerdo que pactamos.

Y Santiago Carrillo Solares se vio de inmediato flanqueado por dos milicianos que lo agarraban de los brazos, mientras uno de ellos en tono displicente y chulo, le decía unas palabras que le resultaron terriblemente familiares: Vamos a dar un paseo.

Y en el momento en que iba a poner el pie en el estribo de aquel siniestro ford  “T” negro, que le esperaba con otro miliciano al volante, volvió la cabeza para ver aquella zanja ya repleta de cadáveres… pero había cambiado la escena, y lo único que pudo ver fue su habitación, donde él dormía plácidamente la siesta. Y en ese momento se le apagó la luz… y reinaron las tinieblas.

Luego sintió que caía por una insondable sima, y mientras sus amigos y admiradores despedían su cuerpo, con la parafernalia de un hombre de estado benefactor de la patria, el comenzó a escuchar los eternos lamentos y crujir de dientes.

Un Castellano Leal

[1] Si eran sólo ocho mil, o algo menos, que se diga oficialmente la cantidad que tenía consignada: Que también pudiera ser mayor de los 9.000€ mensuales 

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