Confieso que no tenía ninguna intención de presenciar el debate de los «cuatro ases». Uno, a estas alturas del partido, ya no está para carreras como esta, pero acepté la imposición familiar, me coloqué el cinturón de seguridad de mi sillón y me puse a la tarea una media hora antes del comienzo. Me encontré un ambiente festivo, con el que los responsables de TVE, con Rosa María Mateo a la cabeza, intentaron simular los previos de los partidos de la Champions. Todo era alegría, por parte de los presentadores, incluso Ana Blanco, el rostro sereno que acompaña uno de los informativos de la cadena desde hace… parecía exultante por tan importante acontecimiento. Después de la manipulación, comenzó el debate. Yo esperaba la entrada de Sánchez como la de un victorino, como hizo cuando su debate con Rajoy, al que asedió hasta el punto de encerrarlo, pero no. Esta vez parecía que habían hecho un pacto de no agresividad, o sea, un acuerdo para moverse en las líneas de lo políticamente correcto, que tanta enjundia tiene en el mundo actual (¡bah!, sólo apariencia). El caso es que se lo habían tomado tan al pie de la letra que hasta el moderador tuvo que animarlos a ser políticamente incorrectos, cuando les dijo aquello de pueden, educadamente, faltarse al respeto.

 

Confieso que si estaba dudoso antes de empezar (respecto al resultado del debate, claro); el desarrollo del mismo no me aclaró mucho las cosas. Resumo: todos quieren bajar impuestos; todos quieren subir pensiones; todos quieres reformas constitucionales (bueno, no, sólo Iglesias). Dicen las crónicas de hoy (martes 23, día siguiente al debate), que Rivera salió ganador del encuentro. Su estrategia fue atizar al bipartidismo, que es precisamente, creo yo, lo contrario de lo que quieren la mayoría de los españoles; Iglesias, ejemplar de la Constitución en la mano y alusión permanente a algunos artículos, pareció semejar a aquel prócer asturiano, Pidal y Carneado, creador de los primeros parques naturales en España, primer escalador en acometer al Picu Urriello, que los castellanos llaman Naranjo de Bulnes, y gran tirador al que el Comité Olímpico no reconoció su medalla en las Olimpiadas de Londres de 1916, que, con ocasión de un arduo debate en el Senado, llevó un ejemplar del Quijote y lo leyó -hasta donde le fue permitido por el Presidente- a Sus Señorías.

 

Casado estaba cansado. Sin duda los días intensos de campaña le pasaron factura. No resulta fácil defender la trayectoria del partido en algunas etapas pasadas, especialmente la última. Echarse a la espalda la historia de los populares y hablar de futuro después del desengaño al que nos sometió Rajoy es todo un reto. Ni siquiera reaccionó cuando Sánchez se refirió a la corrupción -cosa que era de esperar, aunque lo irónico es que lo diga, precisamente, Sánchez, el copia tesis, copia libros y copia lo que le haga falta, actual representante del partido más corrupto de la historia de los partidos de España-

 

Confieso que el debate despertó cierto interés cuando escuché a Pedro Sánchez, preciamente, hablar de justicia social. Lo hizo varias veces a lo largo de sus intervenciones pero me desinflé cuando comprobé que sólo eran palabras encajadas en medio de una soflama que no tiene trascendencia. Por un momento, sólo por un momento, se me ocurrió que habría copiado algún discurso de José Antonio, algo improbable, por supuesto.

 

El espectáculo no cesa. Para hoy (martes para el lector), está prevista la segunda andanada, esta vez, en la Secta, digo Sexta. Pan y circo en todos los escenarios. El señor Farreras y su equipo de colaboradores se lo han currado, para eso llevan semana tras semana agitando el avispero.

 

Confieso que no estoy por la labor. Además, hay fútbol aunque la Liga ya está resuelta y, sinceramente, no creo que los candidatos muestren nuevas cartas ni estrategias. Aquí ya nos conocemos todos.

 

No cesaron los memes y los tweets y las redes sociales estaban en pleno rendimiento, mientras duró el show. Vox, excluido, celebró mítines con asistencia de miles de personas, mientras otros miles se quedaron en la calle por falta de aforo. Un tweet atribuido a Abascal representó cuatro loritos sobre la barra de una jaula, ganándose el alpiste o la jibia, en la que afinar el pico. Un paisano mío me envió una foto de Iglesias en pleno debate, con un texto que dice que Pablo Iglesias iba vestido de conductor de ALSA. 

 

Ayer daba la impresión de que el espectáculo se parecía a aquellos que hacíamos en el barrio cuando jugábamos a un gol regañao. Tu con éste, tú conmigo, tu con éste, tú conmigo… Pablo Iglesias parecía el gordito del barrio, nadie lo quería en su equipo.