Hace unas semanas asistí a un cine forum sobre la película “Margin Call” (2011), una interesante puesta en escena de la génesis de un crisis financiera como la de las hipotecas “subprime”, ocurrida en 2008. La película resultaba apetecible sobre todo por el plantel de actores -Kevin Spacey, Paul Bettany, Jeremy Irons, Demi Moore, etc- pero el desarrollo del cine fórum fue más revelador de lo que la gente piensa acerca de su mundo que de la propia película o incluso de la temática tratada en la misma. El asunto fue decepcionante. Según el moderador del evento –y no tuvo un solo contradictor- la película se planteaba en términos morales para cada uno de los protagonistas a título individual. Aunque todo el mundo identificaba claramente un paralelismo con cierto episodio histórico relatado –la crisis “subprime” y la quiebra de Lehman Brothers- todos se lanzaron a dar vueltas y vueltas a un par o a lo sumo tres ideas. ¿Cómo era posible que gente con tanto dinero quisiera aún más dinero? A veces alguien señalaba las dudas morales acerca de los despidos sin piedad de gente que llevaba toda su vida en la compañía, la soledad final del personaje principal (Kevin Spacey), la frialdad del jefe (Jeremy Irons) o los esfuerzos de los “traders” para colocar a otros colegas activos que sabían de antemano que no valían nada. Nadie razonó de la siguiente manera: ¿Es posible sobrevivir en un mundo como ese tomando decisiones de carácter ético y no basándose únicamente en el lucro? ¿Lo que explica la película es un solo caso aislado o hay más? ¿Cómo es posible que se permitiera generar una situación capaz de perjudicar a millones de personas en todo el mundo que, ignorantes de todo, vivían modestamente de su humilde trabajo? Parece que nadie quería ver el rostro crudo del capitalismo.

La respuesta correcta a este tipo de preguntas lleva a concluir que la película no podía interpretarse al modo en que lo haría un adolescente sentimental. La situación descrita es un mal sistémico, provocado por una patología moral que implica, no solo a los que toman decisiones in situ y que aparecen en la película bien retratados, si no que también salpica a personas que conviven con la enfermedad y que lo toleran con la aparentemente inocua actitud de ignorarlo y hacer como si no pasara nada.

En Iberoamérica la película se denominó “el precio de la codicia”, un título muy explícito que lleva a preguntarse si una economía que involucra a cientos o incluso miles de millones de personas debe obligatoriamente basarse en algo más que al codicia y la cuenta de resultados. En lo que a nosotros respecta, es evidente que la economía no es que tenga que estar regulada, es que tiene que estar sometida a normas de rango superior. Bajo ningún concepto la economía y, más concretamente, la finanza, es un criterio fundante de una sociedad sana. A este respecto aparece bastante claro, a poco que se medite, que la libertad de unos puede suponer la esclavitud de otros o, dicho de otro modo, que la libertad de mercado puede implicar la ruina de muchos.

Esto viene al caso de una pregunta que un buen amigo me realizó hace unos días. Me preguntaba por mi opinión acerca del supuesto origen antropogénico del denominado “calentamiento global”. No soy un experto en este tema concreto pero conozco asuntos relacionados y sí puedo hacer una reflexión al hilo de lo que hemos dicho hasta ahora. La subversión de la economía en nuestro tiempo es de tal calibre que pocos entienden el alcance de sus consecuencias. La principal dificultad del estudio del “cambio climático” es que para estudiarlo hay que medir una cantidad importante de variables a lo largo de periodos de tiempos cuanto más extensos mejor. Eso no sucede con otros parámetros que nos dan una idea bien precisa del origen antropogénico de la destrucción de la naturaleza. En tan solo unas pocas décadas o a lo sumo años se ha podido apreciar cómo el efecto del hombre sobre el medio natural está empezando a ser devastador. ¿Y por qué? Pues porque es necesariamente patológico algo que crece siempre, como sucede con la moderna concepción de la economía. Si todos los países crecieran al ritmo de dos dígitos, como China, los recursos del planeta y sus ecosistemas serían destruidos irreversiblemente en 20-30 años.

Algo como esto es lo que aparece reflejado en un informe elaborado por el “Intergovernmental Science-Policy Platform on Biodiversity and Ecosystem Services” (IPBES), que ha tardado 3 años en hacerse y que ocupa solo unas 40 páginas. Lo que viene a decir el citado informe es que desde 1970 la economía global se ha multiplicado por 4 y el comercio internacional se ha multiplicado por 10. Para mantener la producción industrial “próspera” han sido aniquiladas 100 millones de hectáreas de bosque tropical, especialmente destinadas a pastos para el ganado y a gigantescas plantaciones de aceite de palma. Tan solo un 13% de las zonas húmedas presentes en el planeta en 1700 existen todavía a fecha de hoy y un millón de especies de animales y plantas están en peligro de extinción por destrucción de su hábitat y contaminación industrial. Debe mencionarse los efectos devastadores para la vida en el planeta que implica la progresiva desaparición de las abejas y otros insectos polinizadores. Todos estos datos son más incuestionables y más fáciles de medir que los parámetros complejos de los estudios del “cambio climático”.

El informe del IPBES no es claro en ciertos aspectos –porque los “paneles” y similares, todos ellos en la órbita mundialista, nunca lo son- pero el origen de todo este destrozo no es tanto el crecimiento de la población, -que envejece en muchísimos sitios al tiempo que la economía crece- si no por la difusión de un determinado paradigma económico: crecer, crecer y crecer, para ser más “competitivos”. Que quede claro que no estoy defendiendo ninguna variante de “maltusianismo” ni tampoco estoy argumentando a favor de la ridícula utopía anarco-individualista de John Zerzan. Pero sí digo que el criterio de vida no puede ser jamás incrementar los beneficios cueste lo que cuesta, en una frenética carrera por ser “el más competitivo” del planeta. La salvación pasa necesariamente por una vida más sencilla, como solo puede darse en aquellos que viven primeramente para las cosas del espíritu, no para consumir de manera creciente.

Por lo tanto, volviendo al asunto del cambio climático, en realidad lo que resulta importante saber es que el hombre de nuestro tiempo –ese que retrata “Margin Call”- carece de escrúpulos como para cosificar el planeta entero y posee la tecnología suficiente como para producir un daño planetario a escala global. Bien pudiera ser que lo que conocemos como “clima” se resintiera también de nuestras fechorías. Todo esto es consecuencia de la mentalidad capitalista que, ataviada con la “piel de cordero” del libre mercado, quiere ocultarnos las consecuencias de la patología antropológica que se esconde bajo una panoplia de términos dulcificadores y que sin duda nos traerá un futuro un tanto desastroso.