Leemos en las redes sociales de la página, Asociación en Defensa del Valle de los Caídos, tan bien llevada (las redes, la web y la lucha por la defensa del monumento) por Pablo Linares, la siguiente reflexión a la pregunta: ¿Que que es esto? (se refiere a la imagen que ilustra el artículo) y dice lo siguiente:
Se trata de las viviendas que el estado construyó en tres puntos diferentes de Madrid, entre 1959 y 1961, y que se pusieron a disposición de las familias de los obreros del Valle, tanto penados, (hay que decir ex-penados, ya que en estas fechas hace más de 10 años que ya no había población reclusa en el Valle), como libres.

Las casas, que se dieron a pagar con toda serie de comodidades, (hasta en 15 años), están enclavadas en San Cristóbal de los Ángeles, poblado de Begoña, (Fuencarral), La Elipa y San Blas. Hemos conseguido copia de los contratos que se hicieron en su día, entre el Ministerio de la Vivienda y las familias peticionarias, y nos encontramos cuestiones como que en el formulario de petición, donde hay que especificar la cantidad económica que se da como entrada para el piso, pone literalmente, "CANTIDAD INICIAL QUE PUEDEN APORTAR Y SU PROCEDENCIA".

También especifica con toda claridad, que para optar a las viviendas de 4 dormitorios hay que presentar obligatoriamente el carnet de familia numerosa.

En cualquier caso la cantidad mensual a pagar, en ningún caso excedía de un tercio del sueldo medio de un obrero de la construcción.

Muchos de los antiguos presos del Valle se establecieron en Madrid en estos pisos. De hecho, parte de estos pisos, en la actualidad, están ocupados por la tercera generación de los primeros propietarios, es decir, nietos de aquellos.

Valga esta reflexión como desmontaje a una nueva "Leyenda negra" que se quiere implantar por Ley.

En este artículo, me gustaría resaltar la historia del Matacuras, el cual y por su apodo, no era de misa diaria ni afín al bando de Franco. Sí, "El Matacuras" fue preso en el Valle de los Caídos.

El Matacuras

Se llamaba Justo Roldán Sainero, y llegó al Valle procedente de la prisión de Yeserías.

del que nadie recordaba más que el nombre de pila: Justo. Y el truculento apodo que todo el mundo le daba: el «Matacuras». El origen de su tremendo sobrenombre lo explicaba él mismo, sin inmutarse, cuando lo consideraba oportuno: durante la Guerra Civil había matado a cinco sacerdotes. Por ese motivo se le condenó a muerte. O eso se creía, porque luego veremos que las razones fueron otras. En cualquier caso, se le conmutó la pena, como a tantos penados del Valle, por la de treinta años de prisión, que redimió en siete.

«El Matacuras» vino aquí como preso. En siete años había redimido treinta de condena. Pena de muerte, conmutada por cadena perpetua, que quedó en siete años...».

 

Coincidía en este punto con lo manifestado en la misma fecha por el padre abad, don Anselmo Álvarez Navarrete, a quien también entrevisté en aquella ocasión. Añadió entonces un curioso detalle; la manera en la que Justo le dio a conocer el origen de su apodo: en cierta ocasión, sin mayores preámbulos, le espetó: «¿Sabe usted por qué me llaman ‘‘Matacuras’’?». Ante la respuesta negativa –y desconcertada– del monje, continuó: «Porque yo en guerra maté a cinco». Dicho lo cual, siguió su camino sin más comentarios. Tuve acceso, en relación con aquel recluso, al testimonio de Fernando Taguas, cuyo padre trabajó en las obras. Conocía toda la historia del Valle a donde llegó, con siete años de edad, en 1940; tres años antes que los penados. Ese mismo año, nacía allí, en Cuelgamuros, el menor de sus hermanos, Francisco. Porque toda la familia Taguas se reunió en el Valle y permaneció en él durante décadas. Hablando de los primeros años de la construcción, le contó al padre abad y a fray Santiago Cantera, en 2006, lo que recordaba del «Matacuras»:

«Justo vino aquí de preso y estuvo de cocinero para los presos y le llamaban el ‘‘Matacuras’’ porque se decía que había matado a catorce curas. Cogió mucha amistad con D. Diego [Méndez] y le puso de guarda en la Hospedería».

En el Archivo General Histórico de Defensa. Allí estaba la trayectoria del «Matacuras», la que le llevó a la cárcel: fue hallado culpable de la muerte de Juan Creus Vega –presidente de la Federación Agrícola Madrileña y vocal, en 1920, del Consejo Superior de Fomento 5–, asesinado junto a tres de sus hermanos, Jesús, Félix y José, el 22 de agosto de 1936, en el kilómetro 14 de la carretera de Andalucía.

En el informe redactado por el Ayuntamiento de Pinto en 1939 consta que se les infligieron, antes de morir, «heridas y torturas» (...)

En este crimen, junto a Justo Roldán, intervinieron otros cuatro cómplices involucrados también en otros asesinatos. Pero realmente, Justo se enfrentó a dos consejos de guerra y fue condenado, además, por «actuar como miliciano armado» y pertenecer al comité rojo de Pinto, «interviniendo en sus decisiones». Y allí se cometieron auténticas atrocidades.

Entre otras, el asesinato de cinco mujeres: Valentina Pascual, María García Busquet (ambas, maestras en la Fábrica de Chocolates), las hermanas Pilar y María Gallego Granados (pensionistas) e Isabel Solo de Zaldívar (presidenta de la Catequesis). Las cinco fueron violadas por varios hombres; entre ellos, Federico Lorenzo «El Federo» y su padre, del mismo nombre, que previamente les robaron «lo que tenían». Las cuatro primeras murieron, acribilladas a balazos por sus violadores y «otros milicianos desconocidos», el 7 de septiembre de 1936, en la carretera de Villaverde Alto a Madrid. La quinta murió al día siguiente en la carretera de Andalucía. También fue asesinado un sacerdote, don Manuel Calleja Montero, de veinticuatro años de edad (capellán del colegio San José, de Pinto). Se lo llevaron «milicias desconocidas» y lo mataron el 27 de julio de 1936, en el término de Parla. Las mismas milicias se llevaron con él a su padre, José María Calleja, de cincuenta y seis años. Éste obtuvo una última gracia de los verdugos: que lo matasen a él antes que a su hijo. Hasta veinticuatro personas fueron asesinadas en Pinto en aquel verano del 36. Uno de ellos, Ladislao Martín, vecino del pueblo, fue arrastrado y enterrado vivo por cuatro milicianos. Era mecánico, pero «de derechas». El campanario de la parroquia fue incendiado; las iglesias, saqueadas, y el Santísimo, «según se dijo» profanado. En la ermita del Calvario «rompieron el Santísimo Cristo, haciéndole pedazos». Éste es solo un resumen de los «desórdenes de Pinto» como los califica uno de los sumarios del «Matacuras». En definitiva, se manifestó bien a las claras el odio al cristianismo, como en la práctica totalidad de la zona republicana.

Sin embargo, en los sumarios relativos a Justo Roldán –más de doscientos folios– no se le relaciona directamente con los curas de su sobrenombre. ¿Cometió esos otros asesinatos también o cultivó su propia leyenda? Acaso ni siquiera se denunciaran las muertes que él asumía como propias, o se atribuyeron a otros autores. Los informes, frecuentemente, hablan de «milicias de Madrid» o «milicias desconocidas» como responsables de muchos de aquellos asesinatos. Esto parece más lógico que pensar que fuera un desequilibrado capaz de inventar una falacia que en nada podía beneficiarle. Y, por otra parte, en Cuelgamuros no dio otras señales de perturbación mental. Todo lo contrario. Como la mayoría, se acogió al indulto del 45 y fue puesto en libertad en 1946.

También recuerdan en esa comunidad benedictina otra anécdota del peculiar conserje: en cierta ocasión, tras despedirse ceremonioso, del primer abad del Valle, fray Justo Pérez de Urbel, al darse éste la vuelta, el «Matacuras», creyendo no ser visto, le hizo un gesto muy característico: con el dedo índice extendido, recorrió rápidamente su garganta de izquierda a derecha, dando a entender que le degollaría allí mismo. Los monjes lo cuentan con una sonrisa, como si hablaran de alguna rareza del que fuera su extraño conserje; algo así como un gesto atávico y casi reflejo que no pudiera evitar. Si ahora les divierte, en su momento no debió de preocuparles demasiado esa actitud ya que no se tomó ninguna medida. A pesar de que, como veremos, ya años antes, el Consejo de las Obras había acordado reemplazarle, sin llegar a hacerlo.

Fray Laurentino recordaba que el «Matacuras» vivía en el poblado del Monasterio. Algo que pude comprobar documentalmente en más de una ocasión. Concretamente, he recogido en este trabajo el caso de un trabajador –Antonio Risco, de la empresa Casas– que en 1952 solicitaba pasar a vivir en dicho poblado. Como respuesta, Regiduría responde simplemente: «Poblado monasterio, antigua casa de Justo». 

 Después de años de investigación, puedo afirmar que dentro de Cuelgamuros se trató de encubrir hasta donde fuera posible cualquier indicio de las causas que habían motivado la llegada de los penados a los destacamentos.

 

Un ejemplo muy claro de este encubrimiento lo constituye el testimonio del primer abad mitrado de la Santa Cruz del Valle de los Caídos, fray Justo Pérez de Urbel. No sólo a los presos, también a él lo entrevistó Daniel Sueiro en el verano de 1976. En esa entrevista, el abad no da el nombre ni mucho menos el sobrenombre del «Matacuras». Ni siquiera parecía recordar bien su apellido. Pero estaba hablando de él (...).

*Conferencia del Profesor Bárcena

 PD: El Matacuras fue uno de los beneficiarios de estos pisos en el Barrio de Begoña