Desde luego, mejor que el término ecologista es el término animalista para nombrar a toda esa caterva de alucinados desalmados (sin alma; bueno, perdón, con el alma dormida, aletargada, anestesiada por la atmósfera mundana y de apostasía imperante) y descerebrados que criminalizan toda la que ha sido hasta ahora milenaria relación del hombre (varón y hembra) con los animales (caza, pesca, ganadería, pastoreo, apicultura, tauromaquia, faenas de carga y descarga, silvestrismo, colombofilia, colombicultura, montura...), y proponen a cambio una falsa, absurda y necia compasión del hombre hacia estos últimos.

Aunque el concepto compasión es netamente humano porque se aplica a la capacidad de libertad, de amar y de conciencia moral del hombre, el animalismo intenta apropiarse (usurpar) de conceptos como el referido de compasión, y lo cierto es que en el tal intento va pareja la penitencia, digo el desastre: se deshumaniza al hombre (varón y hembra) y se acaba personalizando al animal. Mas con todo, de qué extrañarse, si el animalismo es hijo putativo de la noción marxista de lucha de clases: el «sujeto» explotado sería el mundo animal, y el «agente» opresor, el hombre. Nada nuevo bajo el sol.

Por lo demás, lo más ignominioso de esta movida es que los adalides del animalismo son, en el 99% de los casos, también feministas supremacistas, o sea, abortistas, antifamilia tradicional, antinatalistas, ultralaicistas, perroflautas, globalistas, ateoides, proinvasión migratoria, anticatólicos, partidarios de la ideología de género, abanderados de las movidas LGTBIQ… 

En definitiva: el ser animalistas (supuestamente compasivos y respetuosos con los derechos de los animales) no les impide el apoyar todas las medidas anteriores expuestas que son las que han convertido a España en una cloaca de podredumbre moral, en una sociedad radicalmente enferma de materialismo, nihilismo, individualismo, relativismo y hedonismo.

Reconozco que puedo parecer muy crítico o tal vez injusto con el movimiento animalista y que hasta pudiera parecer que soy insensible hacia el mundo de los animales. Sin embargo, modestia aparte considero que sin ser o sin tener que ser un dechado de virtudes y bondades para con los animales sí que soy un hombre joven normal, sobre todo católico, y que los trata como se debe tratar a un animal: sin maltratarlos ni causarles ningún daño innecesario, sin ningún sadismo hacia ellos, pero en todo momento sin perder de vista que el animal es un ser vivo «esencial y cualitativamente distinto del hombre, porque Dios no ha creado a los animales a su imagen y semejanza, solo ha creado al hombre, varón y hembra, a su imagen y semejanza, con vocación a la vida eterna, con lenguaje articulado, con inteligencia racional, con alma inmortal, con sed de Dios…»

Solo el hombre busca a Dios, solo el hombre tiene sed de eternidad, sed de infinito, sed de Dios…Ninguna especie animal busca a Dios, manifiesta sed de Dios, salvo la especie humana, el Homo sapiens sapiens. Solo que me temo que este dato importará un comino a los adalides teóricos del animalismo y a todas sus tropas de intransigentes y totalitarios peones de la causa, capaces algunos de ellos de alegrarse de la muerte en la plaza de un torero, de las heridas a veces mortales provocadas por la actividad de pesca y caza en algunas personas practicantes de tales seculares prácticas deportivas (más que deportivas: la pesca y la caza atesoran seculares valores culturales, antropológicos, éticos, humanos, cinegéticos, medioambientales, filosóficos, económicos, lúdicos…), de la muerte por cáncer de un niño que soñara con ser torero, del suicidio por inorillables problemas personales de la joven y muy guapa cazadora española Mel Capitán…

A decir verdad, estos animalistas (muchos de los cuales no tienen ni pajolera idea ni experiencia alguna de lo que es la vida rural) son tontos útiles del gran proyecto de ingeniería social puesto en marcha por el muy masónico y sionista Nuevo Orden Mundial: subvertir todos los fundamentos de la civilización cristiana en aras de la vertebración o gestación de un mundo sin patrias, sin fronteras, mestizo, multicultural, con una única religión mundial sincretista…

Ahora que si queremos reírnos de las alucinadas de algunos de estos animalistas, pues lo tenemos a huevo, nunca mejor dicho: en estos días una pareja de mujeres jóvenes españolas (por lo demás, ningún animalismo les impediría ser pareja de lesbianas) adscrita a tan pintoresca ideología, han hecho viral en las redes un vídeo en que aparecen estallando contra el suelo huevos de gallinas, "porque estos huevos son de ellas y les pertenecen, los humanos no tenemos ningún derecho a comernos estos huevos de ellas". Y "además" -continúan explicando en el vídeo-, "de hecho las hemos separado de los gallos, para que estos no las violen (sic), de modo que los huevos no tienen galladura, porque nosotras lo que pretendemos es que estas gallinas tengan la mejor vida posible, la más digna vida posible".

Ahora hay que respirar hondo y hacer un minuto de silencio (y no por las gallinas, que al fin y al cabo cuando mueran irán al pudridero, no al campo santo): en Irak, se teme que en cuestión de varias décadas pueda no quedar ni un solo cristiano; en México, las llamadas Brigadas de Autodefensa marcan en la espalda con hierros al rojo vivo, como si se tratase de ganado, a presuntos o reales autores de crímenes.

Me duele ser hombre, poetizar a Pablo Neruda en su Residencia en la tierra. Y a mí me duele, y me indigna que estas animalistas utilicen los pronombres no de la manera magistral como los empleó nuestro genial Pedro Salinas para cantar con encendido optimismo el amor de la pareja humana ( "¡Qué alegría más alta: vivir en los pronombres!"), ¡sino de manera tan zafia y vulgar para nombrar a unas cochinas gallinas, coño! ¡Más putas que las gallinas, afirma la sabiduría popular, y estas muchachas animalistas las apartan de los gallos para no ser violadas por estos (sic), mundo de locos, Dios, pretender que los gallos no ejerzan su virilidad, qué imbecilidad líquida o espesa! ¡Un poco de respeto al menos a nuestra gramática, que normativiza que los llamados pronombres personales deben ser usados para referirse a las personas! 

Con todo, no seré menos hombre aunque sí pudiera parecer no tan gramatical ni poético ahora en este giro si les confieso que ahorita mismo siento unas enormes ganas de zamparme un par de huevos fritos, o de yemas batidas con azúcar integral y gofio, para chuparse los dedos, antes de que se me salten las lágrimas.