Tras 40 años de una Constitución atea, que no podemos celebrar, sino analizar con un profundo sentido crítico, o mejor dicho, condenatorio, desde la filosofía, la teología y la historia patria.

1º. – No existen materialmente Estados Aconfesionales. La abolición de la confesionalidad del Estado, como dice el artículo 16, 3, del texto constitucional, supone la sujeción de este al positivismo y relativismo, filosófico y moral, además del alma constitutiva de nuestra Nación española.

Aconfesionalidad es, al fin, ANTICONFESIONALIDAD. –

2º. La Constitución del 78 supone la consecución de un proceso que comenzó a principios del siglo XIX y cuyo objetivo buscaba la descristianización de España, y, consecuentemente, la desintegración territorial.

3º. Una herejía tan vieja como diabólica, es la de tratar de relegar la religión al ámbito privado, como si de un sentimentalismo subjetivo se tratase, para dejar de influir en la moral pública y privada, desacreditándola de toda norma imperativa del bien común o a lo sumo, amoldarla a los sistemas políticos imperantes del momento.

4º Las denominadas “nacionalidades” han dado paso a 17 miniestados, que lejos de garantizar la unidad de la Patria, han sido la trampa sofística para traer como en caballo de Troya a los independentistas, nido de parásitos, que acaban siendo una dictadura de funcionarios.

Y este asalto de parásitos que ni producen ni sirven, traen la succión de la savia económica nacional, entre enchufismos y vividores, muchos de ellos totalmente ineptos.

En 1975 había en España 700.000 funcionarios; cuarenta años más tarde, hay cerca de tres millones y medio… A ver dónde hace falta tanto “intelectual” para conocer y dar solución a nuestros problemas. ¡Y luego decimos que la “democracia” es cara!

5º. El derecho a la familia indisoluble, a la vida del inocente y al derecho de los padres a la educación de sus hijos, ha sido arrinconado durante 40 años por este ateísmo que es la base del liberalismo.

6º. Cuando el humano niega la fuente de legitimidad que es Dios, todo se convierte en relativismo negador de la Ley Natural, que es a su vez la base de la Ley Divino-Positiva del Decálogo. Y negada esa objetividad, todo queda en discusiones interminables y sin conclusiones, derivándose todo al fin en el negocio económico o en la ley de la selva.

7º. Las leyes sobre educación acaban poniendo en manos del Estado las justas libertades de la familia. Los maestros y profesores están para enseñar, no para educar. La educación en valores, en principios, en creencias, deben darla los padres, o, en su nombre, las Parroquias o los Profesores de Religión, pero nunca “el sistema”.

 Y las influencias masónicas para generar ya no solo aquella lucha de clases marxista, o la actual lucha de partidos democrática (también condenada por José Antonio), buscan la desaparición de la Familia Cristiana, con la lucha de géneros.

La lucha de sexos, el mal llamado “matrimonio” de los homosexuales, etc., son el absurdo más risible y de tufos anticristianos y antihumanos, como lo es ese “invento” del feminismo, no como reivindicación de la categoría de la feminidad y sus encantos complementarios de la especie humana, sino como un machismo, pero a la inversa.

La única manera que la mujer tiene de rivalizar o prestigiarse junto al hombre, es la de ser más femenina, porque a machotismo, sale perdiendo.

¿Qué entienden las “feministas” de feminidad, si nos muestran que son unas marimachos…?

 En realidad, todos estos movimientos están destinados a destruir la familia natural, la familia tradicional, la familia de siempre.

 8º. A pesar del panorama materialista, dinamitador de todo el orden divino tradicional y único, los católicos confiamos en la Divina Providencia, y esperamos que vuelvan a sus cauces las aguas desbordadas, pero hay que combatir contra el error, pues somos hijos de la Luz, y nuestra lucha silenciosa, pero testimonial, continúa, es coraza contra los tibios, los pasotas, los traidores, los cobardes y todos los que piensan bien, pero se manifiestan a la moda del sol que más calienta.

Estamos orgullosos de ser españoles, pero no de su actual sistema institucional, traidor de nuestra identidad nacional secular, y brazo del catolicismo.

¡Qué bien entendió José Antonio la Patria desde la atalaya del sentido católico de la sociedad!

Fue jurista de la ley natural, porque antes fue católico ferviente, que le hizo llegar a ser Mártir de la Verdad Eterna.

Los frutos de toda esta irracionalidad actual, no pueden desembocar más que en una anarquía en la práctica, aunque no declarada o reconocida oficialmente, porque no interesa.