Esta mañana me he levantado dispuesto a reflexionar. El gobierno, la Constitución, la Ley Electoral, mi conciencia de ciudadano, todos los tertulianos y hasta las habituales frases de cachondeo sobre lo que no es más que una estupidez institucionalizada, me obligan a ello. Podría reflexionar el domingo por la noche sobre lo que hubiera acontecido, pero ello no tendría mérito alguno.

Si me preguntan, que me han preguntado, sobre lo que podría pasar, con honestidad, tendría que decir que no tengo la más mínima idea porque todo depende, quizás, de unos cientos de votos en cada lugar y así no hay forma de ejercer de adivino.

Desde hace tiempo sostengo que las campañas electorales han vuelto a ser fundamentales en España, como en muchos otros países, a la hora de decidir el voto; pero no pocos parecen enterados de ello. Esto es debido, básicamente, al peso disruptor que tiene el electorado menos de 40 años y el electorado nuevo. En España se estima que las campañas contribuyen a la decisión final del 30% del electorado.

Las campañas se sustentan sobre los siguientes elementos: el discurso, el marketing, los tertulianos, las redes y la televisión (la última es el arma de destrucción masiva).

Esta larga campaña -hay que ser muy lerdo para sostener que ha sido una campaña corta, aunque el PP haya estado de vacaciones varios meses- ha sido un tanto extraña y nada ha salido tal y como habían vaticinado los demiurgos demoscópicos.

Estratégicamente se edificó sobre un pacto tácito entre los dos partidos tradicionales para restaurar el bipartidismo. Ambos iban a fagocitar a lo surgido a su derecha y a su izquierda tomándose de postre una naranjada. Así uno seguiría siendo presidente y el otro el jefe de la oposición a la espera de turno. Por eso uno siguió en campaña con el BOE, las sentencias y Franco y el ya casado en el matrimonio de conveniencia firmado se fue de vacaciones para dejarse la barba.

Tácticamente ambos confiaban en la apelación al voto útil y en las circunstancias. Así han llegado al fin de la campaña, a la jornada de reflexión. Ambos pidiendo concentrar el voto contra el otro, azuzando la idea de bloques, secundada por los medios en sus cábalas sobre resultados. Uno de ellos, a la desesperada, pidiéndolo de forma patética y hasta insultante, porque sabe que de lo contrario su horizonte como encamado para facilitar un gobierno se torna imposible (de bufonada y miedo cabe calificar el llamamiento impúdico a robar de los buzones los sobres de la bandera).

El pacto tácito es hacer presidente al que se transmuta engolado en falso hombre de estado bajo la excusa del desbloqueo. El cambalache entre el turnismo que llevamos como una condena desde los albores de lo que se llamó II Restauración sigue vivo. Pero ni Sánchez ni Casado son Cánovas o Sagasta.

Para nadie es un secreto que tan bellas perspectivas se han tambaleado. El lunes casi se derrumban, pero el desatroso debate del jueves las apuntaló (algunos de los que andan como elemento de la discordia no lo prepararon como debieran y acabaron siendo títeres en manos de la experta periodista estrella de la Sexta). Como en la ocasión anterior no han sabido o no han podido rematar en la recta final. Lo que, por otra parte, añade mayor incertidumbre para el domingo.

Lo que se ha procurado orillar, casi ocultar, difuminar, especialmente por parte del argumentario y el discurso del PP y sus terminales mediáticas (cuán melifluo está siendo el ABC), es que lo decisorio, lo realmente importante en estas elecciones, es quién ocupa la tercera plaza. Ese es el elemento decisorio. A los del pacto tácito, a los que han aceptado que uno siga de presidente desbloqueado y otro aguarde turno como jefe de la leal oposición, les vale cualquier tercero siempre que no sea verde.

Los del pacto tácito, los enamorados del turnismo, saben que su bello sueño moriría. Si el tercero alcanza el temido 15%, y solo uno, según las encuestas, podría situarse en esas cifras, se acabó. Uno no seguiria de presidente, salvo que los números le dieran para gobernar con otros cinco o seis, porque no podría hacerse realidad el pacto del consentimiento para desbloquear (la mágica excusa) y el otro, el azul clarito, tendría que negociar con unos verdes que pondrían sobre la mesa el fin de la costumbre de aceptar la superioridad moral de la izquierda y el mantenimiento de las leyes ideológicas de la izquierda.

En realidad, para los que votan, la reflexión no es sobre si uno o si otro, sino sobre el tercero. Sobre si el Lila o el Verde porque el Naranja ya ha sido exprimido. Pero esto no se lo habían contado.