Contaba ayer mi camarada Eloy R. Mirayo en su trinchera que había oído a don Luis del Val, en la cadena COPE, decir que Franco hizo cosas malas, como firmar penas de muerte.

A veces -cuando estoy de vacaciones- he escuchado al señor del Val. Me parece el prototipo clásico del nadador que guarda las ropas, como no podía esperarse menos teniendo en cuenta su origen ucedarra. Suficientemente melifluo, suficientemente descreído, suficientemente tolerante con lo intolerable, suficientemente blandito, adaptable, dúctil y elástico para hacer buen papel en esa emisora episcopal, tan ducha en todas las malas artes de la hipocresía.

Esas palabras de ayer no las escuché, porque a las horas que don Luis del Val acostumbra a proclamar sus verdades de fe ya llevo rato ganándome el pan y un sueldo mínimo para pagar impuestos abusivos. Sin embargo, ni por un momento las pongo en duda. No sólo porque lo dice mi camarada Eloy, sino porque es típico del personaje y de la emisora que le da cobijo. Hablar mal de Franco es paso obligado para obtener subvenciones, regalías, sinecuras y palmaditas en la espalda, y la verdad -para ellos- es lo suficientemente elástica como para que -según el lema de la emisora- les haga libres; pero también para que les deje el resquicio a tender, pedigüeña, la mano de la desvergüenza.

El caso es que en eso de las sentencias de muerte que firmaba Franco, don Luis del Val miente. Así, con todas las letras: miente. No es, por supuesto, el único, porque en este tema se ha disparado la carrera hacia la falsedad mayor, y parece que cada participante busca su premio con ahínco. Cosa normal en los rojos, en  los que mentir, falsear, deformar, difamar es constitutivo de su ADN, pero que produce cierta vergüenza ajena -ya ni siquiera cabreo- cuando la vesania proviene de otros círculos a los que la gente sencilla y no demasiado inquisitiva puede prestar oídos.

Y miente por una sencilla razón, que Ángel Palomino explica muy bien en su libro "Caudillo":

"Franco nunca tuvo que firmar una pena de muerte. Era Jefe del Estado (1), y lo que si ejerció, en uso de sus prerrogativas, fue la gracia del indulto a numerosos condenados.

(1) Las sentencias de los consejos de guerra eran elevadas a la autoridad judicial de la región militar, es decir, al capitán general o su equivalente. En caso de pena de muerte, el capitán general lo comunicaba al Consejo de Ministros y el secretario daba lectura de cada caso en el consejo, con lo que el Gobierno se daba por enterado y así constaba en el acta. Si el Jefe del Estado lo consideraba oportuno, concedía la gracia del indulto."

Y como una cosa tan obvia, tan evidente, tan reglada por el BOE, no puede haber escapado a la sagacidad y a los amplios conocimientos del señor del Val, y menos aún a su experiencia como cargo político de la Administración en la época de Suárez, sólo cabe colegir lo que antes he afirmado: don Luis del Val miente. Y la emisora que le da micrófono, es cómplice.