Ursula von der Leyen es la nueva presidente (no presidentA) electa de la Comisión Europea, el brazo ejecutivo de la Unión Europea. Pero, ¿elegida por quién? Ursula von der Leyen no ha tomado parte en las elecciones europeas últimas del pasado mes de mayo. No ha gastado ni un solo ápice de su energía en debates y campañas. Tampoco han tenido que decidir sobre ella los electores. No deja de sorprender que en la época de la retórica hiperdemocrática, esa en la que hasta el presidente de una asociación de vecinos se legitima en los votos, resulta que a Ursula von der Leyen no hizo falta que le votara nadie. Y sin embargo acumula en su persona un poder enorme que, seguimos sorprendiéndonos, nadie discute por un evidente déficit democrático. Von der Leyen fue elegida por la clase política de Bruselas, por su fe indestructible en el proyecto globalista de la Unión Europea y por decisión de la nefasta Angela Merkel, también creyente fanática en dicho proyecto.

En 2013, von der Leyen comenzó como Ministra de Defensa de la República Federal Alemana y su gestión fue desastrosa. Según “Deutsche Welle” (20.2.2018), el comisionado de las Fuerzas Armadas alemanas Hans-Peter Bartels informó públicamente de la penosa situación del moderno ejército alemán: falta de tanques, munición y material en mal estado, submarinos que no funcionan, etc. A finales de 2018, el “think tank” estadounidense “Rand Corporation” informaba así mismo de que el ejército alemán era un desastre y que, en 2017, solo el 39% del nuevo armamento recibido era operativo sobre el terreno. A este respecto hay un exhaustivo artículo de Michael Peck en “The National Interest” que lleva por título “Germany's Military Is a Total Mess: No Working Submarines, New Equipment Is Defective” (El ejército alemán es un caos total. Los submarinos no funcionan. El nuevo equipamiento falla). Gran parte de la responsabilidad de esto es de Ursula von der Layen. Pese a ello, la ministra no tenía reparo en salir en la TV pidiendo un “mayor compromiso” de Alemania en sus misiones en el exterior y, especialmente, una mayor implicación en la OTAN. Se explica así que su popularidad entre los militares alemanes sea nula pero, en cambio, que sea muy popular entre los eurócratas de Bruselas que, como von der Leyen, creen en el “ejército europeo”. El seguidismo a los EEUU y demás historias.

Pero la incompetencia no es lo único achacable a la ministra de defensa: según Janosch Delcker en “Político” (“The scandal hanging over Ursula von der Leyen” o “el escándalo se cierne sobre Ursula von der Leyen”, 15,7,2019) hoy, existe una comisión del Parlamento alemán que investiga si von der Leyen concedió contratos por valor de miles de millones de euros gracias a una red de informadores y quién se benefició de tales concesiones. El noviembre pasado von der Leyen declaró que había habido “errores” en la manera en que se efectuaron determinadas consultas y manifestó que “eso no debería de haber pasado”. Pero el problema es que la comisión parlamentaria investiga no si se consultó esto o aquello a alguien indebido, si no quién se benefició de los contratos que concedía von der Leyen.

Es algo parecido, aunque a mucha menor escala, que lo que ha sucedido con su colega Josep Borrell, ahora responsable de la política exterior de la Unión. El pasado mes de noviembre, la agencia EFE informó de la multa que le fue impuesta por la CNMV por tráfico de influencias, al utilizar en su provecho información privilegiada en la venta de 10.000 acciones de Abengoa (efe-epa, 27.11.2018). Esto, que sería una mancha posiblemente insuperable en el currículo de cualquier terrícola, no lo es en los altos vuelos del poder.

Otro caso: Christine Lagarde. Cuando era ministra de finanzas francesa en 2008, fue condenada por su intervención fraudulenta a causa de unos pagos al “hombre de negocios” Bernard Tapie (BBC, 20.12.2016). Al final se consideró su caso como una “negligencia” y posteriormente eso no le ha impedido dirigir el FMI y que ahora suene su nombre para la presidencia del Banco Central Europeo. La prensa entierra hoy lo que desenterró ayer y tiene el omnímodo poder de rehabilitar a cualquiera poniendo acentos aquí y allá, silenciando unas cosas y destacando otras, de manera que al final todo vuelva a estar como estaba o, al menos, como el poder desea. Por eso, el dominical del diario español “El Mundo”, Yodona publicó la semana pasada una vergonzante entrevista con Christine Lagarde para escenificar el lloriquéo por la “discriminación” de la mujer mientras que la entrevistada no derrama una lágrima por otra discriminación -esta vez positiva- que le salvó de una condena en firme. Resulta lamentable el servilismo con el que le interroga Marie Pierre Gröndahl, obviando aquellos asuntos que podrían comprometer el victimismo feminista de Lagarde. Es lo que se llama, una operación de lavado de imagen en toda regla. Este es exactamente el caso de Ursula von der Layen: su imagen de inepta y corrupta ha sido blanqueada por una interesante campaña para edulcorar su figura que incluye su compromiso con un “pacto verde” o “green deal” (BBC, 16.7.2019), una apuesta renovada por la política de puertas abiertas de su amiga Merkel e incluso alguna historia sentimental sobre la acogida que ella hizo por lo visto a un refugiado sirio que “ahora habla alemán con fluidez” (Der Spiegel, “Von der Leyen nahm Syrer bei sich auf” o “Von der Leyen acoge en su casa a un sirio”, 20.12.2015). Naturalmente, von der Leyen no ganaría las elecciones con estos asuntos y menos aún con su corrupción. Y es que sucede que su cuota de poder procede de su integración plena dentro del Foro Económico Mundial, Bilderberg, Davos y otras organizaciones globalistas. Según “Político”, la “campaña electoral” de von der Layen consiste más bien en una “red internacional extensiva en el mundo de la política y los negocios” (véase, “Político”, 11.7.2019, Matthew Karnitschnig, “The network that Ursula built” o “la red que construyó Ursula”).

Por supuesto, los casos de von der Leyen, Borrell y Lagarde son solo algunos ejemplos. Estos solo ilustran que los currÍculos domésticos no tuvieron la más mínima influencia en su proyección global. Que von der Leyen fracasara como Ministra de Defensa, que Lagarde fuera una corrupta y que su gestión de la crisis griega fuera la perdición para millones de personas o que Borrell fuera condenado por un organismo estatal a causa de su corrupción no significa absolutamente nada. ¿Les ha ido peor? Desde luego que no. Eso se debe a que a ciertos niveles lo que importa no es la honradez o la capacidad si no los contactos. Los gobernantes y los gobernados son dos grupos muy distintos de personas. Para la nueva clase política lo importante no es lo que hayas hecho si no el compromiso vital con cierto complejo ideológico-financiero que informa a gobiernos, “think tanks”, prensa, partidos y, en definitiva, a toda la estructura de “lo que importa”.

Por lo demás, la elecciones y la retórica democrática son solo un ritual para legitimar lo que ya está decidido.