Comienza el desfile de la cuerda de traidores que, sin el mono naranja que merecen y sin las esposas que deberían engrilletar las manos que nos intentan robar la Patria, se sentaran cómodamente en el banquillo de los acusados del plató del Tribunal Supremo que sus cómplices periodísticos tratarán de convertir en un tribunal de la Inquisición (¡ojalá fuese así!) contra los mártires de la República catalana a los que la perversa, tenebrosa y rapaz España pretende quemar en sus hogueras imperiales tras haberlos torturado en sus mazmorras medievales.

Es la hora de los leguleyos, de los alquimistas de la retórica jurídica, de los brujos de la oratoria relativista, de los que cobran por embozar la verdad y edulcorar el crimen. En el pórtico del tiempo de Carnaval que en su jolgorio anuncia la Pasión, los sayones de los traidores, los abogados de los separatistas, engordarán sus bolsas presentado a los verdugos como víctimas ante una legión de periodistas extranjeros que nada saben de la Historia de España y que, en mayor o menor grado, presentarán ante la opinión pública mundial a los asesinos de la Nación como a los héroes de la frustrada independencia de Cataluña siempre abortada por la negrolegendaria España. No les faltará para tal empeño la espontánea colaboración de sus colegas españoles (más que españoles, demócratas) que saben aún menos Historia de España que los “plumillas” gabachos, teutones o que los hijos de la Gran Bretaña y que están aún más intoxicados que ellos por la Leyenda Negra y por las mentiras de consenso de la democracia española en la que hasta el negacionismo de la Patria tiene asiento, cobijo y financiación.

Es la hora del carnaval de los traidores en el paltó del Tribunal Supremo. Con la sentencia vendrá el tiempo de la pasión de España porque los separatistas catalanes no acabarán sus días como lo hicieron sus paradigmas: Audas, Ditalkon y Minuros, Marco Junio Bruto, Judas Iscariote, el obispo don Oppas y el Conde don Julián. No. Los traidores del separatismo catalán recibirán una sentencia que será un pellizco de monja en la balanza del crimen y el castigo y que, además, los blasonará de heroísmo ante los papanatas mundiales de esa patria universal que es la democracia. Hubo un tiempo, liderado por España, en el que el Honor era el Código Supremo y a los traidores no se los llevaba ante los tribunales, se les ponía una gola de caña al cuello y se acababa con ellos sobre el terreno.