España vive instalada en la mediocridad política. A la falta de miras, a la falta de visión de estado, se le suman políticos de medio pelo, que una vez colocados solo están preocupados por su continuidad en el cargo sin importarles nada que no sea su propia supervivencia. A los políticos mediocres, se les deben añadir los malos políticos. No confundir con los políticos malvados. El mal político es aquel que no ha hecho otra cosa que chupar del estado, sin convicciones políticas ni morales. No conocen otra cosa que medrar dentro del partido, dar el salto a la administración, votar lo que se le indique, sin conocer exactamente las consecuencias que eso puede acarrear, e intentar que sus familiares más directos vivan exactamente como él. Asiduo habitual de congresos y convenciones y entusiasta del líder de turno que le garantice su manutención. Persona poco instruida, aunque el tiempo le ha dado recursos hábiles para disimular sus carencias. Firme defensor de la democracia, el liberalismo y la monarquía  y como no, también  del modelo autonómico, aunque desconozca por completo el significado de todo ello. Su modelo a seguir es Adolfo Suarez.  Político transversal y sin escrúpulos y amigo de lo ajeno y de negocios poco claros, pero siempre relacionados con la organización. Se cree imbuido de una superioridad sobre el resto de compañeros, adquirido de años de militancia. El votante es solo un objeto a su servicio, y siempre convencido de que hace lo correcto. Es un perfecto idiota pero con facilidad de palabra. Sería el candidato ideal de cualquier organización. Charlatán convulsivo con aires de triunfador y siempre luciendo un look impecable.

Por el contrario, o mejor dicho, como complemento de este,  el político malvado tiene muy claro lo que desea. Sabe distinguir perfectamente entre el bien y el mal. Es un manipulador nato. Vive de la tensión permanente, de tergiversar y del engaño continuado. Trata de dividir la sociedad entre buenos y malos, entre hombre y mujeres, entre heterosexuales y homosexuales, entre oprimidos y opresores, entre víctimas y verdugos, entre creyentes y agnósticos, y aunque conoce sobradamente el significado de cada cosa, le interesan los analfabetos funcionales. Gente sencilla que se crean sus mentiras y sus engaños. Se inventan historias que jamás sucedieron, pero que las amolda perfectamente a sus objetivos actuales. Prometen un futuro mejor que nunca llega y su demagogia esta revestida de un aurea solo creíble en personas muy simples con las que no merece la pena discutir. Profundamente inteligentes y malvados, viven de la desgracia  ajena y del rencor. Conocen muy bien las debilidades humanas, se aprovechan de ellas y le sacan un rédito infinito. Cuando tienen alguna cuota de poder, se apuntan a todo tipo de protesta o queja, la asumen como propia, dando la sensación de que son otros los que gobiernan. Son camaleónicos y carecen de escrúpulos. Dicen una cosa, hacen la contraria y siempre tienen a alguien o algo a quien echarle la culpa de su fracaso. Nunca asumen su cuota de responsabilidad. Orgulloso del pasado histórico del partido, aunque este plagado de terror, odio y crimen.

Entre malos políticos y políticos malvados, anda el juego de la política española. Los malos políticos no entran en confrontación con los políticos malvados, intelectualmente superiores y asumen y dan por bueno, dogmas y mentiras históricas que no se sostienen, pero que son incapaces de contrastar, entre otras cosas porque ni tienen capacidad, ni ganas para hacerlo.

Que cada uno imagine en que sector ideológico se encuentra cada cual, aunque solo sea en el imaginario colectivo. Eso no es responsabilidad mía, pero no hay que ser muy avezado para darse cuenta que con estos mimbres, es muy difícil pedirle a los  que tienen la responsabilidad de sacar esto adelante, tengan altura de miras. Solo así seremos capaces de entender la política de este país conocido como España y que lleva más de cuarenta años prisionero entre pillos y ladronzuelos de medio pelo. Solo una catarsis y políticos que vengan a servir y no ha servirse de la política, podrá revertir una situación que parece irreversible.