El lunes 4 de noviembre hubo un debate en televisión entre las fuerzas políticas más votadas en las anteriores elecciones. Cada una de ellas presentó a quien habían elegido como cabeza de cartel. Ese fue, al día siguiente, el tema estrella en las tertulias televisivas, radiofónicas y las primeras páginas de los periódicos, tanto en papel como digitales. Dirán ustedes: ¡es lo más lógico! Coincido con quienes así opinan. Un acontecimiento así, a todos nos importa. Tanto que, en la calle, los cafés y las conversaciones se repetían dos preguntas: “¿Viste el debate anoche?” y “¿quién crees que ganó el debate?”.

Pero hete aquí por dónde, que el jueves siguiente, 7 de noviembre, se celebró otro debate televisado, también entre las mismas fuerzas políticas, pero en esta ocasión presentando a 5 candidatas, es decir, cinco representantes femeninos, para que debatieran en público las, o al menos algunas de las propuestas que constan en sus respectivos programas electorales. Algunos de ustedes, estoy convencido, lo vieron. ¿Alguien les ha preguntado o han oído comentar o preguntar “quién ha ganado el debate”?

Es verdad, no había caído” han contestado la mayor parte de las personas a las que he hecho notar esta cuestión. A todas he respondido lo mismo: “Ni tú, ni posiblemente la gran mayoría de quienes lo vieron, porque el debate femenino sobre el programa electoral, no es debate”. ¿Por qué? Porque, sencillamente, en el fondo, todos saben que es un debate vacío. ¡VACÍO! Es hablar del sexo de los ángeles. Ya sé que por decir esto así habrá quien se me tire al cuello, pero por favor, antes de hacerlo, déjenme hacer dos consideraciones:

PRIMERA.- ¿Si los cinco candidatos de los partidos hubieran sido mujeres, se habría promovido un debate sólo de hombres?

SEGUNDA.- ¿Es que hay temas sólo de hombres o sólo de mujeres que requieren que de esas cuestiones hablen sólo los hombres o sólo las mujeres?

Nadie preguntó por el vencedor, porque ocurrió como en los combates de lucha libre americana (wrestling, que se llama ahora): que todo es sólo una coreografía en la que se ven lances, pero no es un verdadero combate y, además, al final es la organización la que decide quién gana.

Hablar de diferencias donde no las hay, como nos enseñaban antes, es buscarle tres pies al gato. Y no me voy a extender mucho más porque lo bueno, si breve, mejor. Si el debate femenino es una muestra de qué es en realidad el feminismo, diré que eso no es igualdad, sino discriminación. Al primer debate, si no fue ninguna mujer, no es porque fuera mujer, sino porque cada una de las fuerzas políticas eligió como cabeza de cartel a quien lo hizo. Y estoy seguro que no lo hicieron por razón de su sexo biológico, sino porque escogieron a la persona más conveniente. Al segundo debate, invitaron, no a los número de 2 de cada partido, sino a las mujeres que cada partido tuviera a bien enviar. Y eso sí es discriminatorio. Y además por razón de sexo.

NINGUNA de las que estuvo allí lo dijo. ¿Por qué? Porque TODAS sabían que no era por sus virtudes, sino por ser mujer.

¡Ya está bien! ¿Es que nadie se va a atrever a decir que el feminismo así entendido no es igualdad? La igualdad no es eso. Margaret Thatcher llegó a Primer Ministro en Gran Bretaña mucho antes de que hubieran cuotas femeninas. No por ser mujer, sino por ser la mejor candidata de su partido. Esperanza Aguirre fue Presidente de la Comunidad Autónoma de Madrid, no por ser mujer, sino porque a su partido le pareció el mejor candidato.

Y necesitamos a los mejores. Ni hombres, por el hecho de ser hombres. Ni mujeres, por el hecho de ser mujeres. Necesitamos a los mejores.