Sumergidos estos días en una auténtica inundación de propaganda feminista, cada año se nos machaca un poco más que el anterior: en los lugares de trabajo, en las universidades, en los medios, en los colegios.

El medio más importante en la guerra psicológica contra la masculinidad es la Gran Falsificación de la Historia. La visión tendenciosa según la cual el pasado de la humanidad ha consistido en una opresión sistemática del hombre sobre la mujer. Pieza fundamental en la propaganda feminista, veneno que ha descompuesto la mente de los hombres y ha envenenado la de las mujeres. Será oportuno entonces compartir algunas breves reflexiones sobre ello, repasar algunas líneas esenciales en la historia del “privilegio masculino”. Ello bastará para exponer en pocas líneas la hemiplejía intelectual y moral de la narración feminista. Hemiplejía porque gran parte de ella no es en un sentido estricto mentira; pero sí falsa porque considera solamente una mitad de las cosas, con plena mala fe y deliberadamente. Veamos por tanto algunos privilegios masculinos y padecimientos femeninos.

Empezando por el pasado inmediato, es cierto que hasta ayer el “cabeza de familia” era el varón y la mujer en varios sentidos era la tutelada. Pero es que ser el “cabeza de familia” significa también asumir la mayor carga de responsabilidad, ser el que da la cara y se enfrenta directamente al mundo.

¿Las mujeres estaban en casa en épocas pasadas? Ciertamente, pero existe la otra mitad de la verdad: eran las épocas en que salir de casa era peligroso, viajar un riesgo, la vida más dura y más incómoda. El hombre debía luchar en el mundo exterior (porque era una lucha y era áspera) asumiendo riesgos y durezas que la mujer no debía afrontar.

¿La mujer era el reposo del guerrero? La misma expresión, que genera espasmos de horror y torrentes de bilis en las feministas, nos dice que eran los hombres y no las mujeres los que iban a morir en la guerra. Las mujeres estaban exentas, como estaban exentas del servicio militar. Naturalmente podían ser violadas y asesinadas en la guerra, pero sólo después de que los hombres que las defendían hubieran muerto por ellas.

La carga más dura, más peligrosa y más arriesgada la ha tenido siempre el varón, es él quien siempre ha pagado el mayor tributo de sangre. Y ello por un motivo bien preciso: desde el punto de vista biológico o socio-biológico, el varón es sacrificable mucho más que la mujer, porque ella es quien garantiza el futuro biológico de la comunidad. Una comunidad puede permitirse una sangría masiva de hombres, pero una sangría masiva de féminas pone en peligro la continuidad demográfica y el futuro. Por ello es el hombre quien se ha sacrificado por la mujer, en medida infinitamente mayor que lo contrario.

Por tanto, los rebuznos de las analfafeministas sobre la historia humana como opresión patriarcal se los pueden meter por donde mejor les quepan. Que se vayan a pastar y a cuidar de su malestar integral.