La salida de Fernando Paz de Vox ha demostrado que nada, absolutamente nada, al menos de momento, puede contra el pensamiento políticamente correcto que, dicho sea de paso, es mucho más que un pensamiento. Más bien se trata de una terrible arma de presión y de una estrategia de poder. Ahora la Cadena SER anda hablando de unos incidentes ocurridos en la Universidad Complutense de Madrid hace veinte años, por los que fue condenado Kiko Méndez Monasterio (KMM) a una falta de lesiones. La SER –que no informa si no que hace propaganda- se está empleado a fondo contra KMM, una de las personas más capaces, honradas e inteligentes de Vox, mientras que, por supuesto, no dice que el monopolio de la violencia en dicha universidad es de las organizaciones de izquierdas: ellas se atribuyen exclusividad en decir quién si y quién no puede hablar en los foros complutenses. Tampoco muestra la SER mucho interés en rebuscar qué hacían hace 20 años los chicos de Podemos (¿A que sería interesante?), quizás porque la Cadena SER está ahora muy ocupada en normalizar que un presidente del gobierno se valga de los votos de exterroristas confesos para aprobar sus reales decretos tan “ progresistas”.

 

Veremos en que queda el asunto pero el caso es que, si Vox cede y KMM deja el partido, Vox puede quedar relegado a una mero caso de liberalismo extremista, como quisieran Federico Jiménez Losantos y compañía.

 

Hace unas semanas, Iván Vélez, candidato de Vox por Cuenca, blasonaba en Intereconomía de la “diversidad” de opiniones que alberga Vox, como criterio de salud política. Nunca he sabido porque la “diversidad” ha llegado a convertirse en una de las palabras tótem de nuestro tiempo, de esas que nadie discute porque, se digan en el contexto en que se digan, siempre sazonan cualquier sofisma con un halo de positividad. Quizás sea porque inconscientemente se contrapone la “diversidad” a la exclusión irracional de toda opinión disidente, aún a costa de obviar que cualquier agrupación humana, por el mero hecho de serlo, es excluyente de algo. Esto se aplica también a Vox, así que veremos si la “diversidad” de Vélez comprende o no a KMM, del mismo modo en que ya ha quedado claro que Vox no es tan “diverso” como para presentar a Fernando Paz por Badajoz.

Por eso, sin duda, la “diversidad” no es criterio de nada y de ahí que, por ejemplo, la “diversidad” y el “pluralismo” sean las razones de existir de los mismos fiscales que quieren cerrarle la boca a Ortega Smith. Al final todo se reduce a una mera lucha contra enemigos políticos en la que los más taimados eligen el disfraz que les permite pasar de militantes políticos a funcionarios públicos, para así poder aniquilar a las opiniones que no les gustan con los impuestos de todos.

 

Pero volviendo al asunto que nos ocupa, sería mala cosa que la respuesta en defensa de la nación española quedara relegada a un liberalismo radical. Buena muestra de ello son las respuestas de Iván Espinosa de los Monteros en su rueda de prensa londinense. El dirigente de Vox se descuelga con la patraña de que lo público es signo de parálisis y falta de iniciativa mientras que el paradigma del político sería el empresario. En términos más estúpidos si cabe se expresó en cierta ocasión Gay de Liébana, economista en COPE, donde le escuché algo como que no se podía participar en política sin ser empresario. Este desconocimiento radical y esencial de lo que es la política y lo que es la empresa es nada más que un reflejo de la confusión general en la que vivimos y muestra bien a las claras ese dogma liberal que equipara la libertad con la libertad económica o incluso, peor aún, que condiciona la libertad a la libertad económica. Esta pretensión es intolerable y tremendamente falaz. La razón es que la economía NO es una ciencia, no describe el mundo ni descubre sus leyes. Es una mera técnica al servicio de unos o de otros. Así, mientras que la pregunta que responde la empresa es si voy a optimizar recursos para engrosar la cuenta de resultados, la política se pregunta por el tipo de sociedad que queremos tener y en la que queremos vivir. De ahí que las grandes reformas económicas, cuando son de alcance, se basan se quiera o no, incluso a lo mejor inconscientemente, en una determinada visión del mundo y de lo humano. Si se refieren a que el desarrollo de una empresa confiere iniciativa, valor y capacidad de resolver problemas prácticos, puede admitirse que sin duda ayuda al político pero se puede tener todo esto y ser un político fracasado o hasta desastroso porque nada de lo que tiene el empresario es razón suficiente para el éxito político. Y es que detrás de cualquier política hay siempre una pregunta por el sentido de la vida humana, algo que queda muy muy lejos del pacato mundo de la empresa y de los negocios.

Curiosamente, esta perspectiva es la que concuerda mejor con los intereses de grandes compañías y de organismos globales; es lo que mejor le cuadra a la globalización. Por ello si KMM sale de Vox el partido tiene muchas papeletas para acabar conduciendo al dique seco las ilusiones de cientos de miles de españoles. Acabará ocurriendo como con Trump: que se le critica por lo que dice que va a hacer y no hace mientras que nadie le critica por lo que hace sin que nadie hable de ello.

Que conste, para acabar, que lo que aquí se escribe se hace desde la simpatía con la que puede contemplarse el aire fresco que Vox ha introducido en la política española. Pero esas simpatías no pueden ser algo como la “amistad” que Jiménez Losantos exige para Israel, una amistad totalmente exenta de críticas, incluso si son sensatas. Los tiempos no están para eso. Como siempre, solo la verdad nos hará libres y, en lo que se refiere a los amigos, existen muchos motivos para decir también lo que éstos no quieren escuchar. Ahora más que nunca.