Vivimos entre generaciones educadas en la mentira y emocionalmente moldeadas en la factoría Walt Disney, donde una lágrima es una laureada y una bofetada merece el banquillo de Núremberg. Por eso, por media docena de bofetadas repartidas hace más de veinte años en aquella Universidad española en la que ardían los últimos rescoldos del idealismo político, y los estudiantes, rojos o azules, aún eran capaces de batirse por sus banderas, a Kiko Méndez Monasterio le están dando tormento en el potro de los Medios de Comunicación, mientras Pablo Iglesias, que fue al que Kiko le puso de grana y oro, aprovecha para hacer campaña electoral lloriqueando por las televisiones, contando cómo y cuánto “sufrió” y ocultando que él y sus camaradas comunistas repartían leña cazando “fachas” y aplicándoles la justicia proletaria en todos los campus universitarios de aquel tiempo en el que ninguno de ellos se había envuelto aún en las crisálidas de las que han salido los gusanos de hoy.

 

Mi querido Kiko, me conoces bien, por eso sabes que yo vivo encerrado en las pautas morales de una generación muerta, que no soy un hombre moderno. No poseo valores modernos, si es que verdaderamente lo son. Por eso creo que las leyes de la amistad, de la camaradería entendida y ejercida al modo castrense, son sagradas y a menudo comparables a los lazos de sangre. Toda la belleza de nuestra Civilización y de nuestra Patria está en el pasado, la evidencia de que Disney World tiene más visitas que el Prado y que Belén Esteban tiene más lectores que tú y que Luys Santa Marina juntos, es devastadora e incontestable. Querido Kiko, estamos en bancarrota en las cosas que realmente importan. La lealtad es una de ellas, seguir siendo fiel a pesar de todo. Gratitud, honor, dignidad, limpieza de corazón… hoy todo eso ha desaparecido. Todo ha sido olvidado.

Querido Kiko, tú sabes mejor que nadie que sin caballo no hay guerrero, y sin guerrero no hay hombre. Nadie te va a desmontar ni a arrebatarte las espuelas. Suerte, vista, valor y al toro, que es una mona. Con coleta, pero una mona.

 

Aquí me tienes, con las botas puestas y las espuelas calzadas, para lo que quieras.