El pueblo español, tan rico antaño en cualidades y calidades, acuñó en la profundidad de su gramática parda, en la hondura de sus colectivas reflexiones sanchistas ( de Sancho Panza, no de Pedro Sánchez) y en sus largas horas de psicología de taberna, una expresión, dura por auténtica y veraz por certera, que diagnostica, con más precisión que cualquier análisis de esos sociólogos y psicólogos de masas revestidos de pedantería y fatuidad, su conducta colectiva de hogaño. Esa expresión es la que en dos palabras define, mejor que Freud y que López Ibor, el biotipo antropomorfo mayoritario que desde hace 43 años nace, crece, se reproduce (poco, gracias a Dios) y muere en “Estepaís” tras haber colmado de estulticia y pereza una activa vida vegetativa. Cabrón consentido, es esa sabia y acertada expresión.

El cabrón consentido es, en origen, aquel que se acomoda para tener un buen pasar, entre los cuernos que su mujer le obsequia cotidianamente. Lo sabe, pero finge ignorarlo. En una suerte de pacto tácito convive con el engaño. El silencio y la mentira de consenso son su peto y su espaldar. Recibe con una sonrisa a quien le engaña y le hace un hueco en la cama sabiendo que trae con ella el calor de otras sábanas y las huellas de otras manos ¡Qué más da!, si en la ausencia de reproches, en la ignorancia impostada y en la mentira codificada mantenemos la farsa que a los dos nos “beneficia”.

La actitud del cabrón consentido se convierte, por extensión cuantitativa y por ausencia cualitativa, en todo un modus vivendi y un modus operandi que van más allá del tálamo nupcial. El cabrón consentido suele ser dócil y obsequioso con todo aquello y con todo aquel que él percibe que, al igual que su mujer, tiene más poder que él. Por eso acude a las urnas con la misma docilidad con la que convive en su alcoba con la mujer que le engaña con la misma pasión y frecuencia con las que le mienten los políticos de “Estepaís”, a todas horas, todos los días y durante todas las legislaturas. El cabrón consentido vota siempre a quien le engaña con la misma ausencia de pudor y de honor, de decencia y decoro, con la que se mete en la cama todos los días con la mujer que le engaña, que le engañará siempre… hasta que la muerte los separe, porque para el cabrón consentido la apariencia de matrimonio es tan importante como la apariencia de democracia.