Hace décadas recibieron mi ensayo filosófico “Los porqués de la pena capital”, con una carta adjunta de presentación… En esa misma fecha me envió un “Saluda” monseñor don Fernando Sebastián, que me sirvió de acuse de recibo, no de respuesta. En varias décadas de espera, aún no ha llegado su respuesta.

 Si ésta es la luz y taquígrafos que dicen caracteriza a la democracia y el derecho de expresión que sirve para hablar, no para atender a lo que se dice, estamos ante la peor mordaza de los siglos: la que nos permite compañía en soledad, diálogos de sordos, derechos sin protección y claridades sacrificadas en aras de la diplomacia, que es como decir la soberanía de la mentira sobre la verdad y la lámpara escondida bajo el celemín de lo que no compromete.

En fecha 23 de febrero de 1995 escriben sus señorías una nota “sobre la situación actual”, preocupándose hondamente por el clima de frustración y desesperanza que vive nuestro país…

Les advertí en aquella carta que “sus señorías podrán quejarse, incluso tarde: pero sin derecho, naturalmente”. Ahora les recuerdo mi pronóstico cumplido para el que no hacía falta ser profeta mientras los errores metafísicos del Sistema no se depusieran. ¿Adónde podía conducirnos un sistema político liberal, parlamentario, antirreligioso y masón…?

Ustedes empujaron al ingenuo pueblo católico a votar una Constitución atea que abole principios católicos como el de la pena capital, la indisolubilidad del matrimonio y la intocabilidad del feto humano.

Ustedes hicieron la vista gorda al engaño que utilizó “el cambio” para hacer una ruptura contra los principios del pasado tradicional católico.

Ustedes dejaron sin sanción el perjurio de un monarca y unos sucesores del heroico y patriótico sistema católico, esencia secular del pueblo español, en aras de un enamoramiento repentino y adúltero de la nueva e intocable democracia, dotada de la nueva “Biblia” llamada Constitución y casi han elevado a ley divino-positiva el adorar el nuevo Sagrario de las urnas.

  Ustedes han dejado de ser Pastores para convertirse en diplomáticos nadando en ambigüedades y bandazos con jerga politiquera, confundiendo e inhibiendo la vitalidad espiritual de una España católica por esencia, presencia y potencia.

Ustedes han demostrado arrepentimientos vergonzantes como el de haber colaborado con la Gloriosa Cruzada de Liberación, mientras el Papa canoniza mártires de aquella contienda.

Ustedes se permiten mariposear entre las caducas flores de los “Derechos Humanos” (condenados por Pío VI en 1791), el deber de votar y la solidaridad (sin caridad), mientras dejan a los políticos las riendas del divorcio, el aborto y las corrupciones morales.

Ustedes han dejado que el Estado politice la moral, cuando fue la Iglesia la que siempre moralizó la política.

Ustedes han abandonado el timón del barco y las hélices carecen de meta y de sentido a dónde ir.

Ustedes han incurrido en silencios cobardes como los “canes muti” de que habló Isaías, ante atropellos evidentes a la razón y a la fe, como la profanación de la sepultura en sagrado del anterior Jefe del Estado, General don Francisco Franco Bahamonde, desautorizando y dejando a los pies de los caballos al muy digno señor Prior y Comunidad de Frailes Benedictinos de la Abadía de la Santa Cruz del Valle de los Caídos, permitiendo con su acción su profanación, no atreviéndose a defender lo sagrado, frente al poder temporal…

Ustedes han escondido terroristas en Iglesias, haciendo el juego a los anticristianos y a los antisociales que ni aman a Dios ni redimen al prójimo.

Ustedes han caldeado los optimismos irrealistas en colaboracionismo con los mismos enemigos de Dios y de la Patria, no reconociendo que Libertad y Autoridad no se contradicen: se necesitan.

Ustedes se contradicen con la doctrina católica consintiendo el libertinaje bajo capa de libertad indiscutible; la libre expresión aunque exalte comportamientos desordenados y ridiculice los valores morales y religiosos; la libertad de pensamiento que abona el relativismo moral y la permisividad bajo el absurdo y contradictorio título de tolerancia y respeto.

De ahí a poner la enseñanza religiosa en nulidad o inferioridad de condiciones, no puede haber más que un paso. ¿Tan ciegas han sido sus señorías para no verlo? Y no pongan de contrapeso el “fenómeno positivo de la demanda generalizada de restauración de la justicia conculcada”, porque la mejor solución es no tener problemas. No querer estudiar ni recordar la ejemplar historia es estar condenados a repetir los errores.

¿Con qué derecho se quejan cuando no han puesto los medios para evitar esta hecatombe ni han querido ver que de las zarzas no se cosechan higos, ni de los abrojos racimos…? Han abonado el mal árbol y se quejan de sus malos frutos, ¿con qué derecho?

La verdad nunca nos daña cuando vamos en su busca; solo cuando huímos de ella. Por eso cuando la sal se vuelve insípida, no sirve más que para tirarla fuera y para qué la pise la gente.