Fugaces cogitaciones, ligeras luminiscencias, heroicos ensimismamientos, apenas rumiamos el horror de nuestras vidas. Preferentemente para no morir del todo y poder dormir algo durante la noche. Lorquianamente, un rato, un minuto, un siglo. Casi nunca examinamos el hecho con mimo y detenimiento. Ni lo haremos. Si dedicásemos tan solo un instante a cavilar sobre el sinsentido de nuestras existencias bajo la despiadada e implacable opresión de un Sistema absurdo y abusador, llegaría un momento, glorioso, en que podría germinar un relámpago inmensamente resplandeciente. Con esa briosa chispa, tal vez se nos ocurriera dinamitar el Sistema del todo.

Años y años de estudio y trabajo fatigosos y alienantes, decenios y decenios (mal)formándonos para llegar a poseer un raquítica pensión en el envilecedor, sobornándonos 24/7, Estado de Malestar. Nos expoliaron nuestros sueldos, nos saquean las anochecidas de nuestras vidas. Un lastimoso crepúsculo vital gracias a la sórdida y esculpida medicalización provocada por nuestra infecta sanidad. Más S.S. (¡Heil, Seguridad Social!), más enfermos crónicos. Más guita para Farmaindustria, más control mental y social para el Estado. Vidas, las nuestras, auténticamente masacradas, física, intelectual y moralmente. Meticuloso y sistemático saqueo de la salud, el amor, el tiempo, el dinero. Y todo ello afinadamente diseñado por el Gran Capital, el Leviatán y sus palmeros correveidiles.

 

Despojos

Mientras vivimos, adquirimos lo que producimos. La orgía del consumo, cuerpos y almas desposeídos, sustraídos de su ser más íntimo. Ahora se aproxima el Black Friday, ensalzamiento del consumismo porque sí, porque a Alguien le sale de su polla en cebolla. Amongolados autómatas adorando el Becerro de oro. En esta sociedad erótico-publicitaria guían incesantemente nuestros pensamientos, vidas y deseos. Todo, un puto engaño. Genuinos yonquirulos, devenimos residuos inservibles de una Gran Trituradora que, mientras no pete, continuará funcionando y nos seguirá manipulando como le plazca. Carne de cañón, producimos para el mismo Sistema que nos mata golpe a golpe. O de golpe.

Tal vez nos reste ese exiguo instante de conciencia y entendimiento para desasir nuestro enmohecido muelle mental, desairar los cantos de sirenas que nos apesadumbran por doquiera y mandar todo todísimo a tomar por el lugar donde la espalda va disipando su venerable nombre. En fin.