Que los corruptos y corruptores, “doctores”,  separatistas, vendedores de soberanía seguramente con negocios en Gibraltar, tiranos totalitarios de la memoria histórica y leyes de género… quieran ultrajar los restos de Franco, es lo más natural del mundo. Franco representaba exactamente lo contrario de ellos, y los venció durante cuarenta años. El rencor de esa gentuza solo lo iguala su corrupción intelectual económica y también sexual. Franco se rebeló contra un régimen salido de elecciones fraudulentas y que trataba de disgregar España,  supeditar sus trozos a la URSS y arrasar la cultura cristiana. Básicamente fue ese el contenido de la guerra civil que la demagogia, el “Himalaya de falsedades”, ha logrado presentar a muchos como alzamiento contra la libertad y la democracia.

 

Así que debe hablarse, una vez más, de lo que supuesto en la historia aquel hombre y su régimen.  El triunfo de Franco trajo consigo otras muchas  cosas: la victoria sobre el maquis (intento de volver a la guerra civil); reconstrucción del país con las propias fuerzas, sin deudas con Usa (al revés que el resto de Europa); la resistencia y victoria frente a un aislamiento criminal que intentaba crear en España una gran hambruna; independencia en la política exterior de España e hincapié en las relaciones culturales con los países de habla hispana; las cifras de crecimiento económico más altas que ha habido en el país antes o después; la eliminación del analfabetismo y una magnífica salud social; una gran clase media, una de las mayores esperanzas de vida al nacer del mundo,  y el olvido de los odios que destrozaron a la república, nuevamente cultivados por la demagogia de los malditos. Estos y otros logros transcendentales se alcanzaron en un régimen nada tiránico, sin destruir la libertad personal y solo restringiendo –que no anulando por completo– las libertades políticas a los totalitarios y separatistas vencidos en la guerra civil.

 

 El franquismo no tuvo oposición democrática, sino comunista o terrorista. Por lo tanto una democracia que no se autodestruyera como la II República  no podía venir de la oposición, sino del propio franquismo, como así fue y así lo decidió un referéndum que los demagogos quieren olvidar.  Y hoy, después de otros cuarenta años de antifranquismo profesado por todos los partidos y especialmente por una derecha extremadamente envilecida, vemos cómo el separatismo impone al país un golpe de estado permanente, la Constitución no se cumple y se imponen leyes tiránicas que dividen a la población, la corrupción  –también sexual– campa entre la casta política, se homenajea a asesinos… Este y no otro, es el fruto de la brutal demagogia antifranquista.

 

   La democracia solo puede salvarse si se hace franquista en este sentido preciso: el de continuidad de lo mejor que hizo aquel régimen: garantía de la unidad nacional, garantía de la independencia del país, política cultural en relación con Hispanoamérica y respeto tanto al franquismo y al pasado español en general, como a la cultura cristiana.

 

   Son muchos, miles, los que se dan cuenta más o menos de estas cosas, pero prefieren quejarse a hacer algo. Y hacer algo, hoy, significa ante todo ganar a una opinión pública engañada a veces fanatizada por una demagogia que ya va durando demasiado. Y la defensa y divulgación de la verdad histórica es fundamental en esta empresa.