Terminado el primer acto del tinglado de la vieja farsa parlamentaria la pleamar de asco desborda los rebosaderos, ya colapsados por las deposiciones dialécticas de sus señorías desde hace más de cuarenta años. Asco conceptual, asco continente y asco intelectual. Si Galdós hubiera escrito la crónica de la sesión de investidura, tal y como escribió la de Las Cortes de la I República, hogaño habría vuelto a decir lo que antaño afirmó de aquellos miserables diputados que en sólo once meses llevaron a España a la boca de su tumba: “todos ellos son inmundicia intelectual”.

Casi un siglo y medio después, sin levita ni cuello duro, el Hemiciclo de la Carrera de San Jerónimo sigue “okupado” por la misma bazofia intelectual que habita en la misma escoria política. La mentira de consenso sobre el franquismo sigue siendo el dogma democrático inapelable, sin que nadie se atreva a defender la verdad. Así, el mismo imbécil que afirma en su discurso que en 1975 España era prácticamente Ruanda y que no había ni luz ni carreteras, a renglón seguido (por eso digo que es imbécil) hace el elogio de “su” España democrática reconociendo que somos el país de Europa con más paro, con más exclusión social, con más trabajadores pobres, con los salarios más bajos, con el mayor número de niños en las vísperas de la desnutrición, con más contratos semiesclavistas, con más pobres energéticos y con más ciudadanos a punto de ser expulsados de sus domicilios porque “la democracia que nos hemos dado” no es capaz de resolverles la disyuntiva entre comer tres veces al día o pagar la hipoteca una vez al mes.

En 1975 España era la octava potencia industrial del mundo, cuarenta y cuatro años después hemos descendido al decimotercer puesto. Nadie se lo recordó al mequetrefe porque la mentira de consenso es sagrada y la verdad histórica es un delito democrático, un delito de exaltación de la dictadura, un delito de odio. Nadie tuvo el valor de exhibir los datos de la OCDE que inapelablemente certifican la prosperidad y la justicia social que el franquismo repartió entre todos los españoles; también entre los padres y los abuelos de sus señorías. Nadie. Ni siquiera VOX.

Sobre esa mentira de consenso edificamos “la democracia que nos hemos dado” y cuando, al principio, por miedo, y después por comodidad, nos negamos a defender la verdad del pasado, la verdad de la Historia, todo es posible. Hasta que Pedro Sánchez sea presidente del Gobierno, Pablo Iglesias ministro de lo que sea, y que los hispanicidas del separatismo tenga actas de diputados para destruir la Nación que les paga el sueldo, la chapela y la sardana ¡Qué asco!