En 1990, José María Aznar fue elegido presidente del Partido Popular. Queda para el recuerdo aquella imagen en que Fraga rompía ante los compromisarios reunidos en Sevilla el escrito de dimisión sin fecha que Aznar había redactado para que don Manuel tirara de él cuando tuviera a bien —“Ni tutelas ni tutías”, espetaba en el ínterin cortando de plano las emotivas lágrimas del nuevo líder—. Durante los años siguientes, el mayor logro político de Aznar fue aglutinar en torno al PP todo el voto nacional que no era de izquierdas, y sólo así en 1996 consiguió lo que parecía imposible: echar del poder al PSOE, esa insaciable maquinaria de corrupción que usó España como su cortijo particular hasta convertirla en un gigantesco patio de Monipodio.

El pasado domingo, Vox celebró en la plaza de toros de Vistalegre un acto al que asistieron alrededor de 10.000 personas —amén de otras 3.000 que tuvieron que seguirlo desde la calle—. Ni siquiera la siempre objetiva Sexta pudo obviar la realidad de los hechos, si bien no se dejó engañar por la manipulación de las cifras proporcionadas por los organizadores y se apresuró a aclarar que sólo se cubrió la mitad del aforo del coso madrileño. 

Que esa carta de presentación de Vox ante la sociedad española ha calado hondo no puede albergar la menor duda, a tenor de lo nerviosos que se han puesto unos y otros. El mero dato de que estuvieran acreditados más de cincuenta medios de comunicación nacionales y extranjeros ya es una conquista de primera magnitud, dado el habitual ostracismo informativo con el que desde su fundación ha sido tratada la formación de Santiago Abascal.

La izquierda poco ha tardado en sacar a relucir al lobo de la ultraderecha. Resulta cuando menos curioso lo rápido que se han rasgado las vestiduras los mismos que jalean desde sus televisiones, radios y periódicos a Podemos, esa amalgama de círculos, agrupaciones y demás ralea continuadora de la genocida ideología comunista que tantos millones de muertos ha ocasionado y sigue ocasionando a lo largo y ancho del orbe; o cómo se han llevado las manos a la cabeza súbitamente los mismos medios progres que se licuan ante el PSOE, ese adalid de las libertades cuyo fundador amenazó en 1910 con el atentado personal al presidente del Ejecutivo Antonio Maura, que en octubre de 1934 se sublevó violentamente contra el Gobierno legítimo de la II República y que, ya engrosando las filas del Frente Popular, desencadenó la tragedia en julio de 1936 cuando la escolta personal de Indalecio Prieto asesinó a Calvo Sotelo. 

Pero claro, con su singular cosmovisión de lo que debe ser una democracia la izquierda no puede tolerar que un partido ponga voz a quienes abogan por la derogación de leyes como la de violencia de género —doblemente inconstitucional, por cuanto conculca el principio de no discriminación por razón de sexo y la presunción de inocencia— o la de la memoria histórica —que no persigue sino la criminalización de esa media España que no se resistía a morir a manos, precisamente, de la izquierda—; no puede entender que exista un partido que se preocupe por quienes se esfuerzan día sí y día también, ya sea a través del trabajo con el que sacar a su familia adelante o por medio del estudio con el que intentar labrarse un futuro que no les conduzca a vivir de la subvención —como sí lo hacen las decenas de sindicatos de clase, ONG´s y tantas otras organizaciones copadas por parásitos paniaguados—; y, en fin, no puede permitir que un partido sea la plataforma de quienes costean y reclaman un Estado del bienestar que debería servir para atender cualquier lícita situación de necesidad en que se vean inmersos los ancianos, los enfermos, los desempleados o los damnificados por una catástrofe, en lugar de ser un pozo sin fondos mantenido con ese dinero público que no es de nadie y que llueve del cielo para dar cobijo a los que traspasan nuestras fronteras sin más currículum que el atacar a nuestros Cuerpos y Fuerzas de Seguridad.

En la otra acera, la supuesta derecha se siente ahora ofendida porque haya surgido una nueva alternativa que saca a relucir su vil y cobarde inacción: Ciudadanos ha asomado el dedo por la ventana, y la dirección del viento parece haberles indicado que lo mejor es callarse y hacer como si Vox no existiera, no vaya a ser que la gente termine por comparar el discurso de ambos y los de Rivera acaben con sus vergüenzas al aire; y el Partido Popular —de momento, el mayor caladero en donde Vox pescará sus votos— ya se ha apresurado a dar lecciones de matemáticas, asegurando que ese trasvase de papeletas en las urnas sólo servirá para que gobierne la izquierda. 

Sin embargo, tras esa postura a la defensiva hay una variable de la que el PP y Ciudadanos siguen empeñados en no enterarse: la gente de a pie está cansada de oír hablar del voto útil, un voto que al día siguiente de las elecciones ellos mismos traicionan haciendo lo contrario de lo que prometían en campaña; está harta de escuchar las bondades del diálogo como método de solución del conflicto catalán, un diálogo que debería limitarse al soliloquio de las preguntas del fiscal durante el juicio previo al ingreso en prisión de quienes no son más que simples golpistas; está hastiada de que el feminismo radical le meta con calzador las llamadas cuotas de género, que representan el ataque más denigrante hacia la inteligencia y valía de las mujeres; y está encabronada por tantísimas otras trágalas que la supuesta derecha ha asumido sin rechistar a lo largo de cuatro décadas.

En 1996, en los mítines del Partido Popular se respiraba la ilusión que siempre lleva aparejada la posibilidad de un cambio a mejor; idéntica ilusión que se vislumbró en el acto de Vistalegre del pasado domingo, presidido por un ambiente festivo y familiar del todo alejado de la imagen de extremistas de cabezas rapadas que quieren pintar los voceros de la izquierda. Ciertamente, en un país normal Vox no hubiera hecho falta. Pero aquella unidad en el centro derecha conseguida por Aznar a inicio de los años noventa fue pulverizada por politicastros como Rajoy, Soraya y Arriola: despreciaron abyectamente a una parte considerable de su base electoral creyendo que siempre contarían con ese voto cautivo, al modo de lo que ocurre con el PSOE en Andalucía; se echaron en brazos de la dictadura del pensamiento único, que deslegitimando el régimen del general Franco sólo pretende acabar con la monarquía parlamentaria refrendada en 1978 para enlazar con el sistema republicano de 1931; y se hicieron perdonar por una extrema izquierda que desde tiempos de Zapatero no ha parado de avanzar cultural, social y mediáticamente sin oposición alguna que detuviera su nocivo mensaje. 

Existen unos principios que siempre han inspirado el ideario liberal-conservador, unos principios que en los últimos años habían sido abandonados a su suerte por quienes debían defenderlos y a los que Vox no está dispuesto a renunciar. De ahí que, hoy por hoy, un partido como el que preside Santiago Abascal se antoja imprescindible en la política española.