Como todas las conquistas, la conquista de América se construyó a partir de dolor y sangre. No es algo extraño, pues en épocas anteriores a la nuestra se desarrollaron grandes imperios mediante el uso de la fuerza bruta ejercida por aquellos que querían incrementar sus dominios sobre los que deseaban no ser sometidos.

Cada vez que llega el día de la Hispanidad, un ejército de personas que creen que no se quejarían si España se hubiera situado en la órbita soviética braman despavoridas por el sufrimiento que nuestros antepasados causaron, sin ser capaces de hablar de los aspectos positivos que se pudieron encontrar.

Hablar ahora de las conquistas del Imperio español haciendo únicamente referencia a los aspectos negativos, constituye, como poco, un signo hipocresía y de poco respeto por nuestro presente, pues no hay Estados desarrollados que, habiendo logrado alcanzar una situación de privilegio en la comunidad internacional, no haya incluido entre sus cimientos sangre y dolor de otros pueblos. Imperios como el romano, el otomano, el francés, el inglés o los alemanes no se construyeron precisamente sobre flores y ramos de olivos.

Lo que se requiere no es más ni menos que valorar la historia aprendiendo de nuestros errores para construir un futuro que no se debe dinamitar por seguir hablando de manera irresponsable de hechos acaecidos por la mano de personas cuya forma de ver la vida era muy diferente a la que tenemos ahora.