Luis Tapia Aguirrebengoa -por si alguien no lo conoce, o quizá tiene el recuerdo nebuloso por el tiempo- fue Coronel legionario. Fue -y de esto si que se acordarán muchos- columnista de El Alcázar, compartiendo con frecuencia la misma página con Rafael García Serrano y -a veces- con Ángel Palomino, en sus brevísimas -para nuestra necesidad- anotaciones como G. Campanal. Fue Luis brillante escritor, con palabra acerada como bayoneta y también docta y razonada.

Fue -esto quizá lo recuerden menos- miembro destacadísimo de Juntas Españolas, aquél ilusionante proyecto, mientras duró, donde tuve la fortuna de conocerlo en persona. También fue uno de los principales artífices de EJE, la publicación de Juntas Españolas que tuve el honor de dirigir, y en la que Luis Tapia Aguirrebengoa siempre dijo lo mejor, lo más exacto, lo más justo.

Quizá estos apuntes apresurados no acaben de dar la definición exacta de mi Coronel Luis Tapia, porque siendo todo ello cierto, es insuficiente.

Era Luis Tapia un hombre de mediana estatura, enjuto, pura presencia de esos caballeros españoles que se reconocen a distancia. En su trato surgía de inmediato la hidalguía, la hombría de bien; y también el espíritu acerado del Caballero Legionario, sobrio, riguroso, ni un gesto de menos ni una palabra de más, y la inteligencia siempre aguzada al amor y al servicio de España. Un señor como aquellos hidalgos que hicieron España. Cuando Carlos I -el mejor Rey que hemos tenido en España y probablemente en el mundo- quiso establecer una especie de pequeña nobleza, para recompensar con la hidalguía a los más esforzados y valientes de los soldados de sus Tercios, le respondieron que era imposible. Quiso el buen Rey saber por qué no podía él, que hacía duques y marqueses, hacer hidalgos. Porque en España -le dijeron- los hidalgos sólo los hacen Dios y el tiempo.

Dios, poniendo la ocasión; y el tiempo, demostrando que el heroísmo, la gallardía y la honradez no fueron flor de un día.

Mi camarada Luis Tapia Aguirrebengoa cumplió sobradamente los requisitos para obtener lo que sólo Dios y el tiempo dan en España; lo que no estaba siquiera al alcance del Rey Carlos I: la hidalguía. Fue Luis un hidalgo, y un capitán de los Tercios, y un falangista de principio a fin.

Luis Tapia Aguirrebengoa -hidalgo español a la vieja usanza, que no hubiera desmerecido un ápice al lado del gran Gonzalo que se inventó la infantería- impartía valor con su sola presencia, llevaba la verdad por delante, y razonaba como el hombre sabio y justo que era. Fue Luis militar de una pieza, Caballero Legionario respetado y -lo que es más difícil- querido por sus legionarios. Esto no lo dijo nunca él, lógicamente; lo he visto por mis propios ojos en esa telaraña mundial, leyendo lo que sus soldados decían de su Coronel en foros que me trajo Google, y en la necrológica de El Día, ya hace muchos años.

Y yo, como siempre, mi Coronel, sólo puedo decirte que te echamos de menos como nunca, en esta España que se nos hunde, que acaso ya no existe mas que en nuestro recuerdo y nuestra voluntad. Pero que tu ejemplo, tu recuerdo, tu lucha constante, nos anima a seguir adelante.