Intuimos y advertimos semanas atrás que en el tema de Gibraltar el gobierno de Pedro Sánchez, por obra y gracia de su ministro de Exteriores, José Borrell, se disponía a cometer una de las mayores pifias que recuerda la historia de la Diplomacia española. Una delegación de gibraltareños era recibida en Moncloa, como si se tratara de la de un país soberano, para negociar “de tu a tu” con el actual Gobierno español los términos de un protocolo específico para Gibraltar, a espaldas del acuerdo marco en negociación sobre el Brexit entre Londres y Bruselas. Y, en efecto, la pifia no pudo ser mayor: España renunciaba a la co-soberanía de Gibraltar, a la utilización conjunta del aeropuerto (construido sobre tierra española) y a tomar medidas drásticas conducentes a la recuperación del peñón a las bravas. Y todo ello prácticamente a cambio de nada. 

El baranda del peñón, Fabian Picardo, no pudo contener el jolgorio ante tamaña metedura de pata y en una improvisada rueda de prensa se jactaba de no haber hecho concesión alguna a España: “Este protocolo no realiza absolutamente ninguna concesión en términos de soberanía, jurisdicción o control. Si así fuera, no lo habríamos aceptado”. Y añadía: “El Gobierno de Gibraltar ha estado totalmente implicado de forma directa en las negociaciones, en tanto afectaban a Gibraltar”, confirmando así que el Ejecutivo de Pedro Sánchez les dio beligerancia como si se tratara de una delegación de un país soberano, negociando con ellos a espaldas de las negociaciones que se estaban llevando a cabo entre Gran Bretaña y Bruselas. Una pifia como ésta tenía que pasar factura y la pasó. De la noche a la mañana, numerosos medios españoles medianamente independientes pusieron a José Borrell en la picota, con sus redacciones rasgándose las vestiduras en un alarde de indignación francamente hipócrita, porque todos habían sido advertidos - entre otros, por nosotros - de que en Moncloa se estaba cocinando una ignominia diplomática como la copa de un pino. 

El ministro Borrell, cabeza de turco de la política exterior de Sánchez, no ha tenido ahora más remedio que replegarse y buscar una excusa y un procedimiento de auto-exoneración que le deje a él y a su señorito sin pecado concebidos. Tan seguros quedaron los gibraltareños de haberle colado un gol al Gobierno español que no han tenido empacho en introducir un artículo - el 184 - en el acuerdo de retirada de Gran Bretaña que suaviza y quita hierro al concepto de que el futuro del Peñón sólo dependerá de lo que decidan los gobiernos de Madrid y Londres. Quemado como estaba Borrell con el fiasco de la negociación directa con Gibraltar, ha visto la forma de salvar el pellejo poniéndose bravo, largándose a Bruselas y advirtiendo al negociador europeo del Brexit, Michel Barnier, que si no se rectifica y clarifica el texto de dicho artículo 184, “no podremos dar nuestro acuerdo”. Según Borrell, “el artículo 184 ha aparecido de la noche a la mañana” - o sea, que se lo han colado bajo sus propias narices - y añade que “nos despierta dudas y queremos que se clarifique su interpretación, que tiene que ser clara”.  Al menos ahora, el ministro insiste en que “la negociación sobre la relación futura con el Reino Unido es distinta de la negociación sobre Gibraltar”. De no aclararse la cuestión Borrell amenaza con no sancionar el acuerdo entre el Reino Unido y la Unión Europea.

Una reacción, la del ministro Borrell, que le honraría mucho más si no fuera tardía y algo incoherente, dado que semanas atrás no tuvo empacho de negociar con los “llanitos” en Moncloa cuando ahora, por el contrario, exige que la negociación sobre el futuro de las relaciones bilaterales sobre Gibraltar se decida directa y exclusivamente entre Madrid y Londres. Los “llanitos” quedarían así en la cuneta de dicha negociación, pese a ser recibidos semanas atrás en Moncloa por todo lo alto. Así pues, Borrell se lava las manos como Herodes - que no sólo se las lavaba Pilatos  - y muestra ahora su faceta torera en un pseudochantaje a Londres, con acoso y derribo de sus sensibles ciudadanos gibraltareños. ¿Jugada maestra de la Diplomacia española? No. Un pequeño órdago para acallar protestas domésticas y hacer olvidar un previo fiasco imperdonable. Ni José Borrell ni su señorito, el “Doctor Cum Fraude” Pedro Sánchez, tienen la astucia, el maquiavelismo y la capacidad de negociación necesaria para que en el espinoso tema de Gibraltar, aprovechando el trauma territorial del Brexit, se llegue a una solución 100% acorde con nuestros intereses nacionales. En temas diplomáticos, el socialismo español siempre ha sido muy mediocre.