Tiene la humildad que sólo otorga la auténtica grandeza, la sabiduría que nace del estudio, del esfuerzo y de la reflexión y que se forja en la búsqueda permanente de la Verdad. Tiene, además, el valor de un soldado de Rocroi y con la misma elegancia que la infantería de aquel Tercio Viejo, rechaza las tentadoras ofertas de rendición. En su calmada humildad reside su fuerza, en su sabiduría habita su energía, y de su valor sin estridencias ni adornos brota el ejemplo que reduce a magnitudes microscópicas a sus poderosos enemigos temporales. Es el Padre Santiago Cantera. Bendito sea.

Cuando todo es cobardía, cuando la Conferencia Episcopal Española juega también con los naipes de la conveniencia circunstancial olvidando la impagable deuda de gratitud que tiene con su salvador terrenal, el Generalísimo Francisco Franco, sólo el Padre Santiago Cantera vela, reza y monta guardia sobre la tumba del hombre, del caudillo militar y del estadista que salvó a la Iglesia Católica española del exterminio, y que hoy pretende ser profanada por los druidas políticos de un odio tardío, de un rencor impostado, con la no tan silente complicidad de la Conferencia Episcopal que cuenta denarios, tasas y diezmos en vez de contar la Verdad. Por eso no son libres. Por eso, como los fariseos del Sanedrín, viven esclavizados a la contabilidad material de su ábaco y su catastro.

Soy católico, a pesar de la Conferencia Episcopal Española. Soy católico gracias a las oraciones con las que mi madre acunó mi infancia. Mi fe no tiembla ni zozobra ni se tambalea, a pesar de la Conferencia Episcopal Española. Como Chesterton, “cuando era joven creía en Dios. Hoy, sólo creo en Dios”… y en el Padre Santiago Cantera. Bendito sea.