A los que viven adormecidos en la mullida cuna de los dogmas democráticos. A los que, con su pereza intelectual, han metabolizado la leyenda negra del franquismo. A los que han sepultado en la corrección política el horror de la II República. A los que creen que el terror del Frente Popular es un cuento fascista. A los estúpidos que siguen creyendo en las arcangélicas bondades del socialismo y del comunismo y que, con su indolente tolerancia, fecundan la “legitimidad” del separatismo. A los cobardes estabulados en la ganadería de la derecha que buscan el consenso democrático con los enemigos de España. Al pobre, acomodaticio, tontiloco y desdichado pueblo español no cabe más que decirle, en el cuadragésimo tercer aniversario de la muerte de Francisco Franco, sin fe en el empeño y sin esperanza en la meta, que todo lo que sobre él le han contado en los últimos 43 años es una pócima ponzoñosa de odio y rencor, cocinada en los pucheros del resentimiento de los que Franco derrotó en la guerra y en la paz, y manufacturada por esa derecha que nos trajo la II República y que, a la muerte del Caudillo, nos trajo esto que llaman democracia.

Esa derecha liberal y “progresista” que vuelve al olvido conveniente del lamento y mea culpa entonado tarde, como siempre hacen los intelectuales, de Gregorio Marañón: “Los que contribuimos a traer el Terror Rojo no tenemos el más mínimo rastro de autoridad moral para condenar el franquismo”. Claro, que esa derecha, con su llorado Aznar en los relicarios de su nostalgia, prefiere leer a Azaña para no ahogarse en su vergüenza releyendo a Marañón.

Eso es lo que consiguió la derecha que abandonó a Alfonso XIII para traer, en las ilustradas manos de Ortega y Marañón, de Pérez de Ayala y Alcalá Zamora, y de Madariaga y Sánchez Albornoz, la II República, desbrozar el camino del Terror Rojo que esperaba agazapado en las cunetas para hacer que la sombra de Caín cruzara errante por los cuatro puntos cardinales de la vieja Piel de Toro.

Así se vendimió y se derramó la sangre de Abel que corrió en avenida de las cumbres a los valles y de la meseta a la costa, cuando los zapadores de la derecha liberal y “progresista”, al decir de Ortega, plebeyizaron la democracia para otorgarle la hegemonía del poder al Terror Rojo hasta que, el 18 de julio de 1936, Franco cruzó el Rubicón por el Estrecho de Gibraltar para derrotar a Caín e inaugurar el tiempo germinal de la España más grande, más libre y más próspera que la Historia haya conocido dese la caída del Imperio.

Hoy, los herederos de aquella derecha liberal y “progresista” le han vuelto a abrir la puerta de chiqueros a los nietos de Caín. Por eso hoy, más que nuca, ¡Viva Franco!